mercredi 6 juillet 2016

Pablo FERRI∕Las últimas flores de Stefan ZWEIG

Exilio en el paraíso
Las últimas flores de Stefan ZWEIG
Por Pablo FERRI

El dandy vienés, autor de bestsellers y de memorables biografías como la de Erasmo de Rotterdam y la de María Antonieta, se fue desvaneciento en el exilio al que fue empujado ante la amenaza de una guerra devastadora. Retrato espiritual de un humanista en búsqueda de un nuevo comienzo en tierras sudamericanas. 

¿Por qué ensuciar el edén con la obscenidad de la muerte?
La baraja trece, Álvaro Abós.

Llegó solo, sin su esposa. Era sábado. El alcalde de Petrópolis ofrecía una recepción en el palacio municipal y Zweig, cada vez menos dado a las apariciones públicas, acabó aceptando. Veinte años atrás hubiera encandilado a los invitados con su habitual encanto, la sonrisa de niño que reclama atención, la mirada pícara. Pero aquel 7 de febrero de 1942, Zweig se sentó en la baranda de la terraza y apenas se movió. En las fotos de los meses que pasó en Brasil aparece delgado, ensimismado, apagado. El escritor más prolífico de la generación de entreguerras parecía un tintero vacío. Antes de volver a casa charló unos minutos con su vecina, la poetisa Gabriela Mistral. Como si fuera una anticipación, hablaron de flores.

Dos semanas después Zweig moriría en su casa de la sierra en Petrópolis, en el estado de Río de Janeiro, convencido de que los nazis dominarían el mundo, atormentado porque América, tan lejos entonces de Europa, dejaba de ser un refugio. En Las afinidades electivas, J. W. Goethe escribe: “Hay casos –¡y tantos que los hay!– en los que todo consuelo es una úlcera y la desesperación un deber”. Goethe fue un enamorado de Brasil y Zweig, admirador del escritor alemán, envenenó su sangre con desconsuelo, conscientemente, obcecado en que la muerte era su única salida. En las fotos del velorio, en el ataúd, Zweig aparece rodeado de flores. El escritor austríaco se convertiría en uno de los autores extranjeros más leídos en América Latina.

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Tras dos años sin hablarse, una víspera de Año Nuevo, Fidel Castro envió un paquete a Alina Fernández Revuelta, su hija ilegítima. Allí dispuso un enorme pavo, varios kilos de frijoles negros, ochenta pesos, vino argelino y unos cuantos libros de Stefan Zweig. Años antes, en 1953 o 1954, durante su estancia en prisión, Fidel había escrito varias cartas a Naty Revuelta, la mamá de Alina. En ellas, un Fidel encendido alababa los libros de Zweig, sobre todo su biografía del humanista Erasmo de Rotterdam. Quince años más tarde, ya con Fidel en el poder, el Instituto Cubano del Libro editó 20.000 ejemplares de las memorias del escritor austríaco. En la contraportada se puede leer: “...uno de los documentos literarios y humanos más importantes de nuestra época”.
La preferencia de Fidel por Zweig no era un accidente. El austríaco había sido uno de los escritores europeos más célebres en América en la primera mitad del siglo xx. Además estaban su pinta de dandy, su porte elegante, siempre de traje y corbata, a veces pajarita, el bigote perfectamente recortado, la raya del pelo a la izquierda, su estilográfica de tinta violeta, y su exlibris donde un joven desnudo, rodeado de flores, observa un castillo al fondo con los brazos extendidos. Era, en fin, el hombre al que todos querían en la foto.

Luego de su suicidio el 22 de febrero de 1942, el gobierno de Getúlio Vargas asumió los costes del funeral y ubicó su tumba cerca de los reyes brasileños. El presidente Vargas le había recibido personalmente en su primera visita al país en 1936; los funcionarios de la policía le pedían autógrafos cuando iba a resolver trámites a la capital carioca. En una conferencia que leyó en Córdoba, Argentina, los organizadores colocaron altavoces a las puertas del Teatro Rivera Indarte: era tanto el interés por escucharle que el aforo se cubrió enseguida. Zweig fue un escritor de bestsellers cuando esa expresión apenas empezaba a usarse.

