mercredi 6 juillet 2016

Ivan SERGUEIEVICH TURGENIEV∕¿Es usted un Hamlet o un Quijote?

¿Es usted un Hamlet o un Quijote?
Por Ivan SERGUEIEVICH TURGENIEV

Polos opuestos de la naturaleza humana. Uno, la cordura llevada al extremo de la inacción. Otro, el impulso que encamina por puentes inexistentes. En este ensayo, bien envejecido tras siglo y medio, Turgueniev representó como nadie el contraste entre los dos personajes insignes de Shakespeare y Cervantes, revelando la divinidad y puerilidad que albergan en su carácter.

Muy señores míos:

La primera edición de Hamlet, la tragedia de William Shakespeare, y la primera parte del Quijote de Miguel de Cervantes vieron la luz el mismo año, a comienzos del siglo XIII.

Esta coincidencia resulta significativa; la cercanía de las dos obras mencionadas nos suscita toda clase de pensamientos. Pedimos per­miso para compartirlos y solicitamos de ante­mano su indulgencia. “Aquel que quiera comprender a un poeta debe entrar en sus dominios”, dijo Goethe. El prosista no tiene derecho a semejante exigencia, pero puede albergar la esperanza de que sus lectores –u oyentes– le acompañen en sus peregrinaciones, en sus búsquedas.

Algunas de estas opiniones tal vez les parezcan sorprendentes, señores míos, por su excepcional carácter; pero la preeminencia de las gran­des creaciones poéticas a las que la mente de sus creadores ha dotado de una vida inmortal es tal que las opiniones sobre ellas, como sobre la vida en general, pueden ser absolutamente diferentes, incluso contradictorias, y al tiempo igualmente acertadas y justas. ¡Cuánto se ha escrito ya sobre Hamlet y cuánto falta aún por escribirse! ¡A qué particulares conclusiones nos conduce el estudio de este modelo en verdad inagotable! Don Quijote, por el carácter mismo de sus problemas, por la claridad realmente única de la narración, que podría considerarse iluminada por un sol meridional, ofrece menos posibilidades de interpretación. Nosotros, desgraciadamente, no contamos con una buena traducción del Quijote al ruso; casi todos conservamos un recuerdo bastante inexacto del libro; en don Quijote a menudo vemos solo un bufón; de hecho, la palabra “quijotismo” equivale en nuestra lengua a despropósito, mientras que en ese concepto deberíamos reconocer el valioso principio del autosacrificio, capta­do en una versión cómica. Una buena traducción del Quijote sería muy bien recibida por el público, y un reconocimiento general espera al escritor que nos ofrezca esa obra única en toda su belleza. Pero volvamos al tema que nos convoca.

Hemos dicho que la simultánea aparición de estas dos obras nos parece significativa. Creemos que en esos modelos se encarnan dos rasgos fundamentales y opuestos de la naturaleza humana: son los dos polos del eje sobre el que esta gira. Opinamos que todas las personas pertenecen, en mayor o menor medida, a uno de esos modelos; que casi todos somos cercanos a don Quijote o a Hamlet. Es cierto que en nuestra época son muchos más los Hamlets que los Quijotes, pero estos últimos no han desaparecido todavía.
Tratemos de explicarlo.

Todas las personas viven –de manera consciente o inconsciente– de acuerdo con sus principios, ideales, etc., de acuerdo con aquello que consideran verdadero, hermoso o bueno. Muchos reciben esos ideales totalmente definidos, en formas determinadas, establecidas históricamente, y vi­ven ajustando su vida a ese ideal; a veces se apartan de él bajo la influencia de las pasiones o de las circunstancias, pero no lo juzgan, no lo ponen en duda; otros, por el contrario, lo someten al análisis de sus pensamientos. En cualquier caso, no nos equivocaremos si afirmamos que el ideal, el fundamento, el fin de la existencia de todos los hombres, se encuentra o bien fuera de ellos o bien en ellos mismos. Dicho de otra manera: o está en el propio yo, o en alguna otra cosa que consideramos superior. Alguien podría argumentar que la realidad no da lugar a delimitaciones tan estrictas y que en una misma persona pueden alternar las dos actitudes, incluso mezclarse hasta cierto punto; pero nosotros no pretendemos demostrar la imposibilidad de cambios y contradicciones en la naturaleza humana, solo queremos señalar dos actitudes diferentes del hombre hacia su ideal. A continuación, trataremos de demostrar de qué modo, en nuestra opinión, esas dos actitudes diferentes se encarnan en los modelos elegidos.

