mercredi 6 juillet 2016

César PÉREZ GRACIA∕ FREUD, o la ilustración vienesa

FREUD, o la ilustración vienesa
Por César PÉREZ GRACIA

En la obra de Roudinesco, Freud viene a ser, en cierta medida, el último romántico vienés, el Nietzsche del Danubio.

Elisabeth Roudinesco, Freud, en su tiempo y en el nuestro. Debate, Barcelona 2015. Porque el delito mayor del hombre es haber nacido. Llamándose Sigmund o Segismundo es curioso que Freud no cite nunca La vida es sueño de Calderón. Sabía el español suficiente para leer a Cervantes, e incluso usó el pseudónimo Berganza, uno de los perros erasmistas del coloquio cervantino. La biografía escrita por Elisabeth Roudinesco ha explorado dos fuentes complementarias de la vida de Freud, sus infinitas cartas, y la constante revisión autocrítica de su teoría del psicoanálisis. Una de sus cartas más geniales se la escribió a Thomas Mann, tras la visita que el autor de La montaña mágica le hizo en Viena, a propósito del complejo bíblico de José, cuya víctima o paciente más notorio fue Bonaparte. Mann estaba en plena escritura de su cuarteto bíblico, José y sus hermanos. Freud no fue lector de Proust, nunca termina una frase, le achacaba. Sin embargo se consideraba heredero de Goethe y de Schopenhauer. El propio Mann dedicó una novela a Goethe, Lotte in Weimar. La Carlota que empujó a Werther al suicidio visita a Goethe en Weimar cuando ambos son dos ancianos. En todo caso, Mann consideraba a Freud un igual, un heredero de la gran cultura ilustrada alemana. Al final resulta que Freud era un crítico literario con un ojo de halcón a la hora de analizar el erotismo infantil de los grandes genios europeos, Leonardo, Goethe, Dostoievski. La traducción es fuente de mil malentendidos, por ejemplo, trauma en español es lo que requiere cirugía, y sin embargo, en alemán es sueño. Freud escribió La interpretación de los traumas, de los sueños alemanes o vieneses. Kant cifró la empresa ilustrada en el combate contra el trauma dogmático o sueño dogmático medieval. Ortega era un lince para leer los flujos históricos, y nos advierte que el escolasticismo medieval nunca descansa. Dogmas viejos en odres nuevos. Obviamente en el siglo XX ha habido plagas escolásticas por doquier. Escolasticismos marxistas jaleados por la prensa occidental. Nueva York o París son por sí solas un escolasticismo del turismo de masas. Woody Allen y los psicoanalistas neoyorquinos o argentinos fueron un tiempo una verdadera peste escolástica. Fernando Savater suele decir con humor donostiarra que los españoles llevamos el inconsciente por fuera, como una camisa hawaiana. El pelo de la dehesa darwiniana.

Roudinesco es una historiadora concienzuda de las infinitas sectas freudianas o de las mil y una noches teóricas del psicoanálisis. A Freud jamás le faltaron aprendices de brujo en su tertulia vienesa, que acudían como moscas a la miel de la infancia edípica. Quizá la infancia es un invento novelesco de Dickens, un género romántico tardío, revitalizado por Freud, inventor de las infancias morbosas. La lista de discípulos directos fue inmensa, los más notorios, Jung, Ferenczi –con el que intercambió un millar largo de cartas– Jones. La teoría de la neurosis, como trauma somático recurrente o crónico, aflora mil veces en el análisis freudiano. Si el análisis o el diagnóstico fuese certero no habría enfermedad. No hay una ley de la traumatidad infantil, cada niño tiene su niñez peculiar, Freud no es Newton, ni siquiera Darwin es Newton, en el sentido de que cada vida humana es distinta, pese a que los arquetipos de Jung y el inconsciente colectivo, apunten en sentido contrario, hacia un determinismo tribal o gregario, en el que el mito de la individualidad se esfuma. Savater dibuja con humor ese episodio ancestral del simio audaz que se aventuró a bajar de la copa del árbol primigenio. Si no hubiera sido por ese acto de coraje, pisar la tierra, todavía seguiríamos en los árboles. Contar los pasos fue dominar el espacio de caza, inventar el tiempo, uno, dos, diez, cien, mil pasos, lo que tarda el cazador en ir y volver a la caverna, a la gruta. El mono aritmético, capaz de anticipar el riesgo ante la fiera que puede devorarlo. De la caverna ancestral a la caverna de Platón hay un buen trecho. Sin lenguaje, sin palabras, sin historias y mitos no hay signo alguno de humanidad. En qué momento nace el simio neurótico. Quizá la religión es la clave, el tabú del incesto, la familia como apología de la neurosis. No hay nada como llevar una neurosis con elegancia.

La novela familiar de Freud

Posiblemente, las páginas más atractivas de la biografía de Roudinesco se encuentran en el relato de la familia Freud. Minna, la cuñada de Freud, y Anna, la hija soltera de Freud, son dos mujeres claves en la biografía o en la novela personal del pensador vienés. Quizá el interés por estos personajes viene determinado por el halo conceptual que los aureola, el incesto, la homosexualidad. Es divertido constatar cómo la realidad contradice la teoría freudiana, como si la vida fuese siempre por delante del pensamiento, o por vías o senderos incompatibles. En su escritura era muy liberal pero en su vida privada cultivaba una castidad de sumo sacerdote. Como Marcial, podría decir, obscenas son mis páginas, mi vida limpia. Tuvo un discípulo onanista compulsivo, y lo expulsó del templo freudiano. Un schwein, un cerdo poco o nada homérico. Freud adoraba a los chuchos pequineses, no a los gatos, demasiado narcisistas. Recordemos su pseudónimo cervantino Berganza. Como diría Savater, quién fuera perro de Freud.

