mercredi 6 juillet 2016

Francisco FUSTER∕ La vida en prosa

La vida en prosa
Por Francisco FUSTER

El historiador Francisco Fuster reconstruye las circunstancias económicas, sentimentales y físicas en las que Rubén Darío dictó el texto La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (FCE, Madrid, 2015). Pese a las premuras de su publicación —observa Fuster—, el texto es una muestra más de la honda sensibilidad poética de Darío, quien deja que la narración sea dictada por los latidos de su corazón, según los momentos decisivos de su existencia. Somos lo que recordamos.

Como hombre, he vivido en lo cotidiano; como poeta, no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a la eternidad. Rubén Darío, El canto errante (1907) El 14 de octubre de 1912 el semanario argentino Caras y Caretas anunciaba de forma discreta —apenas dos líneas en la parte inferior de la página 122— la aparición en su próximo número de las memorias de Rubén Darío (1867-1916), redactadas expresamente por el escritor nicaragüense para esta publicación porteña. Lo que no se decía en ese reclamo editorial es que era la delicada situación económica por la que atravesaba el autor de Azul… lo que le había forzado a aceptar el encargo y a improvisar, propane lucrando, un texto que, en otras circunstancias, quizá nunca se hubiese planteado escribir. Y es que, aunque jamás destacó por una especial habilidad para el manejo racional de su economía, sometida a los altibajos cíclicos e inevitables de quien vivía más de sus colaboraciones periodísticas y de los eventuales cargos diplomáticos que pudo ocupar que de sus poemas, lo que se dio por esos años fue la fatal coincidencia en el tiempo de dos coyunturas independientes que, sin embargo, coadyuvaron en similar proporción a desencadenar aquel estado de necesidad perentoria.

Por un lado, el fracaso del proyecto Mundial Magazine, una revista de literatura publicada en París entre 1911 y 1914, y patrocinada por los banqueros uruguayos Alfredo y Armando Guido, cuya dirección había asumido Darío con el legítimo —pero inviable— propósito de captar al público hispanoamericano con un formato lujoso, de muy bella factura material, y una nómina de colaboradores realmente imponente. Pese a que, al principio, la idea pareció funcionar, la realidad es que la aventura terminó en desastre, tras una gira de promoción por el continente americano en la que los hermanos Guido trataron de explotar el nombre de un Rubén Darío que, víctima de una cirrosis galopante que le iba consumiendo, decidió acabar con aquel supuesto negocio que no llegó a ser tal. El otro factor desencadenante fue la pérdida de los ingresos procedentes de su cargo como embajador de Nicaragua en España, suprimido por el gobierno de su país cuando, a raíz de la llamada “Revolución de la Costa Atlántica” y la posterior intervención de los Estados Unidos, asumió la presidencia del gobierno el coronel José Dolores Estrada. Si a todo esto añadimos los gastos derivados de la manutención del hijo que tenía con  Francisca Sánchez y la pensión que debía pasar a su todavía esposa legal, Rosario Murillo, el resultado de la ecuación no podía ser otro que la obligación de aceptar cualquier ofrecimiento que contribuyera a aliviar esa precariedad de medios.

Y la mejor ocasión para ello se le presentó cuando el director de Caras y Caretas, Fernando Álvarez, le propuso que escribiera su autobiografía para ir publicándola por partes, dividida en breves capítulos de fácil y amena lectura. Con el objetivo de a buen puerto la empresa, y “para no dejar la ejecución de la obra a merced de su inconstante voluntad, le envía un amanuense, para que se la dicte. Sin hacer ningún bosquejo, sin ninguna retrospección detenida y puntualizada de los infinitos incidentes de su dramática existencia, dicta”.1 La vida de Rubén Darío escrita por él mismo se publicó en diez entregas sucesivas que cubren desde el número 729, aparecido el sábado 21 de septiembre de 1912, hasta el 739, correspondiente al 30 de noviembre de ese mismo año. Tres años después la barcelonesa Casa Editorial Maucci imprimió la primera edición de la obra en formato de libro, reproduciendo el texto aparecido en la revista (Darío no se molestó siquiera en subsanar los errores en las fechas por él mismo advertidos), con el único añadido de un capítulo final, “Posdata, en España”, incorporado desde ese momento a la versión definitiva, que, pocos años después y con el título más sintético de Autobiografía, ingresó en el canon dariano como parte del volumen XV (1920) de sus Obras completas, publicadas en Madrid por la Editorial Mundo Latino.