Comencemos por el Quijote

¿Qué representa don Quijote? No debemos contemplarlo con esa mi­rada apresurada que solo se detiene en los rasgos superficiales y menudos. No debemos ver en don Quijote solamente al Caballero de la Triste Figura, un personaje creado para poner en ridículo las viejas novelas de caballería. Es bien sabido que la importancia del personaje crece bajo la mano de su inmortal creador y que el don Quijote de la segunda parte, el amable interlocutor de duques y duquesas, el sabio mentor de su escudero-gobernador, no es el mismo que aparece en la primera parte de la novela, especialmente en el comienzo, ni el extraño y ridículo loco que no para de recibir golpes; por tanto, tratemos de penetrar en la esencia de la obra. Repitámoslo de nuevo: ¿qué representa don Quijote? Ante todo, la fe. La fe en algo eterno, inmutable. En una palabra: en la ver­dad que se encuentra fuera del individuo, pero que es posible alcanzar; que exige un servicio y sacrificios, pero a la que se accede gracias a la constancia en ese servicio y a la fuerza de esos sacrificios. Don Quijote está insuflado plenamente por la lealtad a un ideal por el cual está dispuesto a padecer todas las privaciones, a sacrificar su vida; de hecho, solo valora su propia vida en cuanto esta le permite encarnar ese ideal e instaurar la verdad y la justicia en el mundo. Se nos dirá que su imaginación trastor­nada extrae ese ideal del mundo fantástico de las novelas de caballería –y justo en ello radica el aspecto cómico de don Quijote–, pero la pureza del ideal permanece intacta. Don Quijote consideraría ver­gonzoso vivir para sí mismo, preocuparse por sí mismo. Vive (si se puede expresar de esa forma) fuera de sí mismo, para los otros, para sus hermanos, para extirpar el mal, para enfrentarse a las fuerzas enemigas de la humanidad –a los magos y a los gigantes, es decir, a los opresores–. En él no hay rastro alguno de egoísmo, se sacrifica por entero –¡aprecien el valor de esa palabra!–, cree firmemente y marcha sin volver la vista atrás. Por eso es intrépido, paciente y se contenta con una comida frugal, con las ropas más pobres: no se preocupa de esas cosas. Su corazón es humilde; su alma, grande y audaz. Su conmovedora devo­ción no restringe su libertad. Ajeno a la soberbia, no alberga dudas sobre sí, sobre su vocación, ni siquiera sobre sus fuerzas físicas. Su voluntad es inquebrantable. Su constante aspiración a un mismo ideal otorga a sus pensamientos cierta uniformidad, cierta exclusividad a su espíritu. Sabe pocas cosas, pero no necesita saber mucho. Conoce su misión, para qué está en el mundo, y ese es el conocimiento más importante. Don Quijote puede aparecer como un verdadero loco, porque incluso la realidad más evidente escapa a su mirada, se derrite como la cera bajo el fuego de su emoción (confunde muñecos de made­ra con moros de carne y hueso, rebaños de corderos con caballeros andantes); otras veces, por el contrario, parece un hombre limitado, porque se muestra reacio a la compasión y al placer; no obstante, al igual que un árbol añoso, ha echado profundas raíces en el suelo y no está en condicio­nes de cambiar sus convicciones ni de pasar de una tarea a otra; la fortaleza de su estructura moral (fíjense en que este loco caballero andante es la criatura más profundamente moral que existe en el mundo) dota de una grandeza, de una fuerza especial, a todos sus juicios y palabras, a toda su fi­gura, a pesar de las situaciones cómicas y humillantes en las que cons­tantemente se ve involucrado... Don Quijote es un entusiasta, un servidor de una idea, que le ilumina con su fulgor.

II 
Veamos qué representa Hamlet

Ante todo, el análisis y el egoísmo y, por tanto, la incredulidad. Vive solo para sí, es un egoísta; pero este egoísta ni siquiera puede creer en sí mismo; solo se puede creer en lo que está fuera de nosotros, por encima de nosotros. No obstante, ese yo en el que no cree le resulta muy caro a Hamlet. Es su punto de partida, al que regresa continuamente, ya que no encuentra nada en este mundo a lo que poder ligarse con toda su alma. Es un escéptico al que solo preocupa e interesa su propia persona; en todo momento piensa no en sus deberes, sino en su situación. Al dudar de todo, Hamlet no se compadece de sí mismo; su espíritu está demasiado desarrollado como para contentarse con lo que hay en su propia persona.

Es consciente de su debilidad, pero en toda conciencia de sí mismo hay fuerza; de ahí proviene su ironía, contraria al entusiasmo de don Quijote. Hamlet se flagela con emoción, de manera exagerada, se analiza a sí mismo sin descanso, bucea incesantemente en sus meandros, conoce en detalle cada uno de sus defectos, los desprecia, se desprecia a sí mismo; y al mismo tiempo, puede decirse, vive, se alimenta de ese desprecio. No cree en él y, sin embargo, es vanidoso. No sabe lo que quiere ni para qué vive y, a pesar de ello, siente apego por la vida... “¡Oh Dios, oh Dios! –exclama en la segunda escena del primer acto–, ¡si el Eterno no hubiera dictado su ley contra el suicidio...! ¡Qué fatigosas, rancias e inútiles me parecen todas las costumbres de este mundo!”. Pero no sacrificará esa fatigo­sa y rancia existencia; sueña con el suicidio hasta la aparición de la sombra de su padre, hasta que recibe la terrible misión que aniquilará definitivamente su ya quebrantada voluntad; pero no se mata. Su amor por la vida se expresa incluso en esos sueños de acabar con ella. Todos los jóvenes de dieciocho años conocen ese sentimiento. Como afirma un verso de “No te creas a ti mismo” (1839), el poema de Mijail Lermontov: “Es la sangre que hierve, son las fuerzas que se desbordan”.

Pero no debemos ser muy severos con Hamlet, pues en verdad sufre, y sus sufrimientos son más dolorosos y profundos que los de don Quijote. A este le golpean los rudos pastores, los criminales a los que libera; Hamlet se causa heridas, se desgarra a sí mismo; en sus manos también hay una espada: la espada de doble filo de la reflexión.

