mercredi 6 juillet 2016

Walter OMAR KOHAN∕ Diegón o sobre el juego de la pelota

Diegón o sobre el juego de la pelota
Un diálogo desconocido de Platón
Por Walter OMAR KOHAN

Encontrados por casualidad hace algunas décadas y aún en proceso de restauración, estos papiros atribuidos a Platón confrontan a Sócrates con un atleta bárbaro de tierras australes. Con la habilidad y soltura de quien dedica su vida a los regates, Diegón, figura máxima del juego de la pelota, sortea la maraña mayéutica en torno a la naturaleza del deporte y la virtud de quienes lo practican.

Sócrates no escribió casi nada y Platón lo escribió casi todo. La ambivalencia semántica de un diminuto objeto directo y de un no menos pequeño adverbio de cantidad muestra plenamente, en toda su desnudez, la conocida cuestión socrática: ¿qué y a quién escribió Platón? Esta es la cuestión de Sócrates. Casi toda. Al menos la de sus seguidores. Porque es cierto que muchos otros, entre ellos Aristófanes y Jenofonte, Antístenes y Aristóteles, en fin, casi todos los que hicieron filosofía en Grecia después de Sócrates, también lo escribieron. Pero la fortuna y la historia han querido que entre ellos hablara más alto el Sócrates de Platón o, para decirlo más literalmente, el Platón de Sócrates.

Los doxógrafos afirman que Platón, antes de los diálogos, había escrito tragedias que después quemó; el por qué no está muy claro. Algunos aducen que en ellas no había dado un papel suficientemente relevante a Sócrates y que, por eso, escribió entonces los diálogos socráticos.

Estos diálogos, llamados por los filólogos “tempranos” o “de juventud”, llevan el nombre de aquellos que se atreven a hablar con Sócrates: Eutifrón, un sacerdote; Laques, un militar; Ion, un poeta; Protágoras, un maestro; Lisis y Cármides, dos jóvenes; Trasímaco, un político; Critón, un amigo; en la Apología, los jueces. Hay otros, claro. Podemos agregar a esta lista el diálogo inédito que aquí estamos presentando en versión castellana: con Diegón, un atleta. Llamarlos por su nombre es la ofrenda de Platón a los caídos, personajes que empiezan en el entusiasmo y terminan en la confusión, que siempre empiezan por saber y terminan por no saber. La tradición temprana interpretó otra cosa. Añadió a estos nombres un subtítulo que pretendía indicar el tema principal de los diálogos. Nada más errado que creer que Sócrates o el otro hablan de eso. El otro sabe pero Sócrates no deja a nadie saber. Platón lo dice a su manera con sus títulos. Sócrates no habla. Todo lo que hace es dar y negar la palabra. Pide la palabra del otro, la del supuesto saber. Pero no deja que nadie hable. Todos van a parar al mismo lugar, al desconcierto y la ausencia de tal saber. El esquema seducción-interrogación-refutación-confusión es la huella de todos estos diálogos. Lo que cambia es la forma en la que quienes pretenden hablar con Sócrates se relacionan con esa trayectoria.

Los responsables de todo son los jueces. Quiero decir, los que condenaron a Sócrates; al fin, también condenaron a tantos siglos a hablar de esa muerte. El propio Sócrates, también hay que decirlo, si de algo habla es de su muerte. Basta leer la Apología y elCritón. Como descargo de los jueces, en todo caso, puede decirse que no tomaron muy en serio la condena y que, además, no era muy fácil de evitar. Fueron Sócrates y Platón los que se la tomaron en serio. Quisieron que Sócrates muriera. Y Sócrates se mató en las palabras de Platón.