Desde el punto de vista formal, lo primero que llama la atención de esta autobiografía es su presentación en sesenta y seis capítulos de contenido y extensión desigual, que, si bien es cierto que intentan seguir un hilo temporal más o menos lógico, carecen en absoluto del orden y la precisión deseables en un texto memorialístico, por mínimas que sean sus pretensiones. Las razones de este desdén del autor por el rigor narrativo pueden ser múltiples, pero todas apuntan a una misma. A mi juicio, Darío se tomó el compromiso de escribir sobre su vida como lo que era: un trámite con fines puramente crematísticos que había que cumplir con decoro, pero sin invertir más tiempo del justo y necesario para cubrir el expediente. Y, experto como era en este tipo de lides (no hay que olvidar que a estas alturas ya había publicado centenares y centenares de crónicas escritas ex profeso y previo encargo para multitud de periódicos y revistas), acometió la empresa con el propósito de salir del paso con un relato resumido de los hechos. Una narración tentativa y atropellada que, por lo que él mismo expresa en varios capítulos, tiene toda la pinta de ser un esbozo: una primera versión pendiente de ser corregida y aumentada en unas memorias más extensas, que, como es sabido, jamás llegó a escribir.

Aunque el pasaje de las memorias de Benvenuto Cellini que emplea como exergo nos podría inducir a pensar que estamos ante los recuerdos de un hombre que ha pasado la barrera de los cuarenta años y se dispone a recapitular los hechos más destacados de su vida, ya en las primeras líneas del texto Darío recurre a la captatio benevolentiae y nos advierte sobre sus intenciones, al reconocer que las suyas no son unas memorias al uso, sino unos “apuntamientos que más tarde han de desenvolverse mayor y más detalladamente”. Este carácter circunstancial del relato, resumido en esa palabra —“apuntamientos”— que define perfectamente la naturaleza de su autobiografía, queda confirmado cuando, al inicio del capítulo XVII, el autor insiste en que es plenamente consciente de la inexactitud de muchos de los datos que ofrece; algo que él justifica apelando a la dificultad de rememorar los hechos sin ningún tipo de soporte documental y con la sola ayuda de una memoria frágil: “Al llegar a es te punto de mis recuerdos, advierto que bien puedo equivocarme, de cuando en cuando, en asuntos de fecha, y anteponer, o posponer, la prosecución de sucesos. No importa. Quizás ponga algo que aconteció después en momentos que no le corresponden y viceversa. Es fácil, puesto que no cuento con más guía que el esfuerzo de mi memoria”.