Don Quijote, hay que reconocerlo, es totalmente risible. Tal vez sea la figura más cómica que haya trazado la mano de un poeta. Su nombre se ha convertido en un apodo ridículo incluso entre los campesi­nos rusos. Nuestra experiencia puede convencernos de ello. En cuanto pensamos en él, surge en nuestra imaginación un hombre enjuto, anguloso, de nariz aguileña, embutido en una armadura caricaturesca y montado sobre los lomos escuálidos de su lamentable cabalgadura, el pobre, apaleado y siempre hambriento Rocinante, una figura que no deja de resultar cómica y conmovedora a partes iguales. Don Quijote es risible..., pero en la risa hay una fuerza conciliadora y expiatoria; no en vano se dice: “A aquel del que te ríes acabarás sirviendo”, a lo que se puede añadir que cuando te ríes de alguien ya lo has perdonado e incluso estás en condiciones de amarlo.

El aspecto de Hamlet, por otra parte, es atractivo. Todo en él nos agrada y nos seduce: su melancolía, su palidez y su ligera pesadez (su madre advierte que está gordo), su ropa negra de terciopelo, la pluma del sombrero, sus maneras galantes, la indudable poesía de su habla, el sentimiento constante de superioridad sobre los otros, así como la delectación intensa con que se humilla. Todos se sienten halagados cuando se les llama Hamlet; en cambio, a nadie le gustaría merecer el apodo de “don Quijote”. “Hamlet Baratinski”, escribió Pushkin a su amigo. A nadie se le ocurriría burlarse de Hamlet, y en eso precisamente reside su condena: amarle es casi imposible, solo las personas como Horacio sienten cariño por Hamlet. Hablaremos de ellas más adelante. Cualquier persona siente compasión por él, lo que resulta comprensible: casi todo el mundo reconoce en él sus propios rasgos; pero, como ya hemos dicho, resulta imposible amarle, porque él mismo no ama a nadie.

Continuemos con nuestra comparación. Hamlet es el hijo de un rey asesinado por su hermano, que usurpa su trono; su padre sale de la tumba, de “las mandíbulas del infierno”, para pedirle que le vengue; él vacila, usa artimañas, se demora en su sufrimiento y al final mata a su padrastro accidentalmente. Un profundo rasgo psicológico que muchas personas inteligentes, pero poco perspicaces, han reprocha­do a Shakespeare. En cambio don Quijote, un hombre pobre, casi un indigente, sin recursos ni relaciones, viejo, solitario, asume la tarea de deshacer entuertos y defender a los oprimidos del mundo entero (que le resultan completamente extraños). Poco importa que su primer intento por liberar a un inocente de su opresor termine con una doble desgracia para aquel (nos referimos a la escena en que salva a un muchacho de los azotes de su amo, el cual, en cuanto se aleja el salvador, golpea al desdichado diez vez más fuerte). Poco importa que, pensando que se enfrenta con malvados gigantes, don Quijote se lance sobre unos molinos de viento, tan útiles... El componente cómico de estas imágenes no debe hacernos olvidar el sentido que se oculta tras ellas: quien antes de sacrificarse decidiera considerar y sopesar las consecuencias, y la posible utilidad de su acto, no sería capaz de sacrificarse. En el caso de Hamlet, no podría suceder nada parecido. Él, con su espíritu penetrante, discreto y escéptico jamás incurriría en un error tan grosero. No, él no se enfrentaría con molinos de viento, él no cree en gigantes..., pero tampoco se lanzaría contra ellos en caso de que existieran. Hamlet no llegaría a afirmar, como don Quijote, que un bacín de barbero es el auténtico yelmo del encantador Mambrino, ni lo exhibiría delante de todo el mundo. Ni siquiera en el caso de que la verdad se presentara desnuda ante sus ojos, Hamlet se decidiría a aceptar que se trata realmente de ella, de la verdad... Pues, quién sabe, del mismo modo que no existen los gigantes, también la verdad puede no existir. Nos reímos de don Quijote, pero, ¿quién de nosotros, tras examinar a conciencia sus certezas pasadas y futuras, se atrevería a afirmar que en todo momento ha sabido y sabe distinguir el ba­cín de estaño de un barbero del yelmo de oro de un encantador...? Nosotros opinamos que lo importante es la sinceridad y la fuerza de la propia convicción. El resultado está en manos del destino. Solo este puede revelarnos si hemos combatido fantasmas o enemigos de verdad, y qué armas cubren nuestras cabezas... Nuestra tarea consiste en tomarlas y combatir.

Las formas en que se relacionan las llamadas masas populares con Hamlet y don Quijote son interesantes. Polonio es el representante del pueblo ante Hamlet; Sancho Panza lo es ante don Quijote.

Polonio es un viejo juicioso, práctico y sensato, y al mismo tiempo limitado y charlatán. Es un excelente administrador y un padre ejemplar: recuerden los preceptos que da a su hijo Laertes antes de que este se marche al extranjero, enseñanzas que pueden rivalizar en sabiduría con las conocidas sentencias que el gobernador Sancho Panza dicta en su ínsula de Barataria. Para Polonio, Hamlet no es tanto un loco como un niño pequeño; de hecho, si no fuera el hijo del rey, le despreciaría por su absoluta inutilidad, por ser incapaz de llevar a la práctica de manera efectiva y juiciosa sus pensamientos. La famosa escena de la nube entre Hamlet y Polonio, esa escena en la que Hamlet se imagina que está engañando al viejo, tiene para nosotros una clara significación, que refuerza nuestra opinión... Permítanme que se las recuerde:

Polonio: Señor, la Reina quiere hablar con vos, y enseguida.
Hamlet: ¿Veis esa nube? Casi es como un camello en forma.
Polonio: Por la misa, desde luego que es como un camello.
Hamlet: Me parece que es como una comadreja.
Polonio: Tiene el lomo como una comadreja.
Hamlet: ¿O como una ballena?
Polonio: Muy parecida a una ballena.
Hamlet: Entonces iré a ver a mi madre dentro de poco.

