mercredi 6 juillet 2016

Alberto ÚBEDA PORTUGUÉS∕ Ken LOACH en la era de la globalización

Ken LOACH en la era de la globalización
Por Alberto ÚBEDA PORTUGUÉS

Cuando vemos una película de este formidable director, ‘la verdad’ que impregna las imágenes nos asalta hasta dejarnos tensos como un resorte. El anticapitalismo de Loach denuncia una sociedad de triunfadores y VIPS en la que incluso muchos asalariados bordean el umbral de la pobreza.

Ken Loach, el gran cineasta de la clase trabajadora (Nuneaton, Reino Unido, 1936), encontró desde comienzos de los años noventa el reconocimiento en los más importantes certámenes internacionales a una carrera rigurosa e insobornable que ya abarcaba casi tres décadas. Esa etapa anterior, recogida en otro artículo, se basó en numerosos programas de ficción y documentales producidos por la BBC que criticaban las desigualdades sociales en su país y alentaban la lucha contra el sistema. La llegada a Downing Street de Margaret Thatcher en 1979 neutralizó la capacidad de maniobra de los sindicatos y con su acción de Gobierno neoliberal puso trabas a la labor de testigos comprometidos como Loach. Fue el Festival de Cannes en 1990 quien le reivindicó otorgándole el premio del jurado por Agenda oculta (Hidden Agenda), su devastador análisis del papel de la inteligencia británica en el sangriento conflicto del Ulster. El éxito de este filme hizo que el público de autor europeo apoyara sus siguientes títulos: Riff-Raff (1991), Lloviendo piedras (Raining Stones, 1993) y Ladybird, Laydbird (1994), incisivas odas proletarias en las que se denunciaban los sistemáticos abusos del Estado sobre los que nunca han tenido recursos para comprar su felicidad.

El interés de productores internacionales, entre ellos Gerardo Herrero, por el cine de Loach propició que su siguiente cinta, Tierra y libertad (Land and Freedom, 1995), se rodara en España con un argumento traumáticamente español: La Guerra Civil, en la que combatieron un buen número de británicos e irlandeses. Con la participación de intérpretes nacionales como Rosana Pastor, Icíar Bollaín o Marc Martínez, la película, focalizada en el frente de Aragón, muestra con vigor y rabia la desunión que había entre las fuerzas izquierdistas, uno de los factores determinantes para que el bando republicano fuera derrotado. Cuando todavía no se ha realizado una obra que haga justicia y dé fe de un conflicto que permanece latente en el inconsciente de la sociedad española, Loach logró en este filme imágenes de una potencia y una verdad que hacen palidecer otros intentos de cineastas autóctonos por reflejar una tragedia fratricida tan apasionante como dolorosa.

Su interés por los procesos revolucionarios y de liberación en el mundo le condujeron seguidamente a ocuparse con determinación, aunque no con tanto acierto, del sandinismo nicaragüense en La canción de Carla (Carla’s Song, 1996), en la que volvió a colaborar con el actor escocés Robert Carlyle, protagonista de Riff-Raff. Éste viaja, acompañando a una mujer concienciada del país centroamericano de la que se enamora, desde Glasgow a Managua para ver con sus rebeldes ojos de conductor de autobuses el esfuerzo de un país atrasado para alcanzar el nivel de vida negado a la población durante la dictadura somocista; la lucha contra unos mercenarios pagados por Reagan y Alexander Haig, que no podían consentir una nueva Cuba en ese patio trasero del sur del río Grande. Otro soberbio actor, Peter Mullan (galardonado en Cannes), llenaba la pantalla con sus contradicciones y heridas en Mi nombre es Joe (My name is Joe, 1997), una de sus más celebradas cintas en la que el retrato de un marginado en un ambiente hostil nos cautivaba con su mezcla de violencia y ternura. Era una película sobre la redención, el perdón de los pecados, la búsqueda de una oportunidad que nos permita ofrecer la mejor versión de nosotros mismos. Y todo ello sin el edulcorante que suelen añadir las producciones norteamericanas acerca de estas temáticas. Porque no es fácil mostrar la pena y el íntimo aniquilamiento de alguien a quien de pronto ya no le valen las llamadas a la prudencia y al buen camino y todo lo que necesita es un poco más de alcohol que le nuble la capacidad de sentir y juzgar sus actos. Después, Ken Loach quiso reflejar desde su punto de vista foráneo el sempiterno problema migratorio de latinoamericanos a Estados Unidos en la bienintencionada y revulsiva Pan y rosas (Bread and Roses, 2000), y eso lo hizo en Los Ángeles, la capital del mundo del cine y del audiovisual, en la que por cada sueño realizado hay mil historias de gente explotada salvaje y brutalmente, que son los lacayos de aquellos que huelen bien y sonríen confiadamente a la cámara mientras pisan la alfombra roja de los elegidos. Adrien Brody, ganador posterior del Oscar el mejor actor con El pianista (The Pianist, Roman Polanski, 2003), encarnaba convincentemente a un activista norteamericano que denuncia la situación de unas trabajadoras mexicanas humilladas como solo lo puede hacer una sociedad que cree en la ley del más agresivo.