En este desfile ininterrumpido de nombres y lugares en el que se convierte por momentos el texto, no resulta nada difícil perder la noción del tiempo, pues, como ha señalado con acierto Antonio Piedra, no deja de ser curioso que en una autobiografía “salpicada de hechos, personajes y datos históricos —no olvidemos la condición pública de Rubén como embajador y periodista— apenas existen fechas: unas siete en concreto”.2 No obstante, lo que podría ser un aparente defecto del texto, imperdonable para el lector más exigente con el respeto a las coordenadas espacio-temporales, acaba dotándolo —a mi modo de ver, al menos— de ese plus de originalidad que le confiere un estilo propio. Porque dicho “fracaso de la fecha”, como lo llama Piedra, obedecería según este autor a la elección deliberada de un Darío que antepone “el valor del tiempo poético” a la disciplina del orden cronológico estricto. En la misma línea, y al decir de Eduardo Muslip, es esta forma heterodoxa de redactar la autobiografía lo que, paradójicamente, confiere uno de sus mayores atractivos a un texto que parece dictado desde el corazón y sin apenas mediación de ningún tipo: “como relata sólo en función de la emotividad asociada con los recuerdos mismos, en cada anécdota recordada podemos percibir el compromiso de Darío con lo que nos cuenta”.3 El único filtro que pone el escritor es el de su prudencia y discreción a la hora de tratar asuntos —en los que no entra— que podrían afectar a terceras personas y, en segundo lugar, el propio pudor de un Darío que opta por pasar de puntillas sobre ciertos episodios de su biografía personal (la escasa relación que tuvo con sus padres biológicos) o sentimental que son omitidos, quizá para no alimentar con nuevos detalles la morbosidad del lector más interesado en los vicios privados del poeta que en sus virtudes públicas.

Con respecto al tema de las relaciones amorosas, resulta muy llamativo el hecho de que en el relato no aparezca el nombre propio de ninguna de las mujeres de Rubén Darío: ni el de sus dos esposas “legales”, la costarricense Rafaela Contreras y la nicaragüense Rosario Murillo; ni el de la española Francisca Sánchez del Pozo, con quien no contrajo matrimonio, pero con la que sí convivió en distintas temporadas e incluso llegó a tener descendencia. Las tres se convierten aquí en figuras borrosas, soslayadas por un narrador que, por unos motivos o por otros, prefiere no entrar en pormenores. Así sucede, por ejemplo, en el capítulo XXX, cuando, llegado el momento de abordar su matrimonio civil con Rosario Murillo, con traído el 8 de marzo de 1893 en circunstancias cuanto menos peculiares (por lo visto, Darío fue víctima de una encerrona maquinada por su futuro cuñado Andrés, quien preparó una cita y le emborrachó para “facilitar” el enlace), nuestro autor se impone un silencio caballeroso y se limita a reseñar lo que recuerda como un error fatal cuyas consecuencias tuvo que sufrir durante toda su vida: Llegué a Managua y me instalé en un hotel de la ciudad. Me rodearon viejos amigos; se me ofreció que se me pagaría pronto mis sueldos, mas es el caso que tuve que esperar bastantes días, tantos, que en ellos ocurrió el caso más novelesco y fatal de mí vida, pero al cual no puedo referirme en estas memorias por muy poderosos motivos. Es una página dolorosa de violencia y engaño, que ha impedido la formación de un hogar por más de veinte años; pero vive aún quien como yo ha sufrido las consecuencias de un familiar paso irreflexivo, y no quiero aumentar con la menor referencia una larga pena. El diplomático y escritor mejicano Federico Gamboa, tan conocido en Buenos Aires, tiene escrita desde hace muchos años esa página romántica y amarga, y la conserva inédita, porque yo no quise que la publicase en uno de sus libros de recuerdos. Es precisa, pues, aquí esta laguna en la narración de mi vida.

Esta incapacidad de la obra de iluminar determinadas zonas oscuras de la vida interior del poeta es lo que ha llevado a parte de la crítica a rebajar la importancia del texto, no tanto desde la perspectiva de su calidad literaria o de su valor documental, sino en lo que atañe a la relativa novedad de su carga autobiográfica. En este sentido, Anna Caballé opina de esta autobiografía que redunda en lo que ya conocíamos de la vida del poeta porque, cuando se publicó en 1912, vino a “llover sobre mojado” y a confirmar que, en el caso de Darío, a cuya obra poética atribuye esta autora un mayor y más rico contenido autobiográfico, “la implicación autobiográfica no depende de la prosa, y mucho menos impide el verso”.4 Por su parte, y refiriéndose no ya a la validez del texto dariano, sino a la dificultad que entraña la tarea de sintetizar y aprehender la biografía de su autor, Julio Ortega ha escrito que la vida de Rubén Darío es tan difícil de explicar que toda ella “está puntualmente desmentida por cada una de sus biografías”.5