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¿No es evidente que en esta escena Polonio es a la vez un cortesano que trata de complacer a su príncipe y un adulto que no quiere contrariar a un muchacho enfermo y caprichoso? Polonio no cree una palabra de lo que dice Hamlet, y hace bien; con la limitada presunción que le es ca­racterística, considera un capricho de Hamlet su amor por Ofelia, en lo que se equivoca; pero no se equivoca en la valoración de su carácter. Ham­let carece de valor para las masas; no les da nada, nunca podrá conducirlas porque él mismo no va a ninguna parte. ¿Cómo puedes conducir a al­guien cuando no estás seguro de que haya tierra bajo tus pies? Además, los Hamlets desprecian a la multitud. Aquel que no se respeta a sí mismo, ¿cómo puede respetar a los otros? Y en cualquier caso, ¿merece la pena ocuparse del pueblo? ¡Es tan grosero y sucio! Y Hamlet es un aristócrata, no solo por su nacimiento.

Sancho Panza nos ofrece una imagen completamente diferente. Él, por su parte, se ríe de don Quijote, sabe perfectamente que está loco, pero de­ja tres veces su aldea, su casa, a su mujer y a su hija para ir tras ese loco, le sigue a todas partes, soporta todo tipo de privaciones, le es fiel hasta la muerte, cree en él, se siente orgulloso de él y solloza, arrodillado, junto al modesto lecho de muerte de su antiguo señor. No se puede explicar esa fe por la esperanza en un beneficio, en un lucro personal. Sancho Panza tiene demasiado buen sentido como para no comprender que el escudero de un caballero andante, a excepción de golpes, poco debe esperar. Su fidelidad obedece a motivaciones más profundas y tiene sus raíces, si se me permite la expresión, en la que probablemente sea la mejor cualidad de las masas: su capacidad para experimentar una ceguera noble y buena (por desgracia, conoce también otras cegueras), su capacidad para sentir un entusiasmo desinteresado, su desprecio por el propio interés, lo que para un pobre equivale prácticamente a despreciar el pan de cada día. ¡Una gran cualidad, de importancia histórica y universal! Las masas terminan siempre por seguir, con una ilimitada fe, a aquellos individuos de los que se burlan; a los que incluso llegan a maldecir y perseguir, cuando estos, sin temer ni su persecución ni su maldición, ni siquiera su risa, siguen adelante con firmeza, con su inspirada mirada fija en un fin que solo ellos pue­den ver; buscan, caen, se levantan y finalmente encuentran... la verdad; solo aquel guiado por su corazón es capaz de encontrarla. “Les grandes pensées viennent du coeur”, dijo Vauvenargues. Los Hamlets, en cambio, no encuentran nada, no representan nada y no dejan ninguna huella tras de sí –a excepción de la de su propia personalidad–, no dejan ninguna causa. No aman y no creen. ¿Qué es lo que pueden encontrar? Incluso en química (por no hablar ya de una naturaleza orgánica), para que aparezca una tercera sustancia es necesaria la unión de otras dos; pero los Hamlets solo se ocupan de sí mismos; están solos y, por lo tanto, son seres estériles.

III 
- Nos objetarán: “¿Y Ofelia? ¿Acaso no ama a Ofelia?”

Digamos unas palabras sobre ella, y también sobre Dulcinea. Las relaciones de nuestros personajes con las mujeres son igualmente muy significativas.

Don Quijote ama a Dulcinea, una mujer imaginaria, y está dispuesto a morir por ella (recuerden sus palabras cuando, derrotado, le dice a su vencedor, que levanta ya su lanza sobre él: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida’’). Ama de manera ideal y pura; tan ideal, que ni siquiera sospecha que el objeto de su pasión no existe; tan pura, que cuan­do Dulcinea aparece ante él en forma de tosca y sucia campesina, no cree en el testimonio de sus propios ojos y declara que ha sido transformada por un encantador malvado. También nosotros, a lo largo de nuestra vida, hemos visto morir a algunos hombres por algo tan imaginario como Dul­cinea, o por algo sucio y tosco, en lo que veían la realización de su ideal, y cuya transformación también consideraban efecto de acontecimientos y personas malvadas –casi podríamos decir encantadores–. Hemos visto a esos hombres, cuya desaparición provocaría que se cerrara para siempre el libro de la historia, pues ya no habría nada que leer en él. No hay traza de sensualidad en don Quijote. Todos sus sueños son pudorosos e inocentes; ni siquiera en lo más profundo de su corazón espera alcanzar una unión definitiva con Dulcinea. ¡Parece incluso temer esa unión!