Borges escribió una vez que un suicida es en realidad un impaciente. De haber esperado, Zweig hubiera asistido a la derrota del nazismo y quizá al fin práctico de sus problemas: el exilio, el idioma extraño, el aislamiento, la soledad, el miedo a un mundo dominado por los nazis. Pero el judío Zweig, falto de ayuda profesional, se convirtió en un suicida de manual, lo que Émile Durkheim llamaría un suicida anómico. El escritor dedicó sus últimos dos años a huir, de la guerra y de su propia angustia. Primero dejó Austria y se instaló en Inglaterra, luego se mudó a Nueva York, más tarde a Ossining y de allí a Buenos Aires y finalmente a Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, donde al fin se rindió a los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Un humanista apestado por la realidad. La noche antes de morir en la serranía fluminense, charló unas horas con su compatriota Ernst Feder, también exiliado en Brasil. “Extendió sus manos”, recordaría Feder semanas más tarde, “trató de sonreír. ‘Perdóneme’, dijo Stefan, ‘hoy tengo el hígado negro’ ”. Luego se despidieron.

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Desde Petrópolis se abarca la cidade maravilhosa, el edén, Río de Janeiro. Enclavada en la Sierra Madre, Petrópolis aparece como un pequeño contrapoder a la capital del estado. Históricamente, los gobernantes brasileños trasladaban aquí su residencia en verano huyendo del calor y la humedad de Río. Los intelectuales también buscaban en Petrópolis algo de sosiego, lejos del ajetreo carioca. Además de Zweig, que se instaló en la ciudad en 1941, la poetisa chilena Gabriela Mistral y el mismo Ernst Feder pasaron allí algunos años.

Zweig veía en Petrópolis algo de su paisaje austríaco natal. Habitaba un pequeño bungaló en lo alto de una loma verde, una suave ondulación del terreno envuelta en la humedad de las nubes bajas. El escritor vivía junto a Lotte, su segunda mujer, casi treinta años más joven que él. Desde la terraza con baranda de piedra podían observar la calle empedrada, las colinas del valle, la puerta del Café Elegante –que no le hacía justicia a su nombre–, los burros cargados de bananos camino arriba y abajo. Cerca de allí pasaba la misma carretera que hoy trae y lleva turistas a Río.

La casa de Zweig se ha convertido en un pequeño museo de sus últimos años de vida. En la terraza hay varias sillas y un par de mesas con sendos tableros de ajedrez; en el jardín aparece otro tablero de grandes dimensiones. Son homenajes a la última novela que escribió, Novela de ajedrez, quizá la más valiosa, la única que concibió y escribió plenamente en Sudamérica. En apenas noventa páginas Zweig narra las peripecias del señor B., un preso político de los nazis encerrado durante meses en una habitación de hotel. No tiene un libro, papel o bolígrafo, carece de toda posibilidad de entretenerse, de combatir la soledad. Zweig es generoso en las reflexiones del señor B.: “...nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada”, dice. El señor B. sobrevive a la locura de su encierro gracias a un manual de ajedrez que roba a sus captores. Son 150 partidas famosas jugadas por maestros, 150 juegos de guerra. El señor B. aprende de memoria las partidas, las juega una y otra vez, se pone en la piel de los maestros, de los guerreros. Pasan los meses. El señor B. recuerda cada movimiento de cada partida y juega contra sí mismo. Somete su psique al tablero y la obliga a desdoblarse: tiene que ser dos jugadores y los dos tienen que luchar a muerte, ganar.

El mismo señor B. cuenta su historia al narrador de la novela tiempo después de su encierro, en un vapor que cruza el Océano Atlántico –un vapor trasladó también a Zweig a Sudamérica por primera vez en 1936–. Czentovic, campeón mundial de ajedrez, está entre los pasajeros. Casualmente un grupo se entera de su presencia y organiza unas partidas. El grupo las pierde todas. Luego aparece el señor B. y endereza la última hasta conseguir tablas. El grupo organiza un nuevo duelo para el día siguiente, solo que esta vez será el campeón contra el extraño desconocido. El narrador reflexiona sobre la historia que le ha contado el señor B. Obligado a luchar, recuerda, el señor B. se desvincula de su naturaleza racional, pierde su libertad, la rabia le posee.

