mercredi 30 décembre 2015

Rafael ARGULLOL∕“Durante seis meses no tuve noticias del editor”

PRIMERA MEMORIA
Por El Cultural

¿Te costó mucho publicar tu primer libro? ¿Cuándo fue? ¿Pudiste elegir editorial? ¿Quién te ayudó? ¿Hubo editores que te dieron la espalda? ¿Qué pasó cuando tu ópera prima llegó al fin a las librerías, si es que llegó?... El Cultural preguntaba y los escritores debían escribir un artículo contestando a todas esas preguntas con la mayor sinceridad y precisión posibles, es decir, con fechas, con detalles, con nombres. Ese fue el pacto, la razón de ser de una sección de nuestra revista que llamamos Primera Memoria y por la que pasaron, durante los años 2007 y 2008, una buena parte de nuestros escritores.


 “Durante seis meses no tuve noticias del editor”
Por Rafael ARGULLOL

El primer libro que escribí con el propósito –o la esperanza– de que se publicara fue Lampedusa, una isleta de ese nombre situada al surde Sicilia, casi a la altura de Túnez, entonces, en 1976, muy desconocida y ahora tristemente citada por ser tierra de promisión y perdición de inmigrantes africanos. Todo en este texto fue bastante azaroso: desde las circunstancias que dieron lugar al escrito hasta la lengua utilizada, pasando, como ahora voy a explicar, por las vicisitudes de su publicación.

En aquella época yo vivía en Italia, en Roma concretamente, y era, y soy, muy islófilo. Durante un viaje por Sicilia vi en un mapa, caprichosamente perdida entre áfrica y Europa, la isla de Lampedusa, que sólo me era familiar por el apellido del autor de El Gatopardo. De acuerdo con mi islofilia no pude resistirme a la tentación de desplazarme hasta ella. Después de muchas averiguaciones me metí en un barco que partía de Porto Empédocle con la intención de pasar una noche en la islita y regresar a Sicilia al día siguiente. Pero un sciopero, tan frecuentes entonces en Italia, se interpuso en mis planes: al día siguiente no llegó a Lampedusa el barco que debía recogerme y así, a la espera del fin de la huelga, pasé una semana, medio obligada, medio placentera, en la isla.

En la propia novela se refleja indirectamente esta experiencia. Era el mes de octubre con noches larguísimas a causa de las restricciones en la electricidad y días todavía más extensos. Como hacía todavía calor me pasaba las mañanas en las playas y, para ocupar las tardes, empecé a escribir un texto cuyo asunto me rondaba la cabeza desde hacía tiempo pero cuya materialización seguramente habría sido imposible si los sindicatos no hubieran convocado la huelga.

De vuelta a Roma, con la novela ya muy avanzada, o al menos su núcleo, conocí en el Trastevere a un siciliano de Catania que, al escuchar mi argumento, se mostró interesado y afirmó que publicaría la novela en una editorial llamada Volcano que él había fundado con un socio de su ciudad natal. Como aquélla era una época en que se fundaban muchas editoriales la cosa era verosímil. Más inverosímil me parecía que aquel tipo que había conocido, con apariencia de vitellone, fuera capaz de impulsar nada que no fuera su divertida indolencia. Sin embargo, para disipar mis dudas, él alegaba que su padre era rico y sobre todo que su socio era el verdaderamente emprendedor. Como el entusiasmo del novato al que prometen la publicación de su primer libro sólo es equiparable a su ingenuidad me lancé en brazos de Sandro, que así se llamaba mi futuro editor. Siguiendo sus consejos abandoné el primer idioma del libro, el español, e hice una segunda versión en italiano, lo que, de paso, ahorraba a Volcano la traducción. Con muchas dificultades idiomáticas, pero con tesón, logré finalizar el manuscrito. Sandro se llevó el único ejemplar mecanografiado a Catania mientras yo fantaseaba sobre mi porvenir como escritor italiano. Sin embargo, durante seis meses no tuve noticia alguna. Y cuando la tuve, no por Sandro, que jamás reapareció, sino por un amigo común, fue malísima: por así decirlo, Volcano había entrado en erupción sin publicar un solo libro debido a que el socio había estafado a Sandro, o al revés, un orden de los acontecimientos no del todo aclarado. En una época en que quebraban casi tantas editoriales como se fundaban. Retorné a la versión española y, regresando a Barcelona, se la ofrecí a Miguel Riera. Aceptó la novela de inmediato y la publicó en Montesinos en 1981.


DESDE ENTONCES. Rafael Argullol (Barcelona, 1949) ha compatibilizado la enseñanza con la creación. Catedrático de Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra, entre sus obras destacan poemarios como Disturbios del conocimiento (1980) o El poema de la serpiente (1999); las novelas El asalto del cielo (1986), La razón del mal (1994), Pasión del dios que quiso ser hombre (2014) o Mi Gaudí espectral (2015), y ensayos como La atracción del abismo (1983), El Héroe y el Único (1984), Visión desde el fondo del mar (2010) Una educación sensorial (2012) y Maldita perfección (2013).


Articulo : Articulo : http://www.elcultural.com 12∕2015

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