Si los Marx nos hacían reír al grito de “¡Más madera, es la guerra!” en el tren de Los hermanos Marx en el Oeste (Go West, Edward Buzzell, 1940), en La Cuadrilla (The Navigators, 2001) se nos hiela la sonrisa cuando asistimos a esa búsqueda de beneficios por cualquier medio en la era del capitalismo global, que provoca que unos ferroviarios, plasmados con pulso firme y sincero, se queden en paro. No importa lo bien que hagas tu tarea si ese cometido sobra para que cuadren las cuentas en los consejos de administración de las grandes empresas. Contra ese poder monolítico se enfrentan estos obreros del hierro y el metal cuya mayor riqueza es la camaradería que les hace fuertes y la voluntad de exigir un salario justo por un trabajo honesto. La ascendencia escocesa de Paul Laverty, el guionista habitual de Loach en esta fértil etapa de su carrera, ha originado que algunas de las tramas de sus películas se sitúen en esa zona de Gran Bretaña. Tanto Felices dieciséis (Sweet Sixteen, 2002) como Solo un beso (Ae Fond Kiss, 2004) transcurren en Glasgow (ciudad natal de Laverty) y tienen mucho en común con Kes (1969) y Miradas y sonrisas (Looks and Smiles, 1981), dos joyas de cine iniciático que ponían de manifiesto la sabiduría de Loach para captar los sentimientos y las emociones de los jóvenes. También confirmaban la escasa atención que, pese a las declaraciones rimbombantes de las autoridades, reciben unos seres del sector servicios para los que las puertas de la riqueza están cerradas a cal y canto. En Felices dieciséis seguimos los pasos de un cándido pero decidido adolescente que delinque para pagar la fianza que saque a su madre de la cárcel. En cambio, en Solo un beso el objetivo de un muchacho musulmán y una chica católica es traspasar con el amor que se profesan las barreras de los prejuicios religiosos y familiares.

Más ambicioso se mostró en El viento que agita la cebada (The Wind That Shakes the Barley, 2006), un viaje a Irlanda para investigar y sacar conclusiones de las traiciones y luchas de poder enmarcadas en su proclamación de independencia de 1922. Narra la historia de dos hermanos (Cillian Murphy y Pádraic Delaney) que lucharon juntos para la fundación de una nueva Arcadia en la isla celta y su separación posterior cuando esa idea libertaria deviene en un Estado represor y tolerante con las injusticias que juraron suprimir. La película, Palma de Oro en el Festival de Cannes, une con grandeza la intención política y el aliento poético de las imágenes para sentir casi en nuestra propia piel esas trampas y asesinatos que Loach glosa, poniendo en solfa el concepto de patria. No menos virulenta es la lección que imparte con En un mundo libre (In a Free World, 2007), en la que traza una panorámica terrorífica de ese triunfante catecismo neoliberal que impulsa los contratos temporales estableciéndolos como una vía permitida de sumisión feudal. A la empresaria proveniente de la clase trabajadora (Kierston Wareing), que decide probar suerte empleando a inmigrantes con ese método de capitalismo salvaje, le resulta difícil tratar a la gente como a ganado. Guardar para sí los billetes restados de los sueldos miserables impuestos a pobres seres huidos de su lugar de origen, requiere un corazón marcado por un gran fondo de inversión global, y la protagonista no sabe si llega a tanto. Un mundo libre (así lo entiende la derecha) que Loach disecciona con su acostumbrada energía en el que el tráfico y la compraventa de mercancía humana se resuelven a precio de ganga, como si fueran un excedente de producción.

Sin embargo, las personas tienen un valor intrínseco que el mercado, pese a intentarlo, no puede cuantificar. De ahí parte el maravilloso canto obrero a la dignidad y al fútbol en Buscando a Eric (Looking for Eric, 2009). Presenta a un padre (Steve Evets) que tiene dos hijos poco juiciosos que dejan tras de sí un rastro de problemas con cada negocio que emprenden. Agobiado por las deudas y las amenazas de la mafia local, se imagina a su ídolo, Eric Cantona, exjugador del Manchester United, dándole ánimos para que encuentre la manera de salir adelante. El desafío permanente que suponía Cantona en los terrenos de juego, el empeño por ser siempre mejor, se convierte en el motor para oponerse a la opresión y la violencia de unos matones que gozan aterrorizando a los indefensos. Aunque las temáticas que escoge Loach están habitualmente inclinadas al drama, ofrece casi en cada filmemomentos de genuino humor de los que apenas tienen motivos para ello. Buscando a Eric es de los más logrados en ese aspecto, con un grupo de incondicionales y entrañables compañeros del protagonista que se apoyan unos a otros frente a la brutalidad de los gánsteres. Cada gol de Cantona, cada mirada arrogante, son el santo y saña de una masa fiel de seguidores que no han conseguido en su vida profesional la gloria y los sueños que la estrella francesa hacía realidad en cada partido que jugaba. En cierta forma, Cantona tiene un papel muy parecido al de la fantasía de Woody Allen con Humphrey Bogart en Sueños de un seductor (Play it Again, Sam, Herbert Ross, 1972). Una ayuda que hallamos en nosotros mismos, en los héroes que amamos, para capear tormentas que se nos antojaban invencibles.