En cuanto a Hamlet, ¿es capaz de amar? ¿Acaso su irónico creador, el más fino conocedor del corazón humano, decidió otorgar a ese egoísta, a ese escéptico penetrado por el veneno corrosivo del análisis, un corazón amoroso, devoto? No, Shakespeare no cayó en esa contradicción; cual­quier lector atento puede descubrir sin grandes dificultades que Hamlet es un hombre sensual, incluso secretamente voluptuoso (no en vano el corte­sano Rosencrantz ríe en silencio cuando Hamlet dice que las mujeres le aburren); que Hamlet, diríamos nosotros, no ama, sino que solo se imagina, incluso de manera borrosa, que ama. Tenemos el testimonio del propio Shakespeare para corroborarlo. En la escena primera del acto tercero, Hamlet habla con Ofelia:

Hamlet: Yo os amé en otro tiempo
Ofelia: En efecto, señor, así me lo hicisteis creer.
Hamlet: No deberíais haberme creído... No os amé.

Cuando pronuncia esas últimas palabras, Hamlet está más cerca de la verdad de lo que se imagina. Sus sentimientos hacia Ofelia, una criatura inocente y pura como una santa, o son cínicos (recuerden sus palabras, sus insinuaciones ambiguas, cuando, en la escena de la representación en el teatro, le pide permiso para descansar... en sus rodillas) o enfáticos (fíjense en la escena entre él y Laertes, cuando salta a la fosa de Ofelia y exclama, con un lenguaje propio de un capitán: “¡Cuarenta mil hermanos, con toda la intensidad de su cariño, no alcanzarían la magnitud del mío! ¡Que nos echen encima millones de montañas!”, etc.). En su relación con Ofelia no se ocupa más que de su propia persona, y cuando exclama: “¡Oh, ninfa!, que en tus oraciones sean recordados todos mis pecados”, solo vemos la profunda conciencia de su dolorosa incapacidad de amar, que le lleva a arrodillarse de forma casi supersticiosa ante la “santidad de la pureza’’.

Pero ya hemos hablado bastante de los aspectos sombríos del modelo hamletiano; en realidad, esos aspectos, precisamente debido a que nos irri­tan, son los que nos resultan más cercanos y comprensibles. Tratemos de valorar ahora lo que hay en él de justo y, por lo tanto, de eterno. Hamlet encarna el principio de la negación, el mismo principio que otro gran poeta, tras separarlo de todo lo humano, nos presentó en la figura de Mefistófeles. Hamlet también es Mefistófeles, pero encerrado en el círculo vivo de la naturaleza humana; por ello su negación no es un mal, sino que lucha contra el mal. La negación de Hamlet duda del bien, pero no así del mal, contra el que emprende una lucha encarni­zada. Duda del bien, es decir, sospecha de su verdad y sinceridad y le ataca no en cuanto bien, sino en cuanto bien falso, bajo cuya máscara se ocultan el mal y la mentira, sus eternos enemigos. Hamlet no se ríe con la risa de­moníaca e indiferente de Mefistófeles; en su sonrisa amarga hay un abatimiento que nos habla de lo que padece y nos reconcilia con él. El es­cepticismo de Hamlet tampoco es indiferencia, y en eso reside su dignidad. Bien y mal, verdad y mentira, belleza y fealdad, no se confunden para él en algo casual, mudo e inconsciente. El escepticismo de Hamlet, que no cree en la realización inmediata, por así decir, de la verdad, le lleva a emprender una lucha implacable contra la mentira, a con­vertirse en uno de los principales paladines de esa verdad en la que no puede creer del todo. Pero en la negación, lo mismo que en el fuego, hay una fuerza devastadora: ¿cómo mantener esa fuerza dentro de sus límites?, ¿cómo mostrarle dónde debe detenerse, cuánto debe destruir y qué debe perdonar, cuando a menudo una cosa y otra están unidas por lazos indisolubles? Es ahí donde percibimos el aspecto trágico de la existencia humana, como se ha señalado con frecuencia. Para actuar es necesaria la voluntad, para actuar es necesario el pensamiento; pero el pensamiento y la voluntad se han separado, y cada día se separan más...

And thus the native hue of resolution
Is sicklied o’er by the pale cast of thought...
(Así, el colorido natural de la resolución
se debilita por la pálida cubierta de la preocupación.)

...dice Shakespeare en boca de Hamlet... Por esa razón existen, por un lado, los Hamlets pensativos, juiciosos y a menudo universales, aunque también con frecuencia inútiles y condenados a la inmovilidad; y por otro lado, los don Quijotes medio locos, que solo resultan útiles y hacen marchar a los hombres porque no comprenden ni ven más que un solo punto, que con frecuencia ni siquiera existe en la forma en que su imaginación hace que lo perciban. Inevitablemente surgen las preguntas: ¿acaso hay que estar loco para creer en la verdad?, ¿acaso un espíritu que se domine a sí mismo pierde por ello todas sus fuerzas?

Un examen de estas cuestiones, aunque fuera superficial, nos llevaría demasiado lejos. Limitémonos a señalar que en esta dualidad debemos reconocer la ley fundamental de toda la existencia humana, pues la vida no es más que una eterna reconciliación y un eterno enfrentamiento entre dos principios que alternativamente se separan y se unen. Si no temiéramos asustar sus oídos con términos filosóficos, diríamos que Hamlet es la expresión de la fuerza centrípeta fundamental de la naturaleza, mediante la cual toda criatura se considera el centro de la creación mientras contempla todo lo demás como algo que solo existe para ella (así, el mosquito, tras posarse en la frente de Alejandro Magno, con total convencimiento de su derecho, bebe su sangre, como si se tratara de un alimento más; de la misma manera, Hamlet, aunque se desprecie a sí mismo –algo que no alcanza a hacer el mosquito–, lo relaciona todo consigo). Sin esta fuerza centrípeta (la fuerza del egoísmo), la naturaleza no podría existir, lo mismo que sin esa otra, la centrífuga, se­gún la cual todo existe solo para los otros (ese prin­cipio de fidelidad y sacrificio, como ya hemos dicho, está alumbrado –para que todo quede en paz– por una luz cómica; eso es lo que repre­sentan los don Quijotes). Esas dos fuerzas, la de la rutina y la del cambio, la del conservadurismo y la del progreso, son fundamentales en todo lo existente. Nos explican el crecimiento de una flor y nos ofrecen la clave para comprender el desarrollo de los más po­derosos pueblos.