Hijo de escultor y partera. Feo. Vigoroso. Asceta. Juicioso. Grotesco. Melancólico. Calculador. Excéntrico. Enigmático. Insistente. Testarudo. Pero sobre todo, feo, muy feo. Así es Sócrates. Antinómico. Burlón y mordaz, se burlaron de él todos los cómicos; cínico e irónico, murió de la más cínica ironía; profesional de la filosofía, el primero, cae bajo sus paradojas: desprecia la política y muere como un político; dice que no ha sido maestro de nadie y no ha parado hasta ahora de generar aprendientes; enseña a no escribir y está escrito como actor principal de casi todos los diálogos. Así es Sócrates. Instaura la palabra y no habla. Sabe y no sabe. Pide la verdad y miente. Desprecia el poder y exhorta a saber para poder. Lee y no escribe. Es feo y procura belleza. Elige lo no elegible: la muerte. Así es Sócrates. Un mito. Un enigma. Una locura.

Pero vamos ya al propósito central de esta nota. En el otoño europeo de 1960, se encontraron en la ciudad de Derveni (ex Yugoslavia) restos de un papiro que contenía textos de los siglos V y IV a. C. Ante el estado calamitoso en que fue hallado el material, se necesitaron más de cincuenta años de intenso trabajo para que los profesores H. Theodoropoulos y S. Manipoulos, de la Universidad de Tesalónica en Grecia, recién pudieran editar, hacia fines del año pasado, una parte del mismo, que contiene algunos fragmentos de Heráclito y de sofistas y una parte importante de un diálogo de Platón hasta hoy desconocido, el Diegón.

El Diegón presenta una de las típicas conversaciones socráticas de los diálogos de juventud. Razones de estilo y de contenido hacen que los platonistas no duden en situar su fecha de composición después de la Apología y el Critón y antes del Fedón y el Crátilo. Esto es, habría sido escrito alrededor del 387, muy cerca del Eutifrón y el primer libro de La República (o Trasímaco). En cuanto a la fecha dramática, las referencias en el texto a Polidamas de Tesalia y Diegón de Phyoritos, ambos de destacado desempeño en la Olimpíada del 424 a. C. (cf. Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres, XIII, 14), y el deceso de Polidamas atestiguado por la Suda, enciclopedia bizantina, en el 406 a. C. permiten situar la conversación que narra el Diegón aproximadamente entre los años 420 y 410 a. C. En cuanto a su género, el Diegón es, al igual que otros diálogos como elProtágoras, el Lisis y el primer libro de La República I un relato narrado en primera persona por Sócrates. En este aparece la típica preocupación socrática por la búsqueda de la verdad, aquí bajo la forma de la indagación acerca de la ousía (que hemos traducido, no sin dudar, por “esencia”) de las competencias atléticas. La relación cuerpo-alma, la concepción socrática de la areté (“virtud” o “excelencia”) y la relación deporte-ética-política son algunos de los tópicos sobre los que el Diegón está llamado a echar alguna luz.
A continuación presentamos la traducción directa del texto griego según la citada edición de Theodoropoulos y Manipoulos (Universidad de Tesalónica, 2015). Hemos limitado las notas aclaratorias o eruditas al mínimo indispensable y procuramos conservar la belleza del lenguaje y el estilo del texto original. También hemos querido homenajear a Diegón, un personaje que, al decir de muchos otros testimonios, ha hecho feliz a mucha gente. El lector juzgará en qué medida logramos plasmar en la letra estos propósitos.

