mercredi 6 juillet 2016

Daniel SALSAÑA PARÍS∕Ingenio y ungimiento del erizo

Ingenio y ungimiento del erizo
Por Daniel SALSAÑA PARÍS

En vena lúdica y tono irónico, la voz narrativa describe su afinidad con la marihuana, el vocabulario relacionado con ella y el síndrome de abstinencia (estar “erizo”) como metáfora de la propensión humana a rehuir a los semejantes. El cuadro descrito parece encajar en lo que el debate sobre la legalización de esta droga denomina “consumo recreativo”, sin pretender que el autor haga suya esta expresión.

I
Mi más seria misión en esta vida, descubrí hace poco, es luchar contra mi tendencia natural a ser un hijo de puta. Es la única ideología por la que milito. No ser el cabronazo que muy fácilmente podría ser, en caso de relajar mi observancia, es mi único humanismo —un humanismo de bolsillo—. En esta lucha personal, como le llaman, he encontrado un aliado importante en la marihuana. La mota me amilana (a diferencia del alcohol, que cuando me sienta mal me deja hecho un truhán o un lamecharcos). Cierto que quemarle las patas al diablo tiene sus desventajas, y asumo la firme creencia de que las dosis deben ser breves.

Nunca he temido quedar orate por fumar mucho, pero acepto que a la larga puede tener efectos secundarios. En mi caso, reconozco que no sería justo achacarle a la mota mi paranoia, que antecede y trasciende el efecto de cualquier droga, pero puede ocurrir que después de fumar marihuana mi delirio persecutorio se dispare hasta hacerme pensar, de manera reiterada, que hay gente revisando mis bolsas de basura para “acabar conmigo”.

II
Pero además de los efectos de la droga en el cuerpo y la psique existen las secuelas que deja en la lengua —no la húmeda y rosácea sino ésta: la castellana—. Todas las drogas generan un glosario. Claro que esto sucede más con las ilegales, pues exigen un código para disimularse en el espacio público. En cada cultura, las palabras para designar a la mota forman largas listas de alusiones veladas, de metáforas abstrusas, de apodos sorprendentes. Entre nosotros se le llama mota, mois, grifa, mostaza, ganja: escoja usted su variante favorita. Y así con cada uno de sus elementos: el cigarro puede ser churro, chubi, gallo, toque, joint. La experiencia negativa se bautiza pálida, malviaje, amarillo, pasón. Pero de todos esos tecnicismos —que convierten cualquier conversación sobre la marihuana en un poema del neobarroco cubano—, el que más me ha gustado desde siempre es “la eriza”.

Comencé a fumar marihuana en 1996, a mis tiernos 12 años, y últimamente tengo la sensación de que estoy descontinuado en cuanto al léxico de las contraculturas juveniles (digo “albricias” y “guateque” con frecuencia, por ejemplo), así que no sé si todavía se usa “erizo” para el síndrome de abstinencia —que en el caso de la marihuana es más bien un anhelo del sutil bálsamo que puede ser fumarla—. Me imagino que se sigue usando, pues el lenguaje tiende a preservar aciertos como este. De no ser así, exhorto a las novísimas generaciones a que lo revivan de inmediato. No he padecido mucho la eriza, debo decir, porque en general tengo una personalidad poco propensa a las adicciones. Si acaso, la única droga con la que he sentido un atisbo del alcance de la eriza es el Alprazolam, invento de ese diablo moderno que es la industria farmacéutica.

III
Desconozco de dónde habrá salido lo de erizo. Reflexionando sobre el asunto —bajo el efecto de la marihuana, que conduce mis asociaciones libres por caminos de una gratuidad rayana en el disparate—, se me ocurrió que sería simpático que el término tuviera algo que ver con el Dilema del Erizo, parábola de Arthur Schopenhauer. El filósofo alemán lo expone en Parerga y Paralipómena (1851): Un grupo de puercoespines se apiñaba en un frío día de invierno para evitar congelarse calentándose mutuamente. Sin embargo, pronto comenzaron a sentir unos las púas de otros, lo cual les hizo volver a alejarse. Cuando la necesidad de calentarse les llevó a acercarse otra vez, se repitió aquel segundo mal; de modo que anduvieron de acá para allá entre ambos sufrimientos hasta que encontraron una distancia mediana en la que pudieran resistir mejor.—Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros. La distancia intermedia que al final encuentran y en la cual es posible que se mantengan juntos es la cortesía y las buenas costumbres.

En Inglaterra a quien no se mantiene a esa distancia se le grita: keep your distance!—Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas.—No obstante, el que posea mucho calor interior propio hará mejor en mantenerse lejos de la sociedad para no causar ni sufrir ninguna molestia.

Los erizos buscan el calor del prójimo, pero algo en su propia naturaleza los obliga a separarse un poco. De igual manera, el que anda erizo extraña el confort de la leve droga, bajo cuyo efecto la realidad parece más amable, más interesante o sencillamente soportable. Como los pinchos de los erizos de Schopenhauer, los del erizo de marihuana se alejan un poco de la sociedad y sus expectativas. ¡Cuántas veces no tuve que soportar una interminable junta de oficina mientras lo único que deseaba era recluirme en un cuarto pequeño a fumar mota y escuchar krautrock! Estar erizo es cansarse de la cortesía y las buenas costumbres de Inglaterra, preferir la soledad ociosa del mariguano al pegajoso calor de los iguales.

IV                                                                                                                
Idealmente, para acabar con la eriza se debe fumar en soledad, a oscuras. Que el ruido provocado por los engranajes del mundo no se filtre en la pieza donde, escondido, el fumador busca atemperar su angustia. Porque estar erizo no es sino escalar el Everest de la angustia y sentir que el oxígeno empieza a faltarnos. Pero para matar a la eriza las circunstancias deben de ser propicias, y no siempre lo son. Nada más desesperante que el tránsito por el que pasa quien desea fumar y no tiene manera de hacerlo. Los más diversos inventos se han propuesto para vencer tal obstáculo: fumar en manzanas perforadas, fabricar bongs con botellas, improvisar una pipa con materiales de tlapalería. El erizo es tenaz y deberíamos aprender de su espíritu innovador.

En una ocasión, a falta de todo instrumento para fumar eché mano de un hueso (quiero creer que no humano) encontrado en el bosque. Estaba hueco (como las púas del erizo, por cierto) y pensé que sería fácil convertirlo en pipa. Lo lavé a conciencia y lo raspé con una navaja hasta que tomó la apariencia de una herramienta fabricada por los primeros homínidos. Mi idea era paliar un poco lo antihigiénico que probablemente era, en cualquier caso, chupar restos óseos de origen incierto. Pese a todo, al succionarla, la pipa desprendía un desagradable olor a tuétano.

V
Los erizos, cuando detectan un nuevo olor, olfatean nerviosamente y luego muerden la fuente de la emanación. Con la lengua se untan la saliva impregnada del novedoso aroma en las púas (tienen una lengua muy larga). A este extraño proceder, que los zoólogos explican pobremente, se le llama ungimiento. El que está erizo también busca ungirse. Es decir, prepararse ritualmente para entrar en lo sagrado. Los caminos de esa preparación a menudo revelan —vía la desesperación, la lucha contra la angustia— el proverbial ingenio del erizo.


Daniel Saldaña París. Poeta, ensayista y novelista, autor del libro En medio de extrañas víctimas.


Articulo: http://www.elboomeran.com 16∕06∕2016

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