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IV
Dejemos de lado esas cavilaciones, quizá inoportunas, y orientemos nuestra atención a otras consideraciones con las que estamos más familiarizados.
Sabemos que Hamlet es tal vez la obra más conocida de Shakespeare. Una tragedia que siempre llena los teatros. Un fenómeno comprensible, dada la composición contemporánea de nuestro público, su gusto por la reflexión y la autocrítica, su tendencia a dudar de sí mismo y su juventud; no vamos a mencionar las bellezas que colman esa obra, tal vez la más significativa del espíritu moderno, pero no podemos dejar de sorprendernos del genio de su creador, el cual, incluso estando emparentado en muchos aspectos con el propio Hamlet, lo aparta de sí con el movimiento libre de la fuerza creadora, y convierte a su modelo en objeto de estudio para la posteridad. El espíritu que ha creado este modelo es el de un hombre septentrional, un espíritu reflexivo y analítico, un espíritu pesado, sombrío, privado de ar­monías y tintes luminosos, que no se contenta con las formas elegantes y a menudo limitadas; en definitiva, un creador profundo, intenso, plural y libre. Extrajo de sus propias entrañas el modelo de Hamlet, con el que demostró que en el dominio de la poesía, como en los otros de la vida del pueblo, se sitúa por encima de su hijo, ya que lo comprende por entero.

En la creación de Don Quijote se advierte el espíritu de un hombre jo­ven, un espíritu luminoso, alegre, ingenuo, sensible, que no busca la pro­fundidad de la vida, que no la abraza, sino que rechaza todas sus manifes­taciones.

No resistimos la tentación de trazar aquí un paralelo entre Shakespeare y Cervantes, aunque solo sea para mostrar en algunos puntos las diferencias y similitudes entre ambos. Shakespeare y Cervantes piensan de manera diferente, ¿cómo compararlos entonces? Shakespeare es un gigante, un semidiós... sí; pero Cervantes no aparece como un pigmeo ante este coloso que compuso El rey Lear, sino como un hombre, como un hom­bre de verdad; y un hombre tiene derecho a permanecer erguido incluso frente a un semidiós. Es indudable que Shakespeare apabulla a Cervantes –y no solo a él– con la riqueza y poderío de sus fantasías, con el brillo de su elevadísima poesía, con la profundidad y amplitud de su gigantesco espíritu; pero no encontrarán en la novela de Cervantes ni frías agudezas, ni comparaciones artificiosas, ni figuras empalagosas; tampoco encontrarán en sus páginas cabezas cortadas, ni ojos arrancados, ni todos esos ríos de sangre, esa crueldad acerada y ciega, esa huella terrible de la Edad Me­dia, esa barbarie que lentamente ha ido desapareciendo de las porfiadas naturalezas septentrionales.

Cervantes, al igual que Shakespeare, fue un contemporáneo de la Noche de San Bartolomé; mucho tiempo después de que ambos desapare­cieran, todavía se quemaban herejes y la sangre seguía corriendo: ¿dejará de correr alguna vez? La Edad Media se refleja en el Quijote; así se aprecia en el brillo de la poesía provenzal y en la gracia romanesca de esas mismas novelas de las que Cervantes se burla con inofensivo humor y a las que rinde un último tributo en Persiles y Sigismunda. Shakespeare toma sus modelos de todas partes; nada está cerrado para él, nada puede escapar a su penetrante mirada: los arranca con la fuerza irresistible del águila que cae sobre su presa. Cervantes presenta dulcemente ante el lector sus escasos modelos, como un padre a sus hijos; solo toma lo que está próximo a él, ¡pero qué bien conoce esos temas que le son cercanos! El poderoso genio del poeta británico parece do­minar todos los matices del alma humana; Cervantes extrae toda su rique­za de su propia alma, límpida, dulce, llena de experiencias humanas, pero no se ensaña con ella: no en vano, en el transcurso de sus siete años de duro cautiverio, Cervantes aprendió, como él mismo nos dice, el oficio de la paciencia. Sus dominios son más estrechos que los de Shakespeare; pero en él, lo mismo que en cualquier ser vivo, se refleja todo lo humano. Cer­vantes no nos deslumbra con una lengua fastuosa; no nos conmueve con la fuerza titánica de su inspiración triunfante. Su poesía no es shakespearia­na. A veces un turbio mar es un río profundo que fluye tranquilamente entre dos orillas diferentes, donde el lector, mecido dulcemente, rodea­do por sus transparentes ondas, se abandona con placer al silencio épico y a la suavidad de su corriente.

