mercredi 6 juillet 2016

José María GARCIA LOPEZ∕ La vitalidad política de PASOLINI

La vitalidad política de PASOLINI
Por José María GARCIA LOPEZ

La muerte del poeta pule y destaca, a cuatro décadas de que fuera decidida y causada, un reverso real e indestructible donde continuará reflejándose la necesidad vital de la verdad. Indica que las ideas calan en el tejido social.

Entre las últimas horas del día 1 y la madrugada del 2 de noviembre de 1975 se produjo en el hidropuerto de Ostia, como es sabido, el asesinato violentísimo de Pier Paolo Pasolini, abriéndose a partir de ahí una maraña de conjeturas y figuraciones en torno al desgraciado acontecimiento, a los móviles que lo causaron y a sus ejecutores y circunstancias. En primer lugar, un chapero de 17 años, ya famoso y no solo en Italia, Pino Pelosi, “confesó” haber cometido el crimen en solitario, por lo que fue condenado a nueve años largos de prisión, en virtud de una sentencia que sin embargo añadía “en colaboración con desconocidos”. Pelosi cumplió su pena casi íntegramente, pero en las sucesivas apelaciones ante la justicia desapareció de las resoluciones confirmatorias esa referencia a los desconocidos que habrían actuado en Ostia, hasta que el único sentenciado aseguró su inocencia en un programa de la RAI, en 2005, y que había tenido que guardarse lo que sabía de la verdad (que no era todo) por amenazas de muerte contra él y su familia, si no se culpaba a sí mismo y si decía algo de la masacre presenciada en aquel campo de barracas ostienses.

A Pasolini se le habría tendido una trampa, con el señuelo de recuperar unas bobinas de la película Salò robadas de Cinecittà, y a ella habrían acudido diferentes facciones de facinerosos, movidas por hilos también diversos, para mayor confusión. O el poeta y cineasta fue asesinado por negarse a un exorbitante pago que restituyera el material sustraído, con el presumible chantaje de un recargo homosexual, o (lo que cada vez se considera más probable) fue victima de un complot de orígenes políticos y empresariales, llevado a término por sicarios mafiosos y subproletarios neofascistas. De un modo u otro, el caso está actualmente abierto, por instancias de familiares y abogados, amigos y admiradores, criminólogos, políticos y periodistas, y antes o después se sabrá qué pesa más en Italia, si el deseo afectuoso y cívico de esclarecer la verdad del repugnante delito, o el interés por mantenerla oculta, al menos en ciertos aspectos de capital gravedad nacional e incluso internacional.

Aquí no importa tanto, de todos modos, bajo el horror inequívoco ante la muerte del hombre que fue Pasolini, la relación de datos que hoy se manejan, los nuevos testimonios que por fin se han atrevido a aparecer, los coches y motocicletas, bastante documentados, que fueron vistos en el hidropuerto de Ostia aquella noche, las nuevas posibilidades científicas de investigación a partir del ADN y los análisis de los rastros de sangre dejados en los materiales recogidos, que se custodian en el Museo Criminológico de Roma, ni las personas sospechosas que tienen controladas los carabineros, la policía y algunos cargos judiciales o las muy conspicuas (con sus herederos y seguidores) que en su momento pudieron haber temido justificadamente los desenmascaramientos y las valerosas denuncias del autor de Las cenizas de Gramsci.

Lo que importa más, y no hay que resignarse de ninguna manera al escamoteo de los datos precisos de ese “delito italiano” (por citar la tesis y la película de Marco Tullio Giordana), es la evidencia de que las ideas y la conciencia crítica de Pasolini, su poesía recuperadora del sentido sagrado u original de la vida de las personas, continúan vigentes en la actualidad y de alguna manera se han revitalizado. Pier Paolo Pasolini se anticipó a la tiranía que iban a ejercer in crescendo los espectros semiológicos de la existencia considerados como contenidos, a la dejación íntima y pública de los ciudadanos, sometidos a un consumismo hedonista y sin sustancia humana ni esperanza de progreso, a la cosificación especulativo-pornográfica de la civilización capitalista, a la entropía programada por intereses oligárquicos de mezquina intención.

Él escribió sus Muchachos del arroyo y filmó su Accattone para demostrar cómo la pobreza y la falta de instrucción crean seres destinados al encanallamiento y la desgracia, cómo surgen sin embargo, en esos mismos territorios del alma social baldía, gestos tan hermosos como la música de Juan Sebastián Bach, acciones tan puras en la barbarie como en una especie de humilde y épica dignidad. Dirigió Pajaritos y pajarracos o la Trilogía de la vida, más las tragedias griegas o Teorema, con el propósito intuitivo y dialéctico de enfrentar un relato primitivo y orgánico (a la manera de Giotto, Massaccio o Chaucer), una sexualidad libre y creadora, un tanto goliardesca o nada reverente, a la alienación burguesa y a la moderna superchería cultural. Pasolini es también el autor incisivo y contradictorio de Poesía en forma de rosa, una rosa con aceradas espinas, un recorrido lúcido y sin concesiones por las pretenciosidades mendaces de la época, un diario o reportaje civil e igualmente una “desesperada vitalidad” frente la degradación de la historia, la mediocridad de los tiempos, las conductas homologadas o colaboracionistas.