Al día siguiente los guerreros se sientan uno frente a otro. El señor B. gana fácilmente la primera partida pero el campeón, calculador, mecánico, observa su conducta, ve que se altera con el juego y que ahí se encuentra la llave de la victoria, un resquicio: aprovechar la rabia del otro.

Alberto Dines, escritor y periodista brasileño, autor de la más completa biografía sobre Zweig, Morte no paraíso –fue publicada originalmente en 1981 y en 2013 salió una edición ampliada (no existe traducción al español)–, señala la relevancia de Novela de ajedrez por el momento de la vida del autor en que fue concebida y escrita. Sentado en el hall de un hotel en Río, a pocas cuadras de la playa de Flamengo, Dines descubre la actitud de Zweig en el temperamento del señor B. “Czentovic percibe la rabia del otro, y el señor B., que logra darse cuenta, dice no, basta. Dice que no va a entrar en esa guerra. Entonces se levanta y se va”. Pierde la partida pero protege su libertad.

Así hace el austríaco, evita la rabia, rechaza la guerra, si puede ni la menciona. Esa actitud le generó muchas críticas en el período de entreguerras. Zweig sintió esa presión. Para él, ceder, apoyar activamente la causa aliada –y por tanto la guerra–, significaba perder su independencia. La depresión de la que ya nunca salió se alimentó de toda esa angustia, esa presión. En una carta que escribió a su amigo Hermann Hesse, dijo: “No queremos victoria o derrota para nadie, somos enemigos de la victoria y amigos de la renuncia”. Dines dice que Zweig fue un caso extraordinario de fanatismo antifanático. En el mensaje público que compuso antes de suicidarse, escribió: “Creí mejor concluir una vida en la cual la labor intelectual fue la más pura alegría y la libertad personal el bien más precioso sobre la tierra”.

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Stefan Zweig nació en Viena en noviembre de 1881. De pequeño iba con sus amigos a la puerta del Palacio de la Ópera a pedir autógrafos a actores, actrices y compositores. Los coleccionaba. Ya entonces le fascinaban los grandes autores, guardaba estampitas con sus rostros y pedazos de papel con sus trazos de pluma. Años después, ya convertido en escritor de éxito, compró un pupitre que había pertenecido a Beethoven. En otra ocasión alquiló una casa en Viena y se maravilló al descubrir que su vecina de abajo era la nieta de Goethe, su única pariente viva, un vínculo mágico con uno de los autores que más admiró. A tanto llegó su afán coleccionista que incluso una vez, en 1933, adquirió el manuscrito de uno de los primeros discursos de Hitler en Alemania.
Zweig era un producto típicamente vienés. A finales del siglo xix, Viena es el centro cultural del mundo moderno. Hijo de un próspero empresario textil, Zweig empieza a escribir poemas antes de cumplir veinte años. Los manda a revistas locales, escribe a sus ídolos literarios. Pronto empieza a cartearse con su compatriota Sigmund Freud y con el poeta belga Émile Verhaeren. Los alaba en sus cartas, los seduce. Viena se configura entretanto en un enorme café literario. Allí están Arthur Schnitzler, Robert Musil, Hermann Broch, Hugo von Hofmannstahl, el propio Zweig; aparece el pensador Wittgenstein, los pintores Klimt y Kokoschka, el compositor Gustav Mahler. Zweig busca a todos los que puede, les escribe, les manda poemas. A la vez empieza a ensayar biografías sobre sus ídolos. Primero dedica un perfil al poeta Verlaine, luego a Verhaeren. El belga le presenta a principios de siglo XX al escultor Rodin, al poeta Paul Valéry, a Renoir. Zweig teje redes. “Está en acción el futuro cazador de almas”, escribe Dines en Morte no paraíso.