Diegón o sobre el juego de la pelota

Cuando volvíamos con Glaucón1 de ofrecer una plegaria a la diosa en el Pireo nos interceptaron Polemarco2, Adimanto y algunos otros. Entonces Polemarco se dirigió a mí y me dijo:
–Conjeturo, Sócrates, que os dirigís hacia la polis.
–Pues no has conjeturado mal –contesté.
–Y bien, ¿realmente no sabéis que, en pocos minutos, al caer la tarde, habrá un gran festival de diferentes deportes y se jugará a la pelota en honor de la diosa en aquel gimnasio, cerca de la casa de Polemarco? –dijo Adimanto.
–¡¿A la pelota?! –exclamé–. ¿Se trata de esa competencia gimnástica más propia de bárbaros que de helenos en la que dos grupos de varones se enfrentan, según dicen, corriendo tras una esfera de trapos y tratando unos de introducirla en una especie de puerta de madera y otros en una igual pero opuesta?
–Así es, Sócrates –contestó Polemarco–. Y después del juego celebraremos en mi casa un banquete que no te puedes perder. Quedaos, pues, con nosotros y dejada de lado cualquier otra cosa.
–Bien podríamos quedarnos –dijo Glaucón casi inmediatamente, con su habitual entusiasmo y disposición.
Yo no estaba tan convencido de ir a ese encuentro pero me pareció que podría ser una excelente oportunidad de encontrar a Diegón, ese afamado atleta del que todos hablan, tanto por sus proezas deportivas como por su conturbada vida.

Fuimos entonces a la casa de Polemarco. Había allí un grupo de extranjeros, atletas a juzgar por lo robusto de sus cuerpos; junto a ellos estaban Fedro3 y Polo4, y este al verme entrar me saludó de este modo:
–¡Oh, noble Sócrates!, has llegado en un momento muy oportuno. En efecto, hay aquí un grupo de atletas extranjeros, de regiones muy lejanas de la Hélade, quienes predican –con no poca presunción de su parte– que batirán hasta humillar a los mejores atletas atenienses. Y no parece trivial lo que pregona, Sócrates, por las terribles consecuencias que ello ocasionaría a nuestra polis.
–¡Oh, bienaventurado Polo! Hablas admirablemente, aun cuando no estoy seguro de entender el pleno sentido de tus palabras; pues no dudo que estos jóvenes puedan vencer y humillar en el juego a nuestros atletas, mas no veo tan claramente como tú qué consecuencias tendría ello para nuestra bien amada polis. Si lo explicas con mayor precisión, quizá lo comprenda.
–Claro que sí, Sócrates –respondió Polo.

Y agregó:
–¿Acaso no percibes las secuelas de una derrota ante estos extranjeros? Sabrían en toda la Hélade, y aun fuera de ella, que atletas de ignotas regiones aplastaron a los más nobles y mejor entrenados de nuestra polis. Entonces, muchos extranjeros se envalentonarían y aprovecharían esta situación para cuestionar nuestro liderazgo, no solo en los deportes, no sería lo más grave, sino en todos los otros asuntos. Y creo que no sería fácil acallar esas voces.
–¡Por Zeus! –irrumpió Fedro–. Todos nosotros estamos poseídos por un temor no humano de que puedan suceder tales cosas.
Glaucón y los otros vivaban a Fedro y me instaban a dialogar con él. Durante un rato me negué a aceptar pues creía que el estado de ánimo del grupo no era propicio para filosofar, más al ver que los demás no me dejarían partir sin haber dialogado con Fedro, decidí quedarme e intentar conversar con él, no sin antes advertirle:
–¡Oh, bienaventurado Fedro! Dialogaremos, pero ten bien presente lo siguiente: no estamos aquí ni para que tú, yo o algún otro se luzca, ni para obtener remedio alguno a vuestra inquietud, sino que nuestra meta al conversar no es otra que la de alcanzar la verdad. Así, pues, olvida tus temores y dispón todas tus fuerzas para enfrentar juntos a este adversario, ya que su tamaño se equipara al de una de esas figuras gigantes de las que hablaban los antiguos. Creo, por mi parte, que entender adecuadamente estas cuestiones que os preocupan requiere determinar, cuanto antes y con la mayor precisión, qué es el deporte, pues tras ello se aclararán las posibles consecuencias de un encuentro deportivo. Y confío en realizar con tu ayuda esta ardua tarea. Así que, vamos, pues, noble y bello Fedro, no escatimes esfuerzo ni conocimientos y dime qué es el deporte.

