mercredi 6 juillet 2016

Víctor GOMEZ PIN∕ El legado de ARISTÓTELES

El legado de ARISTÓTELES
Por Víctor GOMEZ PIN

Instituciones culturales del mundo entero celebrarán en 2016 el XXIV centenario de Aristóteles en agradecimiento a quien fue pionero en la formulación de grandes interrogantes del pensamiento universal.

El nombre mismo de Aristóteles trae de inmediato a colación el de los detractores de algunas de sus tesis: Darwin sosteniendo la evolución de las especies, Copérnico o Galileo socavando las bases de la teoría geocéntrica… Y sin embargo, instituciones culturales del mundo entero se disponen a celebrar a lo largo del año 2016 el XXIV centenario de Aristóteles, nacido en 384 a.C. en la localidad de Estagira, no lejos de la actual república monástica de Monte Athos.

El filósofo… El científico

En los debates previstos, uno de ellos en el marco de las celebraciones en San Sebastián como Capital Europea de la Cultura 2016, participarán, además de filósofos, eminentes científicos, cubriendo disciplinas que van desde la cosmología a la biología, y desde luego historiadores de las ideas políticas, morales y estéticas. Ello es expresión del profundo agradecimiento a Aristóteles de quienes estiman que la mayor razón de ser de la especie humana es contribuir al enriquecimiento del pensamiento y el lenguaje. Me permitiré al respecto evocar una anécdota que data ya de un cuarto de siglo: trasladado a Estagira, en el día de asueto de un congreso celebrado en Tesalónica, el pensador americano Hilary Putnam, presidente de honor del evento, fue presa de una contenida pero fuerte emoción, que se contagió a muchos de los presentes, por el mero hecho de estar tomando la palabra ante el paisaje que había enmarcado la infancia de Aristóteles.

Lo cierto es que cuando en nuestro tiempo la ciencia misma se ve abocada (en razón del estupor provocado por algunos de sus propios logros) a retomar las viejas interrogaciones filosóficas relativas al entorno natural y a la propia naturaleza del hombre, se hace evidente que Aristóteles, conocido durante siglos como El Filósofo, podría con justicia haber sido denominado también El Científico. No ciertamente porque siempre fueran acertadas las respuestas dadas a sus propias interrogaciones, sino por el hecho mismo de haberlas planteado y por su proceder general consistente en hacer brotar la interrogación filosófica desde la práctica de las disciplinas científicas, en alguna de las cuales fue auténtico pionero.

Problemas aristotélicos: un referente en nuestras vidas

De ahí que el peso de Aristóteles vaya mucho más allá de sus propios errores o del dogmatismo de quienes a él se han reclamado. Ciertamente el listado del “debe” no se limita a la tesis de la inmutabilidad de las especies: el aristotelismo vio cómo la teoría geocéntrica era abandonada por la imposibilidad de explicar a través de la misma los fenómenos celestes; vio cómo el infinito, que consideraba una noción absurda, alcanzaba sentido y concreción, no en la cosmología pero sí en la matemática del siglo XX (tanto en forma de infinitamente grande como de infinitamente pequeño); y hoy, confrontado a las consecuencias filosóficas de la mecánica cuántica, Aristóteles asistiría atónito al cuestionamiento de principios lógicos y ontológicos que él mismo había erigido en condición de posibilidad de la razón y el juicio, e incluso del funcionamiento del orden natural, etcétera.

Y sin embargo sigue siendo lícito pensar que tanto para la ciencia (y como veremos también para la filosofía, nunca confundida con la ciencia pero apoyándose en ella) retornar a la disposición de espíritu de Aristóteles es como reencontrar la propia y fértil matriz. Pues si hoy podemos afirmar que hay evolución de las especies, es naturalmente porque tenemos claro qué es una especie (lo que distingue por ejemplo a una especie de un individuo), cosa a la que Aristóteles contribuyó de manera determinante. Asimismo, los términos de la discusión cosmológica a lo largo del siglo XX sobre la magnitud del universo, el destino de su expansión y sus características topológicas, nunca serán extraños al lector del aristotélico Tratado del Cielo, en el que el Cosmos es presentado como un todo limitado y esférico. Y, desde luego, los debates a lo largo de la historia de la física han confirmado la relevancia que Aristóteles otorgaba al problema del vacío, y en este caso hasta la respuesta que dio al mismo: pues aunque (en palabras de Borges) “los físicos alcanzaran niveles cada vez más profundos de vacío, ante el estupor de los aristotélicos”, de hecho la física del siglo XX más bien refuerza la tesis aristotélica de que una distancia sin soporte material (hoy diríamos sin materia o campo) constituye como máximo una ingeniosa idea de la imaginación matemática.