En sus textos biográficos, Zweig ensaya verdaderos retratos espirituales. “Cada una de sus biografías”, escribe Dines, “sirve para afirmar que no existen elegidos; el milagro diferenciador se da en forma de situaciones límite, en las encrucijadas del destino”. En su biografía de María Antonieta, Zweig devela que un problema de impotencia del rey Luis XVI determina el carácter de la reina y la posterior Revolución en la Francia de los Borbones; en su Erasmo explica los devaneos del pensador humanista, el punto en el que rompe con Lutero por defender su libertad y cómo esto influye finalmente en el desarrollo de la Reforma religiosa en Europa; en Fouché, retrato de un hombre político narra cómo este arribista de la Francia del siglo XVIII es el monárquico más paciente y también el jacobino más sanguinario, el más acérrimo defensor de la República y el peón más fiel de Napoleón –y todo sin caer nunca del poder: Fouché es un maestro de la encrucijada–. Freud aplaude las aproximaciones psicoanalíticas de Zweig –el mismo Freud pasaría por la pluma de Zweig y parece que en esa ocasión el primero torció el gesto–. La poeta Alfonsina Storni escribiría años más tarde: “Dele la sombra de una hoja y él verá un bosque”.

El éxito de Zweig con las biografías es absoluto, su maestría indiscutida... Es rápido, riguroso y metódico. Gasta días enteros en bibliotecas de toda Europa, se documenta, lee, viaja, manda cartas, sobre todo manda cartas. Igual que goza desgranando las grandes personalidades de la historia, disfruta alimentando y ampliando sus redes de contactos. Un suceso acontecido cerca del final, en Argentina, da buena cuenta de todo esto. Después de una conferencia en Buenos Aires en 1940, el joven escritor colombiano Germán Arciniegas se le acerca y le entrega un ejemplar de una de sus obras, Jiménez de Quesada, el fundador de Bogotá. Zweig lo toma, se saludan y se separan. Días más tarde, Arciniegas, consejero de la Embajada colombiana en Buenos Aires, lo invita a tomar café. El vienés llega con el Jiménez de Quesada bajo el brazo, todo anotado, de la primera a la última página. “Su libro es muy bueno”, le dice, “pero el título no significa nada: cámbielo por El caballero de El Dorado. Se lo voy a recomendar a mi editor en Nueva York”. Ben Huebsch, su editor en la Viking Press –que luego publicó a Steinbeck, Graham Greene y James Joyce–, ni siquiera lo cuestiona: traduce a Arciniegas y lo publica con el título sugerido por Zweig.

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La vida y la obra de Zweig han generado casi tanta literatura como él mismo. Sin embargo, pese al enorme interés que provocan, solo una pequeña parte del material refiere rigurosamente sus últimos años, tiempo que pasó mayoritariamente en Sudamérica. Como si todo aquello no fuera más que el epílogo, las cenizas de una vida consumida, una consecuencia obvia de lo anterior.

En Europa no existió –ni existe– el Zweig “sudamericano”: en la página web de turismo de Salzburgo, visit-salzburg.net, el texto que invita a visitar la casa del escritor en la ciudad donde vivió quince años asegura que se suicidó en Argentina...

Y no es solo que muriera en Sudamérica. De 1928 a 1942, el escritor se relaciona con escritores, editores e intelectuales de todo el continente y también con el público gracias a las conferencias. Es el más esperado en los vapores que llegan de Europa, la estrella del Viejo Mundo, la prensa escruta sus movimientos y llena páginas enteras con ellos. En 1936, viaja a Buenos Aires para asistir al congreso del Pen Club como huésped de honor. Allí conoce al poeta César Tiempo, al uruguayo Luis Reissig, al argentino Samuel Eichenbaum, al peruano Luis Alberto Sánchez, al español Ortega y Gasset... El congreso se convierte en un frente de batalla, en un tablero de ajedrez, los Aliados contra el fascismo, discursos exagerados. La foto que se recuerda del encuentro tiene a Zweig de protagonista. Su elocuente compatriota Emil Ludwig acaba de denunciar cómo los nazis persiguen a los escritores que no comulgan con ellos, sus atrocidades en Alemania y Austria, y Zweig –a un lado, de traje negro y camisa blanca, reloj en la muñeca derecha– deja sus cuartillas azules y la estilográfica sobre la mesa y se echa las manos a la cara, entrecruza los dedos, sus finos dedos blanquecinos. Parece que solloza.

