mercredi 6 juillet 2016

Hinde POMERANIEC∕Didier ERIBON: “El psicoanálisis despolitiza la realidad”

Conversación con Didier ERIBON
“El psicoanálisis despolitiza la realidad”
Por Hinde POMERANIEC   GDA/LA NACIÓN

Es un placer conversar con este hombre; es un placer escucharlo, en realidad. Ensayista y filósofo francés reconocido en el mundo intelectual, prestigioso docente y periodista, autor de libros clave sobre Michel  Foucault y sobre la cuestión gay, Didier Eribon habla en una mañana soleada. Reflexiona sobre su historia familiar en voz alta: sigue preguntándose qué pasó en ese hogar pobre del norte de Francia, a 150 kilómetros de París, y cómo fue que eligió huir de ese entorno que cada día se hacía más opresivo. Su mirada va y viene en el relato, parece, por momentos, esconderse. Elige, de pronto, usar palabras en español: es un gesto de su parte; una sobria gentileza que llega envuelta de timidez y simpatía.
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Hay un punto central en su libro Regreso a Reims que tiene que ver con la vergüenza. Usted señala que debió escapar para poder salir del “closet sexual”, pero que luego, una vez que lo consiguió, apareció el “closet social”, una nueva vergüenza vinculada al entorno de sus orígenes.
En el ambiente en el que viví mientras era chico y adolescente –diría que en la sociedad francesa en general– la homosexualidad no era aceptada. Cuando yo descubrí que era gay, llegó también para mí la obligación del silencio y del secreto. Poco a poco ese silencio se me hizo difícil de aceptar y me vi casi en la obligación de escapar de ese entorno. Quise convertirme en un joven intelectual y entonces me encontré de pronto en otra clase social, en otro medio, con la burguesía cultural, con hijos de universitarios y artistas. Una vez que pasé la frontera y llegué a ese medio social en donde pude dejar de tener vergüenza por mi homosexualidad, comencé a sentir vergüenza de mi origen social, de tener un padre obrero, una madre que no sabía leer. Escuchar música, ir a la ópera, leer libros, tener libros en las bibliotecas, ir a los museos formaba parte de ese nuevo entorno. Convertirme en otra cosa fue de alguna manera discutir mi vida anterior. De todo esto hablo en mi libro; me tuve que explicar estas cosas para luego poder entregárselas al lector. Desde entonces -el libro salió en Francia en 2009- recibo cientos de mensajes, gente que me dice: “Usted contó lo que yo viví. Su libro me permite comprender mi propia historia”.

Hablemos de otro libro: Para acabar con Eddy Bellegueule. Su autor, Edouard Louis, cuenta una historia muy similar: un muchacho gay que huye de su casa del interior de Francia para vivir su homosexualidad y para volverse un escritor.
Edouard Louis escribió un libro diferente. Lo mío no es literatura y lo suyo sí. Él reconoce que se inspiró en mi libro, lo sorprendente es que entre Edouard y yo hay casi 40 años de diferencia, pero la experiencia es casi la misma. Su entorno social era aún más desfavorable. “Eso que tú describes, al lado de lo que yo viví, parece la descripción de la burguesía”, me dijo. Edouard también debió huir, reinventarse, aprender a hablar de nuevo. Ambos tuvimos que olvidar los acentos locales, algunas palabras, volver a aprender a armar frases correctas, a comer diferente. Debimos reaprender todos los gestos, aprender la cultura en general.

El rechazo era un sentimiento constante en su familia. Usted los rechazaba, ellos lo rechazaban a usted.
Para poder vivir mi homosexualidad, rechacé a mi familia. Para mi familia me volví un misterio; era un enigma para mis padres, no comprendían. Entre nosotros se dio una diferencia de clase violenta. Cuando yo tenía unos 20 años, estaba feliz y orgulloso de acceder a la cultura, mientras mi madre estaba herida por mi actitud. Yo leía y ella trabajaba todo el día en una fábrica para que yo pudiera leer. Mi transformación la humillaba: yo hablaba diferente, leía libros, era todo lo que ella no había podido ser pese a que lo había intentado. A mi padre lo consideraba un estúpido, alguien incapaz de tener una conversación, un tipo limitado intelectualmente. Hoy comprendo que todo eso que para mí era intolerable estaba ligado a su historia personal y social: dejó la escuela a los 13 años, entró a trabajar a la fábrica enseguida y estuvo ahí siempre. No pudo acceder a la cultura. Llegó al mundo en 1929, hijo de un obrero, eran familias muy pobres que tenían doce o trece hijos. Tiempos de guerra, faltaba comida. Su locura, su agresividad permanente tenían que ver con su historia personal y con su clase social. No puedo decir que mi libro haya sido una manera de rendirle homenaje, pero sí de reponer una discusión que no pude tener con él cuando estaba vivo. No lo amaba, no lo amo tampoco ahora, no puedo obligarme a hacerlo. Pero puedo, sí, hacer el esfuerzo por comprenderlo y, al menos, comprender por qué no lo amé.