La imaginación evoca gustosa la imagen de los dos poetas contemporáneos, que murieron el mismo día, el 26 de abril de 1616. Es muy probable que Cervantes no supiera nada de Shakespeare; pero el gran trágico, en la soledad de su casa de Stratford, a la que se retiró tres años antes de su muerte, bien pudo leer la célebre novela, que ya había sido traducida al inglés... Qué tema para un pintor que fuera al mismo tiempo un pensador: ¡Shakespeare leyendo el Quijote! ¡Dichosos países aquellos en los que surgen tales hombres, maestros de sus contemporáneos y de la posteridad! El imperecedero laurel que corona a un gran hombre también descansa sobre la frente de su pueblo.

V
Una vez terminado nuestro incompleto estudio, pedimos permiso para compartir con ustedes algunas observaciones aisladas.

Un lord inglés (un buen juez en un asunto de este tipo) declaró que nuestro don Quijote era el modelo perfecto del gentleman. Y en verdad, si la sencillez y las maneras sosegadas constituyen el signo distintivo del hombre de bien, don Quijote tiene pleno derecho a ese título. Es un ver­dadero hidalgo, incluso cuando las bromistas criadas del duque le enjabonan toda la cara. La sencillez de sus maneras procede de la ausencia de lo que hemos dado en llamar no vanidad, sino presunción. Don Quijote no se ocupa de su propia persona, se respeta a sí mismo y respeta a los otros, y no siente deseos de vanagloriarse; Hamlet, en cambio, a pesar del ambiente cortesano, a veces nos parece –perdónenme por la expresión francesa– ayant des airs de parvenu. Es un hombre asustadizo, a veces incluso grosero, que presume de sí mismo y se burla de los otros. No obstante, posee la facultad de expresarse de forma original y justa, una facultad inherente a toda persona que reflexiona y cultiva su espíritu y que, por tanto, resulta totalmente inasequible para don Quijote. La penetración y la finura de análisis de Hamlet, así como su polifacética formación (no hay que olvidar que ha estudiado en la Universidad de Wittenberg), han desarrollado en él un gusto casi infalible. Es un crítico magnífico; sus consejos a los actores sorprenden por su agudeza y tino; el sentimiento de lo bello es casi tan fuerte en él como el sentimiento del deber en don Quijote.

Don Quijote siente un profundo respeto por todas las instituciones preexistentes: la religión, la monarquía, los duques; y, al mismo tiempo, es libre y reconoce la libertad de los otros. Hamlet, por su parte, injuria a los reyes y a los cortesanos, pero en realidad es tiránico e intolerante.

Don Quijote apenas sabe escribir, mientras que Hamlet, probablemente, lleva un diario. Don Quijote, a pesar de su ignorancia, tiene una concepción clara de los asuntos estatales y administrativos; Hamlet no ha tenido ni el tiempo ni el gusto de ocuparse de esas cosas.

Mucho se le han reprochado a Cervantes las innumerables palizas que recibe don Quijote. Ya hemos señalado que en la segunda par­te de la novela el pobre caballero apenas es golpeado; pero a nosotros nos gustaría añadir que sin esas palizas resultaría menos grato a los niños, que con tanto deleite leen sus aventuras; tampoco a los adultos se nos mostraría bajo su verdadera luz, sino que aparecería ante nosotros como un ser frío y altivo, lo que estaría en contradicción con su carácter. Acabamos de decir que en la segunda parte ya no es golpeado; pero casi en su final, después de la derrota definitiva de don Quijote a manos del Caballero de la Blanca Luna, que no es otro que el bachiller disfrazado, después de su renuncia al ejercicio de la caballería, poco antes de su muerte, es pisoteado por una piara de cerdos. En más de una ocasión hemos escuchado reproches dirigidos a Cervantes por haber escrito esa escena, por repetir esas viejas bromas ya gastadas; pero también aquí el escritor es guiado por el instinto de su genio, pues esa horrible aventura encierra un significado profundo: los don Quijotes siempre son pisoteados, especialmente al final de su vida; es el último tributo que deben pagar al rudo azar, a la indiferencia y a la cruel incomprensión... Es la bofetada del fariseo... Después de haberla recibido, ya pueden morir. Han pasado por todo el fuego de la fragua y han conquistado la inmortalidad, que ahora se abre ante ellos.

Hamlet, según el caso, puede mostrarse astuto e incluso cruel. Recuerden cómo da muerte a los dos cortesanos enviados a Inglaterra por el rey; recuerden su discurso sobre Polonio, asesinado por él. No obstante, en esa circunstancia vemos, como ya hemos señalado, el reflejo de la Edad Media, aún cercana en el tiempo. Por otro lado, estamos obligados a reconocer en el honesto y franco don Quijote una inclinación al engaño semi-inconsciente, semiinocente, a la ilusión; inclinación casi siempre inherente a la fantasía del entusiasta. Su relato sobre lo que ha visto en la Cueva de Montesinos no es más que una invención, con la que no consigue engañar al astuto y simplón Sancho Panza.

El más pequeño contratiempo basta para que Hamlet se desanime y se lamente; don Quijote, a pesar de ser molido a palos por los condenados a galeras, ni por un momento duda del éxito de su empresa. También Fourier pretendió haber mantenido entrevistas diarias, a lo largo de muchos años, con un inglés, al que invitaba en los periódicos a que le suministrara un millón de francos para la realización de sus planes. Naturalmente, este no apareció nunca. Todo eso resulta extremadamente ridículo, pero des­pierta en nosotros la siguiente reflexión: los antiguos consideraban envi­diosos a sus dioses, y en caso de necesidad juzgaban oportuno aplacarlos ofreciéndoles sacrificios voluntarios (recuerden el anillo arrojado al mar por Polícrates).