Esa misma tarde, el vespertino porteño Crítica relata: “Stefan Zweig cubrió su rostro para evitar así que se vieran las lágrimas. Visiblemente conmovido a su lado, el escritor católico y antifascista francés Jacques Maritain lo consolaba con afectuosas palmadas en el hombro y palabras de simpatía en voz baja”. “Observo a Zweig”, recordaría César Tiempo años más tarde, “oculto el rostro entre sus manos, espera; el nerviosismo no le deja estar quieto”. Zweig lo negó en la prensa al día siguiente. Dice que escuchaba a Ludwig, que estaba concentrado. Era tanta la atención que despertaba el escritor que un simple gesto suyo desbordaba en un torrente de interpretaciones.

La ironía del episodio es que el autor, con su pose, como explica Alberto Dines, “intervino sin intervenir, se manifestó sin hablar y, sin querer, otorgó una importancia extraordinaria al discurso de Ludwig”. Zweig, el que no quiere tomar partido, el que rechaza el enfrentamiento, dice más con su rostro cubierto que cualquiera de los discursos inflamados que se leen durante el congreso. Entonces la crítica señala su hipocresía: ¿si tanto lo siente, por qué no defiende abiertamente la causa aliada?

Las críticas a su indefinición se juntaron en Brasil con la mirada condescendiente de los intelectuales. Zweig había escrito años antes Brasil, país de futuro, un retrato laudatorio del gigante sudamericano que obviaba las durezas del régimen autoritario de Getúlio Vargas. Zweig veía en Sudamérica la sustituta espiritual del Viejo Continente y pedía a la América ibérica, heredera de la Europa arruinada, que asumiera su papel en la consolidación de una vía humanista para el mundo. Brasil encarnaba al actor principal en el teatro de los nuevos tiempos, una tierra rica, extensa, modelo de integración racial. El escritor argentino Álvaro Abós escribió que “América Latina era la tentación de la utopía para la conciencia desgarrada de un escritor en habla alemana”. Los nazis eran todavía una amenaza lejana y el autor sentía que el país era una hoja en blanco, una oportunidad. Cuando Zweig visitó Brasil por primera vez, el gobierno de Vargas le propuso que visitara un ramillete de estados y que luego escribiera un libro. El escritor se dejó agasajar y aceptó.

Los intelectuales le recriminaron, decían que el gobierno le había comprado: ¿acaso no sabes que mientras tú recibes palmadas en la espalda otros judíos que llegan a Río desde Europa, refugiados en barcos, son rechazados por el gobierno?, ¿ignoras que el gobierno de Vargas persigue a los que no piensan como ellos?, ¿ignoras que la censura aquí es tan común como esa alegría de la que tanto hablas en tu libro? Sus biógrafos lo excusan y sostienen que políticamente Zweig era un ingenuo. Huido de Europa, el escritor buscaba desesperadamente la bondad.

Zweig halló refugio finalmente en Petrópolis, el clima era más templado que en Río y la sierra atenuaba las críticas de los intelectuales brasileños. El austríaco era un hombre orgulloso. Años antes, en una carta a Friderike, su primera esposa, se había jactado de firmar más de quinientos autógrafos al día. No entendía el desdén de sus colegas locales. ¿Comprado? Por supuesto que no le han comprado, ¿a qué viene eso?

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El escritor llegó a la sierra fluminense con Lotte a finales de 1941. La casa de Petrópolis es minúscula, una mota de polvo al lado del castillo que habitó Zweig en Salzburgo, 77 metros cuadrados. Junto a la sala, el cuarto apenas daba para dos camas, una pila para lavarse, dos mesitas de noche, cinco pasos de largo por dos de ancho.

