mercredi 30 décembre 2015

Nuria AMAT∕“Allí estaba yo de nuevo, como florero asustado, ante el editor”

PRIMERA MEMORIA
Por El Cultural

¿Te costó mucho publicar tu primer libro? ¿Cuándo fue? ¿Pudiste elegir editorial? ¿Quién te ayudó? ¿Hubo editores que te dieron la espalda? ¿Qué pasó cuando tu ópera prima llegó al fin a las librerías, si es que llegó?... El Cultural preguntaba y los escritores debían escribir un artículo contestando a todas esas preguntas con la mayor sinceridad y precisión posibles, es decir, con fechas, con detalles, con nombres. Ese fue el pacto, la razón de ser de una sección de nuestra revista que llamamos Primera Memoria y por la que pasaron, durante los años 2007 y 2008, una buena parte de nuestros escritores.

“Allí estaba yo de nuevo, como florero asustado, ante el editor”
Por Nuria AMAT 

Eran los tiempos en que las novelas se escribían a máquina o a bolígrafo. Tenía veinticuatro años, y hambre intensa de llenar hojas con palabras, cuando conocí en 1974 a Josep María Castellet, un editor accesible pero inconveniente para mi manuscrito asustado. Me atreví a llamarlo y le arranqué una cita en su despacho:
–Aquí estoy yo en zona delicada de joven escritora catalana que escribe en castellano.

Castellet me dijo que después de leer mi manuscrito me diría algo. Pasó un mes. Pasaron, creo los tres meses de verano. Y ahí estaba yo de nuevo, como florero asustado, sentada frente a la mesa del editor, aguardando la sentencia.
Pidiendo excusas previas, por si acaso:
 –Es una novela muy personal, decía yo, tratando de impedirle la palabra, y además, escrita en castellano. (La intimidad iba a ser tu título, aún no desvelado).
–Me ha gustado, opinó Castellet. De veras, tiene voz, tiene fuerza. Arrastra y, a mi modo de ver, está muy bien estructurada.

Su cara de rabino no dejaba de sonreír. Yo veía a un aguilucho bueno, sabio y confuso. Eran los tiempos en los que la literatura se vivía como arte elevado y distinguido
–Pero no puedo publicarla tal y como está. A no ser que estuvieras dispuesta a traducirla al catalán o a escribirla de nuevo en este idioma.

Era una sugerencia. Castellet sólo quería abrirme la puerta de ser escritora de lengua catalana que, en el fondo, escribe en castellano. Una puerta falsa. Una trampa para mi manuscrito auténtico que narraba precisamente la historia de una escritora catalana que escribía en castellano.
–Lo entiendo, dijo mi editor. E insistió: Ve a ver de parte mía al editor Josep Vergés. Llámalo y le dejas tu manuscrito.

El editor del premio Nadal parecía un Hombre afable aunque de espíritu algo frío, pese a la fotografía de mi admirada Carmen Laforet que colgaba a sus espaldas. Me asfixiaba en aquel despacho minúsculo. Temía ser reñida por haber llegado allí con mi triste manuscrito. “Lo tirará a la papelera como, sin duda, haría mi padre en caso de tener que ser juez de una escritura traidora de los afectos familiares”. Vergés quería menos silencios y más datos biográficos sobre mi existencia. Mis apellidos le resultaban conocidos:
–Por casualidad, ¿no serás hija de?

Yo era una loca con pretensiones de escritora que acababa de ser cazada en pleno vuelo. Yo era el trofeo del señor Vergés.
–Me acuerdo de tu madre. Una mujer bellísima, decía. Fue una tragedia, la pobre, morir tan joven.

Algo en su mirada me decía que hubiera preferido tener a mi madre en su despacho. Y, entonces, cayó la pregunta peligrosa, la que nunca se merece un escritor primerizo:
–Cuéntame de qué va la novela.

Como si las novelas pudieran ser contadas. Éste es su misterio. Un susurro de inmortalidad. Confidencia a media voz. Pecado revelarla.
–Trata de una niña, tartamudeé. De una mujer que nace y muere en una casa de Pedralbes.
–Interesante, fingió. La leeremos.

Su propósito me atormentaba. Empecé a buscar la manera de escapar del señor Vergés. Conseguí escabullirme con El manuscrito bajo el brazo. ¿Errores de mi consigna libertaria? Seguramente. O tal vez un acierto para mi perseverante vida de escritora. Como cuando Herralde quiso publicar Pan de Boda en Anagrama y la entregué a una editorial feminista pequeña y de existencia muy precaria. Veinte años después, el manuscrito de la fuga del despacho del señor Vergés lo publicó Juan Cruz, en Alfaguara, con el título La intimidad, ahora ya agotado y descatalogado, cuando se está traduciendo a varios idiomas. Una pena.

DESDE ENTONCES. Nuria Amat (Barcelona, 1950) ha mostrado sus dotes líricas en Poemas Impuros (2008), pero es al género narrativo al que pertenecen sus principales obras. Destacan El ladrón de libros (1988), La intimidad (1997), El país del alma (1999), Reina de América (2002), Deja que la vida llueva sobre mí (2008), Escribir y callar (2010) y Amor y Guerra (2011).


Articulo : Articulo : http://www.elcultural.com 12∕2015

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