En suma, si se han abandonado las respuestas de Aristóteles a problemas por él planteados, es en razón de que nos hemos introducido en esos problemas, hemos hecho de los mismos un referente de nuestras vidas; pero, sobre todo: hemos hecho nuestra la convicción aristotélica de que acceder al conocimiento del entorno natural y explorar las potencialidades del espíritu forma parte del proyecto de todo ser humano. Y con esta afirmación no hago otra cosa que recoger el arranque de la obra de Aristóteles conocida como Metafísica, arranque que no entrecomillo porque las líneas que siguen más que una traducción son un esbozo de glosa: En razón de su naturaleza (physei), todos los humanos (pantes anthropoi) son movidos por el deseo (oregontai) de simbolizar y razonar, empapando las cosas con ideas (tou eidenai).

‘El ardiente deseo de toda mente pensante’

Reflexionando en uno de sus libros sobre una cuestión estrictamente científica (las bases de la teoría dela relatividad) el interlocutor mayor de Einstein que fue el Nobel Max Born introduce una digresión para indicar que la explicación de los fenómenos, el lograr asentarlos sobre suelo firme, sería una pulsión omnipresente en el ser humano y de alguna forma irrenunciable.

Así, también para este eminente científico el deseo de dar cuenta de las cosas es propio de todas las mentes pensantes, no meramente de una élite social, religiosa o intelectual. Tesis de resonancias aristotélicas, que hace inmediatamente pensar en las citadas primeras líneas de la Metafísica. Casi como mero corolario de esta concepción (que me atrevo a calificar de antídoto contra el nihilismo y condición de todo proyecto verdaderamente humanista), Aristóteles nos mueve a entender las tremendas consecuencias de la ausencia de las condiciones materiales y sociales de que tal sea nuestro destino. Pues el deseo de simbolizar y conocer, el deseo de actualizar en uno mismo lo singular de la especie humana, solo prima cuando precisamente está resuelto lo relativo a la subsistencia, es decir, a la necesidad animal. Y de hecho ni siquiera eso basta: Aristóteles precisa que las cosas verdaderamente propias del hombre, cosas como la representación trágica (síntesis de música y poesía de la cual estaban excluidos los esclavos) y la matemática, solo son posibles cuando están solventadas no solo las cuestiones relativas a la necesidad, sino también las relativas a la distracción, el ornato y hasta la belleza. A lo cual se añade algo aún más importante: solo en condiciones de libertad pueden los humanos practicar aquello a lo que su naturaleza específica les llama.

En libertad… pensar

“Y así, cuando las técnicas proliferaron, unas al servicio de las necesidades de la vida, otras con vistas al recreo y ornato de la misma, los inventores de las últimas eran con toda justicia considerados más sabios, dado que su conocer no se subordinaba a la utilidad. Mas solo cuando tanto las primeras técnicas como las segundas estaban ya dominadas, surgieron las disciplinas que no tenían como objetivo ni el ornamentar la vida ni el satisfacer sus necesidades, Y ello aconteció en los lugares donde algunos hombres empezaron a gozar de libertad. Razón por la cual las matemáticas fructificaron en Egipto, pues la casta de los sacerdotes no era esclava del trabajo”. (Metafísica A 981a-981b-25)

La libertad era a tal punto considerada por Aristóteles como condición de la realización del ser humano que llegó a considerar que el esclavo se hallaba por definición apartado de la humanidad. Afirmación que tuvo gran eco en Marx, para quien mostrar lo deshumanizador de la esclavitud era mucho más movilizador que pensar, como el estoico, que en las propias cadenas se es rey. Actualizando el problema cabría decir que tal realización del ser humano pasa por abolir las condiciones sociales que solo dejan lugar a modalidades embrutecedoras de subsistencia.