Zweig fue allí a quedarse quieto, a desaparecer, negaba así su vida de dandy viajero, se instalaba en el sosiego de la serranía, como un invierno austral, cuando nada pasa.

En Petrópolis el tiempo se derretía en puro tedio: el asma de su esposa se acentuaba, su perro estaba lleno de pulgas, usaba dentadura postiza desde hacía un tiempo y no había forma de entenderse con los criados, el portugués se le resistió. No tenía prácticamente amigos. En otra carta a Friderike, se quejaba: “Notamos la falta de conversaciones con gente de nuestro nivel”. El austríaco se refugió en sus libros, en su terraza de baranda de piedra. En noviembre de 1941, Lotte le regaló por su cumpleaños las obras completas de Balzac. Zweig planeaba desde hacía décadas escribir una biografía sobre el escritor francés, pero se le resistía. En esos días llegó un paquete a Petrópolis. Eran las obras completas de Montaigne, regalo de Friderike. Zweig planeaba escribir también sobre él.

Entretanto la guerra se acercaba. La petrolera norteamericana Standard Oil patrocinaba un boletín en la radio carioca para pregonar las noticias del frente. El gobierno de Vargas había cambiado de postura y apoyaba a los Aliados. Estados Unidos lideró en Brasil por aquellos días la Conferencia de Cancilleres americanos. El paraíso mutó en pocas semanas en escenario prebélico. El diario O Globo informó de la presencia de espías nazis en Brasil, y Río vivía los primeros ejercicios antiaéreos. En febrero de 1942, un submarino alemán hundió un navío brasileño en el Atlántico y los japoneses tomaron el puerto británico de Singapur. Zweig se temía lo peor. Benedetti escribió que la vida se compone de tres etapas “vacilar, vacilar y morir” y el austríaco parecía cansado de vacilar. El 18 de febrero, cinco días antes de quitarse la vida, escribió una carta a su ex esposa Friderike. Zweig se expresa en pasado:

Espero que estés animada, con buena salud, y que Nueva York, con su variedad, te ofrezca algo de su riqueza artística. Aquí solo tuve a la naturaleza, preciosa, y buenos libros, viejos buenos libros que leo y releo siempre.

Tuyo por siempre,
Stefan.

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Stefan y Lotte visitaron Río por última vez la semana de carnaval. La fiesta más ruidosa y colorida del planeta tomaba forma de barca de Caronte para la pareja. El plumaje de los disfraces cariocas contrastaba con el sentir de Zweig, quien arrastró su alma por las calles de Río durante dos días. Dines dice que la alegría no le molestaba, pero agudizaba su depresión. Aunque aceptaron bajar a Río para despejarse, evitaron el baile de gala del Teatro Municipal la noche del 17 de febrero. Allí esperaba Orson Welles, quien trató de conocerle porque le consideraba un autor “sublime”. A diferencia del austríaco, Welles paseó por la ciudad como una estrella rutilante, en un coche descapotable escoltado por motocicletas de la policía especial. Zweig agonizó en la sombra hasta que al día siguiente, la mañana del 18 de febrero, los diarios informaron que las tropas alemanas e italianas habían quebrado el frente británico en África, que Singapur había caído en manos de los japoneses. Zweig y Lotte volvieron inmediatamente a Petrópolis. Se recogieron en la pequeña Austria serrana con sus lomas verdes y sus nubes bajas.

El 22 de febrero de 1942, Zweig y Lotte comieron en una confitería del centro de Petrópolis. Al salir, pasaron por la oficina de correos para que el autor mandase sus últimas cartas. Finalmente volvieron a casa, al cuarto de donde ya no salieron, a la soledad de sus dos camas, al silencio final. ¿Qué hicieron entonces? ¿Se amaron? ¿Callaron? “Un acto así”, escribió Albert Camus, “se prepara en el silencio del corazón, como las grandes obras de arte”. Al día siguiente la criada del matrimonio se extrañó de que tardasen tanto en levantarse. La pareja no madrugaba últimamente, los problemas asmáticos de Lotte impedían que tuviesen un sueño tranquilo. Pero dieron las dos, las tres, las cuatro de la tarde. Al final la criada abrió la puerta y entonces...