¿No hay ni una sola escena tierna con él que recuerde?
Él era incapaz de algo tierno. No digo que no lo sintiera, pero no podía expresar ni amor ni ternura. Sí hay algo que fue capaz de hacer y que mi madre me contó una vez por teléfono. Yo acababa de publicar mi libro Reflexiones sobre la cuestión gay y me estaban entrevistando en la televisión. Ella me contó que cuando él me vio por TV lloró. Aunque era tremendamente homofóbico, lloró incluso sabiendo que mi libro era un libro sobre teoría de la homosexualidad. Estaba conmovido por ver a su hijo en la televisión. Ese hombre detestable que no expresaba nada de amor ni ternura ese día se expresó y se manifestó ante mi madre emocionado y llorando.

En su libro discute en profundidad con el psicoanálisis. ¿Nunca le interesó esa mirada?
Mi libro es una tentativa de construir una teoría no psicoanalítica de la relación entre un hijo y sus padres; quiero demostrar que el concepto del psicoanálisis despolitiza la realidad. Cuando yo era estudiante, el psicoanálisis se ocupaba de la homosexualidad como de una patología, siempre me sentí agredido por esa violencia discursiva y teórica y por eso muy temprano rechacé ese discurso. Cuando empecé a escribir este libro, decidí transformar ese rechazo casi espontáneo y epidérmico en un rechazo discursivo y teórico. Yo prefiero pensar en las categorías sociales mientras el psicoanálisis desconoce esas categorías y aplica la misma fórmula, el triángulo edípico, a todos por igual. Entre mi padre, que abandonó la escuela a los 13 años, y yo, que accedí a la cultura, existía una diferencia que fue un gran problema entre nosotros. La relación entre su historia y la mía tiene esos matices sociales y políticos que son importantes.

Tiene muchas cuentas pendientes, pero mientras que con su padre no se habló por años y ni siquiera asistió a su funeral, con su madre sí tiene relación.
Ahora sí. Tengo relación a partir de la muerte de mi padre. Voy a hacerle una confesión: creo que el motivo por el cual volví a hablar con mi madre y hablé tanto con ella es justamente porque quería escribir este libro.

¿Ella lo leyó? ¿Cuál fue su reacción? Usted cuenta cosas terribles de su abuela materna, que fue tratada con violencia por haber tenido una relación amorosa con un alemán?
Sí, lo leyó. Se enojó mucho, lo leyó en términos personales. “¿Por qué contaste que yo aborté? ¿Qué van a pensar de mí los vecinos?”, me dijo. “Los vecinos, no sé, pero las vecinas seguramente van a decir: ‘Ah, ella también abortó. Igual que yo’, le respondí. No lo entendió. Tampoco entendió lo de mi abuela. Sin embargo, todo me lo contó ella: en un café, ella me iba contando y yo tomaba nota. Uno de mis hermanos más chicos reaccionó con violencia, con cólera. Me escribió un mensaje muy duro donde me decía: “Tú te crees superior a nosotros”. Y la verdad es que yo no me creo superior a ellos. Sé cómo ocurren las cosas. Los chicos de las clases bajas son sistemáticamente eliminados de la escuela cuando tienen alrededor de 13 años, en cambio los hijos de la burguesía continúan. Ellos fueron eliminados, yo seguí.

El concepto de meritocracia es clave dentro del capitalismo y puntualmente en la educación. Usted es muy crítico con esto.
En Francia, la meritocracia es una ideología que tapa la realidad social del sistema escolar, un sistema reservado para los hijos de la burguesía en donde casi no reciben a hijos de clases populares. Es terrible, porque les hacen creer a los excluidos que su salida del sistema es una cuestión de méritos, es decir, una responsabilidad personal, cuando todo está preparado para que las mejores escuelas y universidades sean para los hijos de la burguesía. Y esto es peor hoy que hace 50 años, antes al menos llegaban algunos, había posibilidad de movilidad social. El sistema escolar es la máquina de eliminar; es una operación de gran violencia social que se enmascara a través de la idea del mérito personal. Y éste es uno de los puntos por los que detesto el libro de Piketty (El capital en el siglo XXI). Él dijo que no está en contra de todas las inequidades, sino de aquellas que tienen que ver con cuestiones financieras, pero en cambio respeta las inequidades sociales basadas en razones de mérito y trabajo personal. Mi madre fue mucama, para ella no había ni hay ninguna inequidad justa fundada en la meritocracia. La de Piketty es una ideología que está en contra de la idea misma de clases y determinismos sociales; no puede ser leído como un libro de izquierda. Usar mil páginas de un libro para decir que todo se resuelve con ponerle un impuesto al capital financiero, no era necesario. Con un artículo en un diario era suficiente.

El año pasado la Corte Suprema de EE.UU. declaró constitucional el matrimonio igualitario. ¿Cree que esto puede tener influencia fuera de aquel país?
Creo que es una decisión histórica y es importante por la imagen de país que ofrece. Para el resto del mundo esto ocurrió justamente en un país que no es particularmente progresista y que así y todo declara que los derechos de los gays deben ser protegidos por la Constitución. Sé que para muchos países eso va a ser tomado como un modelo mientras para otros va a ser algo así como: “Ah, mirá, ahora el imperialismo legaliza el matrimonio gay”. Como sea, se trata de una decisión magnífica. Ahora bien, el derecho constitucional es muy importante, pero incluso en países como Francia o Argentina, que ya cuentan con matrimonio igualitario, si yo salgo a la calle me van a seguir diciendo lo mismo. No creo que la homosexualidad vaya a volverse “normal” para aquellos que hoy lo viven como anormal.