mercredi 30 décembre 2015

Roberto ROSENBLUM∕La danza de la vida de Edvard MUNCH

OBRAS FUNDAMENTALES DEL ARTE DEL SIGLO XX

El convulso siglo XX trajo las transformaciones más radicales a la humanidad... y a la creación artística. El Cultural, de la mano de Elena Vozmediano, ha querido conmemorar sus logros en el ámbito de las artes visuales con una colección de ensayos sobre algunas de las obras fundamentales producidas en esos cien años. Obras que fueron importantes entonces y que continúan siéndolo hoy por la influencia que todavía ejercen.

La danza de la vida de Edvard MUNCH
Por Roberto ROSENBLUM

Mientras el reloj marca el avance desde el siglo XX al XXI y no hacemos más que pensar en centurias y milenios, el año 1900 se impregna también de la magia de los números redondos, y señala al mismo tiempo otro final y otro principio. Con precisión cronológica, La danza de la vida de Edvard Munch puede representar ese momento.

Una de las pinturas más ambiciosas y tenebrosas de este fascinante maestro noruego, fue terminadaen1900, lo que nos inclina a contemplarla como una síntesis y como una profecía. Al igual que muchas obras concebidas a finales del siglo pasado, traspasa los límites de la pintura y se adentra en un territorio cercano a la filosofía, a la religión, a la psicología. Es un reconocimiento personal de que lo que sentía el artista se correspondía con las verdades subyacentes a la existencia humana. De las muchas meditaciones pictóricas acerca de estos trascendentales asuntos del cambio de siglo, las más famosas son tal vez el “altar” tahitiano de Gauguin ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Dónde vamos? (1897) y la igualmente conocida y enigmática alegoría de Picasso La vida (1903), que evoca también el ciclo de la vida, el amor y la muerte.

Pero la visión de Munch sobre estas realidades últimas posee un carácter particularmente siniestro, que asume el pesimismo de la predestinación biológica y que opone a mujeres y hombres en una naturaleza agresiva. Los acontecimientos que Munch representa podrían fácilmente haber dado pie a una alegre escena de género escandinava, ya que se inspira en el ritual anual de los bailes campesinos en la época de las largas noches de verano tan generalizado en las latitudes norteñas europeas. De hecho, otro artista escandinavo, el sueco Anders Zorn, había pintado esa visión convencional de campesinos danzantes en 1897. Pero Munch, como es habitual en él, desentraña dolorosamente el asunto, transformando los placeres del cortejo juvenil en una representación macabra en la que el sexo femenino juega un papel feroz. Como si encarnaran las teorías de la evolución de Darwin, con su tremenda asunción de que la vida es supervivencia y de que estamos aquí para propagar la especie, las tres mujeres del primer plano dan al cuadro un pulso letal, de inevitabilidad, e imponen un orden estático y tripartito a un fondo frenéticamente animado de parejas que se explayan en un escenario natural. Son, en realidad, la misma mujer representada en el ciclo tradicional de las tres edades de la vida: juventud, madurez y vejez. Pero en esta ocasión es una mujer y no un hombre quien encarna esta alegoría universal, ya que es ella quien se transforma en la fuerza implacable que se esconde tras la abrumadora fuerza de la naturaleza.

La predestinación sexual de la mujer se presenta como un drama en tres actos, en muchos aspectos paralelo a la misoginia evidente en las obras de teatro contemporáneas de August Strindberg. A la izquierda, es una virgen vestida de blanco, con un lirio blanco –en referencia casi blasfema a la Virgen María– junto a ella. Con una mano intenta reprimir sus impulsos sexuales y con la otra se aproxima anhelante hacia la pareja central. Ésta, enlazada por los violentos movimientos de la danza, satisface su lujuria, perdiendo su naturaleza humana a medida que los personajes son transformados en tristes autómatas programados biológicamente para perpetuar la especie. La figura femenina se equipara a la mujer tentadora, la femme fatale, con un vestido de color rojo cuyo llameante color inflama a su despreocupado compañero, cuyo traje negro queda bordeado de un rojo furioso. Y en el último acto, a la derecha, ella está de nuevo sola, con las manos unidas y caídas, y vestida con el ceniciento negro de la muerte. En esto, nos dice Munch, consiste la vida.

Como los animales de Darwin nacemos, nos apareamos y morimos. El genio pictórico de Munch, por supuesto, convierte este mensaje brutal en un emblema indeleble, a la vez simple y complejo. Las tres edades de la mujer se muestran como una tríada simétrica de blanco, rojo y negro. La naturaleza es estilizada en un campo verde de hierba y dos bandas horizontales azules de agua y cielo. En la zona superior, el poder hipnótico del sol amarillo de medianoche se refleja en el agua como un tenso fuste de columna... Tanto los personajes como el paisaje han sido reducidos a su esencia, reinventados en un moderno tríptico que ocupa el lugar de los moribundos altares del Cristianismo.

El cuadro de Munch coincide asimismo con las revelaciones de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud (1889), que indagó de la misma manera acerca de nuestras raíces emocionales y sexuales, difundiendo creencias que dominaron en el siglo siguiente, fijadas de manera programática por el surrealismo. En su marco cronológico, La danza de la vida mira hacia atrás a Darwin y hacia delante a Freud. Y tiene una descendencia mucho más feliz. Sólo una década más tarde, Matisse, en La danza, sacó también a la luz nuestras conexiones primordiales con la naturaleza, pero transformó la danza de la muerte en una explosión de alegría pagana.

Edvard Munch (Lüten, 1863-Ekely, 1944) es el más importante pintor noruego. Las trágicas experiencias de su juventud –la muerte de sus padres y una de sus hermanas, la locura de otra de ellas, la frustración amorosa- marcaron su pintura de manera definitiva. En 1885 viajó a París, donde absorbió la influencia de los impresionistas, y entre 1892 y 1908 vivió entre esta ciudad y Berlín, obteniendo grandes reconocimientos. En 1910 regresó a Noruega, permaneciendo allí hasta su muerte. Munch ejerció una gran influencia en la formación del expresionismo alemán de principios de siglo, a través de su crítica de las convenciones sociales, morales y artísticas, y de su concepción de la pintura como expresión de estados emocionales y de la miseria de la existencia humana. Cuando tenía 26 años escribió: “Pintaré seres vivos que respiran, sufren y aman. La gente comprenderá el carácter sagrado de esta pintura y se quitarán ante ella el sombrero como si estuvieran en la iglesia”.

Robert Rosenblum (1927–2006) fue uno de los más prestigiosos historiadores del arte del mundo. Profesor de Arte en la Universidad de Nueva York y conservador del Guggenheim Museum, escribió numerosos libros y artículos sobre el arte de los siglos XIX y XX. Publicó un brillante ensayo en el catálogo de la exposición Edvard Munch: Symbols and Images (1978).
  

Articulo : Articulo : http://www.elcultural.com 12∕2015