*
Se suicidaron en pareja. Emularon al poeta alemán Heinrich von Kleist y a su compañera, que se habían quitado la vida en 1911. En su biografía sobre Kleist, Zweig había escrito que al poeta le aterraba la soledad de la muerte. Quizás por eso... “Yo creo que primero”, dice Álvaro Abós, “lo que explica en primera instancia su muerte, es la cantidad de suicidas alemanes en el exilio. Ellos pensaron que Hitler iba a destruir el mundo y que eso era imparable, todos lo pensaban. Es como lo que dijo Nietzsche: ‘Cuando la luz ya no ahuyenta la noche ni el dolor’ ”.

Escribió 21 cartas de despedida e instruyó a su albacea para devolver los libros que tenía en préstamo de la Biblioteca de Petrópolis; incluso dejó instrucciones para que su perro Plucky encontrase un nuevo hogar, pero dejó un libro inacabado, una biografía sobre el pensador francés Michel de Montaigne. Se le resistió. Recluido en su castillo, cuatro siglos atrás, Montaigne escribió: “Saber morir nos libera de toda esclavitud y obligación”. La policía encontró dos cajitas de fósforos en la mesa de noche más cercana a Zweig. Dines y Abós cuentan que en aquella época, mediados del siglo XX, se podían conseguir fácilmente pastillas de morfina y que se guardaban en cajitas así. Las autoridades brasileñas nunca practicaron la autopsia a los cadáveres y el interrogante permanece hasta hoy.

Muerto, rígido, Zweig semejaba un mar en calma. En las imágenes que se guardan de aquel día, el escritor parece sumido en un sueño profundo, con la boca medio abierta y las manos sobre el pecho. La poetisa chilena Gabriela Mistral, vecina de la pareja en Petrópolis, mandó una carta al suplemento cultural de La Nación dos días después: “Al fin entré en el dormitorio y estuve allí no sé cuánto tiempo sin levantar la cabeza. Yo no podía o no quería ver. En dos pequeños lechos juntos estaba el maestro, con su hermosa cabeza solamente alterada por la palidez. La muerte violenta no le dejó violencia alguna”.

A su muerte todos hablaron. El escritor bahiano Jorge Amado, que había condenado Brasil, país de futuro aun sin leerlo, escribió: “Todo el drama humano del escritor y su mujer escapó a mi visión”. En Buenos Aires, el escritor Luis Reissig dijo que había sido “un fanático de la independencia”, como Erasmo. Luego hubo quien le ignoró e incluso le criticó. Victoria Ocampo, directora de la revista Sur, ni siquiera mencionó su muerte. Desde Chile, el poeta Pablo Neruda condenó la “cobardía” del austríaco: “Es la muerte de un hombre que nada tiene que hacer ya en la tierra en un momento de grandes tareas”.

La última corbata de Zweig fue de color negro. Una mancha de sudor le cubría la camisa sobre el torso, quizá, como señala Álvaro Abós, porque “morir es un trabajo que exige muchas energías”. Ambos aparecieron en la misma cama, de anchura castrense, ella enroscada al brazo de su esposo y sus facciones alteradas, un rostro ajeno al mundo que acababan de dejar. Por la posición de los cuerpos, es fácil suponer que Zweig murió antes y Lotte después. En la pieza no había libros, ni manuscritos, ningún texto en las mesillas de noche o en el suelo. Solo en la pared, frente a las camas, colgaba un poema del autor portugués Luís de Camões, varios versos de Os Lusíadas. Son las últimas palabras que vieron los ojos del autor:

No mar tanta tormenta e tanto dano,
Tantas vezes a morte apercebida!
Na terra tanta guerra, tanto engano,
Tanta necessidade avorrecida!
Onde pode acolher-se um fraco humano.


Articulo: http://www.elmalpensante.com  03∕2016