Y es muy significativo que el primer ejemplo que Aristóteles nos da sea el de la matemática, una ciencia que Aristóteles considera como una disciplina esencialmente teorética (es decir, absolutamente ajena a objetivos que no sean los derivados de sus propias construcciones). Desde luego somos tan poco fieles a la concepción aristotélica del saber cómo algo en lo que el hombre encuentra su realización (y que en consecuencia ha de valer por sí mismo), que la matemática es hoy socialmente concebida como mero instrumento para disciplinas con finalidades prácticas, e incluso instrumentalizada al servicio de la selección social. En todo caso, esta libertad de la que es expresión la matemática no sería para el Estagirita más que una etapa, casi preliminar o propedéutica, en relación a la práctica que supondría la filosofía.

Supongamos pues que efectivamente las cuestiones de subsistencia no son ya una preocupación de los humanos. Supongamos asimismo que cada uno de nosotros tiene garantizado un entorno decente para proseguir su vida: Un entorno salubre más también un entorno armonioso, un entorno que responde a la exigencia de ornato inscrita en nuestra condición natural.

Se hallaría así en situación de pensar... libremente, es decir, no sometiendo al pensamiento a otras obediencias y finalidades que las que impone el propio pensamiento. El pensamiento es sin duda tensión, pero en el individuo humano no domesticado o reducido se trata de una tensión natural (piénsese en que también para el águila es tensión el volar, sin que por ello renuncie a hacerlo..., salvo obviamente cuando las fuerzas abandonan). Esa tensión del espíritu conduce a la filosofía, disciplina de la que el Estagirita tiene una concepción tan noble que, cabe decir, es sustentándose en la misma que los organizadores del Congreso Mundial de Filosofía a celebrar en Pekín en 2018 pueden dar al evento el título general de “Learning to be Human”. Sin embargo la filosofía no es nunca el punto de arranque, la filosofía supone para el espíritu una larga secuencia de retos previos, retos de conocimiento, pero no solo de conocimiento, que Aristóteles asumió y por lo cual puede ser considerado simplemente El Pensador: Aristóteles pionero en la ciencia, registrador de las dificultades de la misma, concretamente de la física y, en consecuencia de ello, explorador tras la física, literalmente meta-físico.

El legado de Aristóteles

Apostando a que conocer es lo nuestro, Aristóteles nos ayudó a ser lógicos, a percibir la importancia de establecer criterios que posibiliten la distinción y la clasificación, y aplicar estos criterios al ámbito primordial de la frontera entre lo inanimado y lo animado; nos ayudó a adentrarnos en lo inanimado, a fin de descubrir los rasgos que permiten reconocer el ser en su forma primaria, la naturaleza elemental, y a percibir entonces la diferencia radical que en relación a la misma supone la complejidad de la vida...

De la mano de Aristóteles, Lineo establecía sus calificaciones y del método clasificador de Aristóteles no se apartan excesivamente los genetistas contemporáneos. Aristóteles intuyó que la diferencia individual no es reductible a forma y que por eso no hay ciencia de los individuos, asunto en el que no anda muy lejos la genética contemporánea, obligada a referirse a secuencias del genoma no codificadoras de proteínas, por cuya azarosa interacción dos individuos se distinguen (de ahí la dificultad para pasar de mapas genómicos de especies a determinación genómica de individuos). Aristóteles tuvo impresionantes intuiciones topológicas (lo que permitió que un matemático de nuestro tiempo lo caracterizara como el primer y más grande pensador del continuo), y en lo concerniente al tiempo tuvo una impresionante premonición del segundo principio de la termodinámica.

Aristóteles rechazó el vacío y los partidarios del modelo cosmológico inspirado en la esfera de Riemann nunca podrán rechazar su tesis de un universo acotado y esférico de manera tan tajante como lo hacen con la infinitud del espacio de Newton. Aristóteles introdujo la crucial distinción entre la entidad en potencia y la entidad en acto, aspecto por el cual es parcialmente redimido en el seno de la teoría cuántica que, por otro lado, con mayor radicalidad pone en tela de juicio ciertos pilares ontológicos y epistemológicos del aristotelismo.