Por el contrario, nada hay de épico u humorístico en Route Irish (2010), una de las películas más desoladoras de toda la carrera de Loach. La intervención de Estados Unidos y sus aliados en Irak provocó una guerra interminable que continúa azotando la conciencia de los países de nuestro entorno. El cineasta se fija en los mercenarios, llamados contratistas, de empresas privadas que obtuvieron grandes sumas de su colaboración con el Ejército. Personajes con licencia para matar que tratan de aparentar normalidad en su vida íntima, pero el peso de las muertes de inocentes no les deja dormir. El dinero que han conseguido está manchado de sangre y su olor impregna los bienes que adquieren y por muy bueno que sea su gel de ducha siempre hay un rastro en su piel, en las yemas de los dedos, que les recuerda el infierno iraquí. La vida no es bella ni se puede amar a una mujer, como desean los contratistas retratados, si el trabajo de uno consiste en disparar a sospechosos amedrentados que salieron a la calle para comprar el pan. De este estercolero de destrucción y muerte tan formidablemente descrito, en el que Occidente ha malgastado buena parte de su crédito en Oriente Medio, Loach confió en la sabia combinación que el guionista Laverty preparó de una malta suprema de whisky y jóvenes marginados que buscan su oportunidad entre millonarios excéntricos dispuestos a pagar una fortuna por el barril más secreto de las Tierras Altas escocesas. El título de la película, La parte de los ángeles (The Angels’ Share, 2012), remite a la pequeña cantidad de alcohol que se evapora durante la destilación y también al licor sustraído por los veinteañeros protagonistas de ese barril único. Es otra manera del director británico, en esta comedia casi risueña, de ensalzar o comprender a los sectores oprimidos de la sociedad frente a los que solo creen en su propio beneficio. A nadie le importa en la economía de la especulación que padecemos si hay más o menos víctimas que no han sabido adaptarse a las reglas del juego, y da igual que esas víctimas sean jóvenes o adultos en la fase más “aprovechable” de su actividad. En realidad, los protagonistas de La parte de los ángeles se han limitado a seguir algunas reglas de oro del buen capitalista sin escrúpulos: una dosis de astucia, unas cuantas mentiras, no andar cortos de agresividad y asumir el riesgo de que el fraude salga a la luz y sean detenidos.

CINE EN ESTADO PURO

“Loach busca la verdad de su tiempo; en sus filmes la realidad está despojada de todo aquello que no es imprescindible”. Si queremos conocer a Ken Loach, es necesario ver alguno de sus fantásticos documentales, y el que está más a mano es el reciente El espíritu del 45 (The Spirit of ’45, 2013), una visión optimista de lo que pretendió, tras la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno laborista de Clement Attlee en el Reino Unido, promoviendo el Estado del bienestar y el amparo inmediato a los necesitados. Pero, según nos alejamos de esta época, la pantalla va llenándose de sombras y la crítica acerba explota cuando se relata cómo en la década de los ochenta Margaret Thatcher clausuró lo que quedaba de esas conquistas sociales. Su filmografía se ha cerrado por el momento con Jimmy’s Hall (2014), otra brillante muestra de cine combativo y humanista. Retoma, después de El viento que agita la cebada, los conflictos de Irlanda en sus primeros años de independencia, haciendo una semblanza de James Gralton, un hombre que desde el sencillo púlpito de un salón de baile animaba a la gente a expresar sus ideas, a aparcar sus prejuicios y por supuesto a dejarse llevar por el contagioso ritmo del jazz de los años veinte y treinta que había conocido en América. Todo eso se oponía a los preceptos conservadores y la represión de costumbres que la Iglesia católica impuso favoreciendo al mismo tiempo los privilegios de las clases altas. Defensa de la grey dominante que no duda en amenazar de palabra y obra a todos los asistentes al salón de Jimmy, donde se fragua no ya una rebelión nacionalista, sino un auténtico levantamiento popular que quiere pulverizar las cadenas que les atan al Estado. Hay pocos casos en esta interminable edad posmoderna en la que un artista sea tan fiel a unos valores enfrentados a la impostura del fin de la historia y la victoria del capitalismo, a la toma del poder de las grandes corporaciones económicas y a la aceptación de una marginación social que cada vez engloba a un mayor número de ciudadanos. Todavía se puede decir no, pese a que nada indique que las cosas puedan cambiar. La verdad y una esperanza de libertad, las que Ken Loach ha mantenido durante cincuenta años, están en la pantalla.

Alberto Úbeda-Portugués es escritor y periodista. Miembro de la Academia de las artes y las ciencias cinematográficas de España.


Articulo: http://www.elboomeran.com 25∕04∕2016