Sea como fuere, lo que sí parece claro es que, en el confuso universo de una obra tan compleja e impregnada de autobiografismo como la del nicaragüense ,6 La vida de Rubén Darío escrita por él mismo posee el innegable mérito de contribuir a la creación de eso que Philippe Lejeune ha llamado “espacio autobiográfi co”, pues, como ha argumentado Muslip, “los textos autobiográficos de Darío invitan a percibir como tales a los literarios; esto es, vuelven autobiográfico el resto de su producción, al anclar los referentes de sus poesías a su propia vida”.7 En efecto, y como podrá comprobar el lector en varios capítulos del texto, el autor de Prosas profanas nos cuenta su vida y nos glosa —como hará después en Historia de mis libros8— su obra, tal vez porque, en su caso particular, la una no se entiende sin la otra. Por lo que se deduce de la biografía que le dedicó Blas Matamoro, la existencia de la persona nacida el 28 de enero de 1867 en Metapa como Félix Rubén García Sarmiento parece ser la de un individuo huérfano del cariño paterno que pasó la totalidad de su existencia buscando su propia identidad, en un intento “vano y productivo, de poner orden en tan to barullo”.9 La vida del personaje bautizado a sí mismo como Rubén Darío, en cambio, se identifica más con la de ese artista hipersensible gobernado por una “sed de ilusiones infinita” que marcó para bien y para mal su destino. La vida de Rubén Darío escrita por él mismo es esa llave maestra que nos permite comprender, si tal cosa es posible, cómo se las arreglaron —y les garantizo que no fue nada fácil— durante cuarenta y nueve años los dos Daríos: la persona y el personaje; el hombre que vivió siempre en lo cotidiano y el poeta que nunca renunció a la eternidad.


1_ Edelberto Torres, La dramática vida de Rubén Darío, Barcelona/México Grijalbo, 1966, p. 461 [cuarta edición ampliada y corregida].
2_ Antonio Piedra, “Introducción”, en: Rubén Darío, Autobiografía/Oro de Mallorca, Madrid, Mondadori, 1990, p. XV.
3_ Eduardo Muslip, “La autobiografía dariana: un análisis de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo”, en: Crítica Hispánica, vol. XXVII, núm. 2, 2005, p. 37.
4_ Anna Caballé, “Formas de la autobiografía en Rubén Darío”, en: Scriptura, núms. 6-7, 1991, p. 121.
5_ Julio Ortega, Rubén Darío, Barcelona, Omega, 2003, p. 9.
6_ E n su Historia de mis libros (1916), nuestro autor dice lo siguiente sobre
el carácter autobiográfi co de su obra: “Y el mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad, el de haber puesto ‘mi corazón al desnudo’, el de haber abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más íntimas ideas y de mis caros sueños”, vid. Rubén Darío, Historia de mis libros, Managua, Nueva Nicaragua, 1988, p. 102.
7_ Eduardo Muslip, op. cit., p. 34.
8_ Historia de mis libros es el título de una obra póstuma de Rubén Darío que reúne una serie de artículos publicados originalmente en el periódico La Nación de Buenos Aires los días 1, 6 y 18 de julio de 1913, en los que el autor analizaba el signifi cado de tres de sus obras más conocidas: Azul… (1888), Prosas profanas y otros poemas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905). Apareció publicada por primera vez, con este título, como introducción a una antología poética de Darío editada en Madrid, en 1916, por M. García y G. Sáez Editores.
9_ Blas Matamoro, Rubén Darío, Madrid, Espasa Calpe, 2003, p. 25.


Articulo: http://www.elboomeran.com 31∕05∕2016

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