En fin, sin la tarea de Aristóteles catalogando y mostrando los vínculos entre los problemas de sus predecesores, quizás no hubiéramos siquiera tenido acceso real a esos pensadores hoy llamados presocráticos, de tal manera que puede considerarse a Estagirita como el primer gran historiador de las ideas. Por todo ello sería, por así decirlo, de mal nacido no mostrar agradecimiento a Aristóteles… Pero como ya he indicado no es tanto por sus aciertos o desaciertos en materia científica por lo que Aristóteles es primordial, sino por la actitud con la que aborda la ciencia misma, resultado de su concepción de la naturaleza del ser humano, la cual no es fruto de una especulación sino de su trabajo como primer gran biólogo de la historia y supliendo con una prodigiosa intuición y agudeza conceptual la penuria de instrumentos a la hora de establecer comparaciones entre las diferentes especies.

Y en otro orden de cosas, Aristóteles nos ayuda a percibir la causa que provoca la emoción de los espectadores en la representación trágica y, como hemos visto, en sus tratados ético-políticos nos da la clave de lo que es forjar una polis, es decir, un ámbito de relaciones humanas configurado por la ley. Pero el legado mayor de Aristóteles es el haber sentado los cimientos de algo que tiene su origen en la exploración de la naturaleza por los presocráticos y cristaliza en esa aventura mayor del espíritu que constituye la filosofía: la filosofía surgida, tal como está ocurriendo en nuestra época, como resultado de un estupor provocado por esa misma exploración de la naturaleza, estupor provocado por la física y así reflexión tras la física, reflexión literalmente meta-física.

El asombro ante las cosas

“Pues los hombres empiezan y empezaron siempre a filosofar movidos por el asombro. Al principio su asombro es relativo a cosas muy sencillas, mas poco a poco el asombro se extiende a más importantes asuntos, como fenómenos relacionados con la luna y otros que conciernen al sol y las estrellas y también al origen del universo. Y el hombre que experimenta estupefacción se considera a sí mismo ignorante (de ahí que incluso el amor de los mitos sea en cierto sentido amor de la sabiduría, pues el mito está trabado con cosas que dejan al que escucha estupefacto). Y puesto que filosofan con vistas a escapar a la ignorancia, evidentemente buscan el saber por el saber y no por un fin utilitario.

Y lo que realmente aconteció confirma esta tesis. Pues solo cuando las necesidades de la vida y las exigencias de confort y recreo estaban cubiertas empezó a buscarse un conocimiento de este tipo, que nadie debe buscar con vistas a algún provecho. Pues así como llamamos libre a la persona cuya vida no está subordinada a la del otro, así la filosofía constituye la ciencia libre, pues no tiene otro objetivo que sí misma” (Metafísica, 982b17-28).

Una apuesta, ya sea parcial, por la tesis defendida en este texto, un mínimo de confianza en el efectivo aspecto desprendido y liberador del hecho mismo de pensar, tiene inmediato corolario en la denuncia de lo que supone vivir en una sociedad que da la espalda al pensamiento, o que incluso se sustenta en su repudio.

Para la inmensa mayoría de los humanos la lucha por la subsistencia ocupa la integridad de sus jornadas. Y aun ateniéndose a los privilegiados ámbitos en los que esta esclavitud inmediata queda atrás, perdura la imposibilidad de vivir en condiciones no ya de ornato y confort, sino incluso de salubridad, es decir, imposibilidad de vivir simplemente con decencia. Todo ello supone un nihilista repudio de la tesis humanista según la cual el hombre solo siente que sus facultades específicas están realmente operativas cuando estas se ejercitan en ausencia de toda necesidad exterior, cuando no constituyen un mero instrumento para objetivos propias de la generalidad animal y no de la especie.

La razón, el lenguaje y la doble modalidad de la techne (la que aspira a construir y la que aspira a simbolizar) activadas... libremente, por el mero gozo de sentirse hombre: libertad para el espíritu de cada individuo indisociable de la libertad global de la sociedad o libertad de cada hombre frente a los demás hombres… El envite que se sigue como corolario de la antropología aristotélica se resume en el objetivo antes señalado, que habría de serlo para todos y cada uno de nosotros: en libertad pensar.

Víctor Gómez Pin es catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona. Autor de una treintena de libros, entre ellos Filosofía: Interrogaciones que a todos conciernen.


Articulo: http://www.elboomeran.com 18∕04∕2016