¿Por qué no pensar que un cierto componente ridículo debe entreve­rarse inevitablemente, como un tributo, como un sacrificio voluntario a los envidiosos dioses, con los actos y el carácter de los hombres llamados a hacer grandes cosas? Después de todo, sin esos ridículos don Quijotes, sin esos estrafalarios ingenios, la humanidad no avanzaría y los Hamlets no tendrían nada sobre lo que reflexionar.

Sí, repitámoslo: los don Quijotes encuentran; los Hamlets cultivan sus espíritus. Pero, ¿cómo pueden cultivar sus espíritus los Hamlets, nos preguntarán, cuando dudan de todo y no creen en nada? A esto debemos res­ponder que, gracias a la sabia disposición de la naturaleza, no hay ni Hamlets ni don Quijotes absolutos; esos modelos son solo expresión última de dos direcciones, de dos jalones, plantados por los poetas en dos caminos distintos. La vida aspira a ellos, pero nunca llega a alcanzarlos. No hay que olvidar que, de la misma manera que el principio del análisis lleva en Hamlet a la tragedia, el espíritu del entusiasmo lleva en don Quijote a la comicidad; pero en la vida rara vez se encuentran situaciones absolutamente cómicas y absolutamente trágicas.

Hamlet gana mucho ante nuestros ojos gracias a su afición por Hora­cio. Este personaje es encantador; y hay que decir, en honor de nuestra época, que resulta bastante frecuente en los días que corren. En Horacio reconocemos el modelo del discípulo, del alumno en el mejor sentido de la palabra. Con un carácter estoico y franco, un corazón ardiente y un espíritu algo limitado, siente sus propias carencias y es modesto, lo que rara vez sucede con las personas limitadas. Tiene sed de conocimientos, de enseñanzas, por lo que reverencia al inteligente Hamlet y se entrega a él con todas las fuerzas de su alma honrada, sin exigirle nada a cambio. No se so­mete a él a causa de su condición de príncipe, sino debido a su superiori­dad. Uno de los mayores méritos de los Hamlets consiste en que instruyen y forman a hombres como Horacio, los cuales, tras recibir de ellos las semillas del pensamiento, las hacen fructificar en sus corazones y las propagan por el mundo entero. Las palabras con las que Hamlet reconoce la importancia de Horacio le honran. En ellas expresa su elevada opinión sobre la dignidad del ser humano y sus nobles aspiraciones, que ningún escepticismo puede debilitar. “Escucha –le dice–: desde que mi alma queri­da fue señora de mis preferencias y supo distinguir entre hombres, su elección te selló por suya. Pues tú has sido como quien, sufriéndolo todo, no sufre nada; un hombre que ha recibido las bofetadas y las recompensas de la Fortuna con igual agradecimiento. Y bienaventurados aquellos cuya sangre y juicio están tan bien mezclados que no son una flauta en que el dedo de la Fortuna puede tocar el agujero que le place. Dadme al hombre que no sea esclavo de la pasión y yo le llevaré en las entretelas del corazón, sí, en el corazón de mi corazón, como hago contigo”.

Un escéptico honrado siempre respeta a un estoico. Cuando el mundo antiguo se derrumbaba, los mejores hombres buscaban la salvación en el estoicismo –como sucede en todas las épocas semejantes a aquella–, pensando que se trataba del único refugio donde aún era posible conservar la dignidad humana. Los escépticos, si no tienen valor para matarse –“partir para ese país del que ningún viajero ha regresado todavía”–, se hacen epi­cúreos. ¡Se trata de un fenómeno comprensible, triste y demasiado conoci­do para nosotros!

Tanto Hamlet como don Quijote mueren de forma conmovedora. ¡Pero cuán diferente es su final! Las últimas palabras de Hamlet son hermo­sas. Se somete, se calma, ordena a Horacio que viva y da su voto agonizante en favor del joven Fortimbrás, un aspirante al trono que no tiene nin­guna mancha... pero la mirada de Hamlet no se dirige al futuro... “Lo demás es silencio”, exclama el escéptico al morir; y, en verdad, calla para siempre. La muerte de don Quijote despierta en el alma una inefable ter­nura. En ese momento supremo resplandece ante todos el enorme signifi­cado del personaje. Cuando su antiguo escudero, tratando de consolarle, le dice que pronto saldrán en busca de nuevas aventuras caballerescas, el moribundo responde: “Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los ni­dos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”.

Es una palabra sorpendente; la mención de ese apodo, por primera y última vez, conmueve al lector. Sí, solo esa palabra tiene aún significado ante el rostro de la muerte. Todo pasa, todo desaparece, la más elevada dignidad, el poder, el genio universal, todo se convierte en polvo. “Todo lo que es grande en la tierra se dispersa como humo...”, escribe Schiller. Pero las buenas acciones no se dispersan como humo; son más dura­deras que la más deslumbrante belleza: “Todo pasará –exclamó el apóstol–; solo el amor permanecerá” (cita inexacta de la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios).

No tenemos nada más que añadir a esas palabras. Nos consideraremos felices si con las indicaciones sobre esas dos direcciones fundamentales del espíritu humano, de las que les hemos hablado, hemos despertado en ustedes alguna reflexión, aunque no sea coincidente con las nuestras; si hemos cumplido con nuestro cometido, aunque solo sea de forma aproximada, y no hemos fatigado su benévolo entendimiento.

© Ilustración de Santiago Guevara

Articulo: http://www.elmalpensante.com  05∕2016

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