Freud o la neurosis epistolar

Si las novelas de Flaubert fueron eclipsadas por la escritura oceánica de su cartas, 3.700 piezas, Freud no va a la zaga y su pasión epistolar roza lo monstruoso, 10.000 cartas. La carta elogiosa que dirigió a su traductor español, Luis López Ballesteros, 7 mayo 1923 : “Me admira, sobre todo, que no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión, haya alcanzado tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura”. Resulta asombroso que Freud escribiera español con tal holgura expresiva, como si lo utilizase a diario. Pero, para mi gusto personal, la carta más genial de Freud es la que dirigió a Thomas Mann sobre el complejo bíblico de José. Mann estaba en plena escritura de su tetralogía José y sus hermanos, y Freud le descubre que Bonaparte padecía, y de qué manera, el complejo de José. Su hermano mayor se llamaba José, el castizo Pepe Botella de la Corte madrileña. Pepe Plazas, se le llamó también (abrió por ejemplo la Plaza de Santa Ana). Freud se regodea en revelarle a Mann la pujanza mítica de ese complejo biográfico. Su esposa se llamaba, no por azar, Josefina. Y desde luego, Napoleón no fue a Egipto a hacer turismo. Lo llevaba en su ADN freudiano, avant la lettre, y no tenía más remedio que bañarse en las aguas del Nilo. Desde lo alto de estas pirámides José el Egipcio os contempla. Freud no acaba de dar la puntilla al Corso. Es obvio que su complejo a la postre resultó autodestructivo. Repudió a Josefina y su hermano Pepe perdió el trono de España. Y tampoco por azar, el general que inició la debacle del Corso y le hizo levantar el primer Sitio de Zaragoza, se llamaba José Palafox. Hay una irónica frase interrogativa de Freud que desprende un aroma burlón delicioso en esta carta de noviembre de 1936 : “Wohin ander soll man gehen als nach Ägypten?” ¿Dónde podía ir este hombre sino a Egipto? La carta, repito, es a todas luces un ejemplo cimero del genio literario de Freud. Resulta obvio que la querencia de Freud por la arqueología egipcia tampoco era azarosa. El mito bíblico de José, como intérprete hebreo de los sueños del faraón, era capital en su propia biografía. Uno puede imaginarse a Freud soñando con acudir al palacio de Schönbrun para descifrar un mal sueño del emperador Francisco José. La caída del imperio austro-húngaro.

Freud como crítico literario

Sin los mitos de Edipo y Hamlet, o el bíblico de José, no tendría el menor sentido la tarea de liberación dogmática de los traumas infantiles. Los médicos vieneses no se tomaban en serio a Freud, no era un científico puro. En realidad, sus libros están mucho más en la estela del ensayo literario de Schopenhauer o Nietzsche; en otras palabras, de la crítica literaria pura y dura, del ensayo como reflexión intelectual en sentido estricto. Por ejemplo, sin la idea de represión burguesa en la Viena de 1900 no se entiende la voluntad de liberación individual de Freud. La marea negra de esa represión común a toda Europa en ese tiempo estalló de forma monstruosa en la Europa de Hitler y Stalin. Es la época de los machos alfa en la política. Ahora nos puede divertir ese escenario a toro pasado, pero la carnicería fue espantosa. Esa conexión entre las pulsiones destructivas de la sociedad y el erotismo infantil se la debemos a Freud.

¿Es posible un erotismo humanizado o racional o el erotismo es perverso per se, desde su fundamento? Quizá hay siglos o épocas donde la bestia parda campa por sus fueros, y épocas en que se impone la razón, la ciencia, la cultura literaria, el arte. Baroja dedicó un volumen a La sensualidad pervertida antes de que Freud fuese traducido en España.

La Ilustración tenebrosa

En cierto modo la biografía de Roudinesco se basa en la pelea de gallos de los discípulos de Freud, una suerte de parricidio fratricida, para seguir el juego de la jerga vienesa. Por supuesto, cada gallo luce su cresta teórica flamante, y la historiadora del psicoanálisis demuestra su erudición cartesiana en cada lance dialéctico concreto. Quizá la cima de la obra freudiana sea Más allá del principio de placer, cuyo título parodia a Nietzsche. Roudinesco titula ese capítulo como La ilustración oscura, digamos la antítesis del espíritu de Kant, la ilustración gótica de Sade, Goya y Blake. Goethe se situaría como un dios Jano entre ambas opciones, un Fausto fronterizo. Freud sostiene que hay personas que llevan en su seno un germen demoniaco o autodestructivo. Cada uno su quimera, decía Baudelaire. En Freud ese buitre roe las entrañas, como el águila de Prometeo. En realidad, los espectros de Edipo y Hamlet, reaparecen travestidos en cada página freudiana. El club de los mitos literarios ronda por doquier. Goethe, como Kant, aspiraban a una búsqueda luminosa de la razón. Sin embargo, Freud está empeñado siempre en emular las sonatas de Schubert, la lucha titánica entre las dos caras del amor romántico. Más allá del orgasmo traumático, por seguir la jerga vienesa. El amor sin morbo o sin veneno canalla es como un jardín sin flores. La petite mort es la metáfora cursilona del amor tabernario prelacaniano. Con gracia andaluza podría decirse que el éxtasis es un sinvivir jovial, un martirio jubiloso. Freud viene a ser en cierta medida el último romántico vienés. El Nietzsche del Danubio.

César Pérez Gracia es escritor.


Articulo: http://www.elboomeran.com 09∕05∕2016

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