La obra de Pier Paolo Pasolini va siempre en esa dirección, se orientó a tales extremos desde los tiempos en que fue profesor innovador en el Friuli natal de su idolatrada madre, Susanna Colussi, hasta sus últimos años de articulista polémico en Corriere della Sera y otros periódicos, director de la extraordinaria película Salò o los 120 días de Sodoma y redactor compulsivo y radical de los cientos de páginas que habrían de componer Petróleo. Este libro, inacabado y póstumo, iba a suponer el máximo esfuerzo de Pasolini por expresar todo lo que sabía sobre el hombre contemporáneo y sus cadenas, impuestas o voluntarias, todo lo que el insólito director de El Evangelio según Mateo había cifrado en el sexo en cuanto retorno inaugural en la vida y revolucionaria creación, lo que había descubierto en la marginalidad social y en las despiadadas renuncias del poder, lo que sabía de los artífices políticos de las estrategias de la tensión, los nombres de quienes vendían y malversaban Italia, los propiciadores de los golpes y los crímenes manipulados, los responsables del genocidio cultural o la destrucción antropológica que él había visto venir desde el fascismo y su falsa liquidación.

Precisamente contra el fascismo de los veinte años de su infancia y juventud, más el “neofascismo” de la Democracia Cristiana y su interiorización popular complacida, va la propuesta de Pasolini a partir de su tratamiento cinematográfico de la República Social de Salò, instaurada por Mussolini en los estertores vengativos de su derrota. El intelectual boloñés (y tal fue el sustantivo que asumió con mayor propiedad) mezcló su idea del fascismo postizo y agonizante con la disección voluptuosa del Marqués de Sade en Los 120 días de Sodoma. Tanto el fascismo como Sade, y después la ideología imaginaria de la modernidad, someten al ciudadano a una fragmentación mitificada de la realidad individual, lo arrojan a una vorágine de cebos envenenados, a una obligación especular de deseos vanos y mimetismos suicidas.

Todas esas sugerencias y acusaciones, metafóricas, poéticas o trágicas, pero también periodística o ensayísticamente precisas en los Escritos corsarios y en las Cartas luteranas, produjeron en su tiempo una gran inseguridad y una peligrosa inquietud en los prevaricadores y negociantes delictivos que siempre son consustanciales con una forma muy conocida de poder político sin vestigio alguno de autoridad. Entonces eso era todavía posible, porque las figuras del escritor o del articulista, junto a la del realizador del cine de denuncia que se hacía, participaban aún de un respeto y una influencia social y eran atendidas, valoradas y hasta temidas, según los asuntos y circunstancias, por los dirigentes que sabían muy bien de sus servilismos y sobornos, de sus latrocinios y crímenes (recuérdense, por ejemplo, los casos del industrial Enrico Mattei y los de los periodistas Mauro De Mauro y Mino Pecorelli).

Pasolini siguió y anticipó a su modo el compromiso de estos hombres y el de otros tan expuestos y tan bárbaramente inmolados. Tuvo la gallardía, que muchos tildan hoy de candorosa, de exigir en serio un proceso nacional para los gerifaltes de la Democracia Cristiana. Una investigación y un juicio público, en los que se esclarecieran y sancionaran las responsabilidades de quienes habían “cedido la soberanía nacional del país a una fuerza extranjera”, la traición de quienes habían propiciado, según ese pacto, una serie de “crímenes espantosos” y habían minado las posibilidades de un futuro honorable para Italia, que es como decir un futuro universal.

La muerte del poeta pule y destaca por lo tanto, a cuatro décadas de que fuera decidida y causada, un reverso real e indestructible donde continuará reflejándose la necesidad vital de la verdad. Indica que las ideas y las opiniones críticas, el coraje para expresarlas, no solo descubren y acosan a los detentadores de intereses culpables, sino que calan en el tejido social y lo transforman. Fijan por una vía lógica y por otra dramática un ámbito contrario de vergüenza e indignación, una ineludible responsabilidad. Qué intelectuales hablan hoy (en Italia o en cualquier parte) con tan justiciera energía, tan misteriosa transparencia y tanta generosidad como Pasolini. Por quienes son respetados y odiados. Sin embargo, ese magnífico ejemplo es el que habría que admirar activamente y seguir. Por otro lado, y en su caso concreto, si hoy se continuara posponiendo u obstaculizando la sustanciación de las directrices que confluyeron en el atroz asesinato del escritor, la culpabilidad no se adelgazaría ni difuminaría, sino que alcanzaría un territorio político mucho mayor.

Se podría concluir este apunte comprobando, a modo de muestra consecuente, cómo hablaba Pasolini pocos meses antes de su muerte, en sus Escritos corsarios. En un artículo titulado Corazón se preguntaba: “¿Qué es lo que hace posibles –en concreto, en los gestos, en la ejecución– los atentados políticos mortíferos una vez planeados? Es terriblemente obvio: la falta de un sentido de la sacralidad de la vida de los demás, y la ausencia de todo sentimiento en la propia”. Y, un poco más adelante, escribía en Los Nixon italianos: “Está claro que mientras los capitostes democristianos callen sobre lo que constituye la continuidad, es decir, la criminalidad de Estado, no solo es imposible un diálogo con ellos, sino que es inadmisible su permanencia en el Gobierno del país. Cabe preguntarse qué es más escandaloso: la obstinación provocadora de los capitostes que se aferran al poder, o la pasividad apolítica del país que acepta su propia presencia física”.

La presencia física de Pasolini, con su delicadeza y su incansable pasión, fue borrada de Italia, y de la faz de la tierra, siendo desprovista su vida ética e insumisa de aquella inmanente y peculiar sacralidad que él decía y de todo aliento. Pero ambas, la vida y la muerte, se conjuran hoy para crear el negativo luminoso de su forzado sacrificio, para obligar a una actitud poética y cívica lo más próxima posible a la suya.

José Maria García López es licenciado en Filología Hispánica y escritor.

Articulo: http://www.elboomeran.com 27∕06∕2016

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