Fedro, que no salía de su asombro por haberme puesto tan pronto en medio de arduos asuntos, me preguntó:
–¿Acaso te refieres, amado Sócrates, a ese arte pugilística que practica Polidamas de Tesalia, aquí presente, o a aquel arte del balón de trapos en que sobresale el también aquí presente Diegón de Phyoritos, o a aquellas corridas libres y elegantes en las que se destacan los habitantes de la isla de Samos? ¿Estoy comprendiendo bien lo que me preguntas, Sócrates?
–No me refiero, querido Fedro, a ninguna de esas artes en particular, sino a todas en general, a esa única esencia5 que todas esas actividades comparten y nos permite llamarlas “deporte” y no poesía, ni retórica, ni filosofía.

Fedro se veía un poco aturdido por la complejidad de la cuestión que estábamos abordando. Pero, al mismo tiempo, no quería perder la oportunidad de lucirse ante su audiencia. De modo que sin muchos rodeos se lanzó valientemente a responder.
–Pues bien, Sócrates: el deporte es esa actividad por la cual dos hombres o dos grupos de hombres se adiestran para enfrentarse y determinar quién de ellos es mejor.

Fedro había hablado con emoción y, después de haberlo hecho, algunos lo exaltaban fervientemente, aplaudían, vivaban y coreaban su nombre. Unos pocos ponían cara de asombro, seguros de que nuestra conversación estaba solo en sus inicios.
–¡Oh, noble Fedro! Tal como quería que respondieras, así lo has hecho. Lo que aún no sé es si es verdad o no lo que afirmas. Vamos a tomar un camino que tal vez no sea el más corto, pero es el más certero, si lo que deseamos es llegar a la verdad. Respóndeme entonces lo siguiente, bienaventurado Fedro. ¿Reconoces que Polidamas, Diegón y los otros deportistas aquí presentes, e incluso los habitantes de otras tierras, tienen algo compuesto de huesos, músculos y vísceras, a lo cual denominamos cuerpo, y otra parte que no vemos sino que es inteligible, a la que algunos llaman alma? Esto es, Fedro, y te pido que no te detengas por más grande que sea el tamaño de nuestra búsqueda, ¿todos los que practican deportes no están acaso compuestos de cosas que vemos, a las que llamamos cuerpo, y de cosas que no vemos, a las que llamamos alma?
–Por cierto que sí, Sócrates, aunque no veo qué relación guarda lo que me preguntas con la presente discusión.
–Y estas dos partes, me refiero al cuerpo y al alma, ¿son semejantes o desemejantes entre sí?
–Sin duda que las más desemejantes de todas las cosas –replicó.
–Has respondido muy bien, Fedro, y no tengo duda de que llegaremos a buen puerto si continúas con ese coraje y determinación. Ahora dime, qué te parece lo siguiente: Polidamas, cuando golpea a un adversario, o Diegón, al empujar la pelota hacia la puerta del adversario, o cualquier otro atleta, en cuanto atleta, ¿se vale del cuerpo o bien del alma para practicar el deporte que practica?
–Es evidente que del cuerpo, Sócrates. Pero continúo sin entender el camino por el que nos llevan tus preguntas.
–Enseguida lo comprenderás, noble Fedro. Pero antes dime: la bondad, la valentía, la prudencia y todas las otras cosas que llamamos “excelencias”, ¿son excelencias del cuerpo o del alma?
–Del alma –replicó al instante.
–Ahora dime, Fedro, ¿qué es lo que hace mejor a un deportista que a otro? ¿No lo es el poseer en mayor grado tales excelencias? ¿No es su excelencia lo que hace a un deportista el mejor entre sus pares?6
–Por cierto que sí, Sócrates.
–Sea, Fedro. Pero, ¿acaso es posible que algunas cosas generen otras contrarias a sí mismas?
–Esta vez no entiendo lo que me preguntas.

Los atletas extranjeros parloteaban a viva voz y, a juzgar por el tono de sus voces, algunos estaban embriagados. Cuando la calma se restableció, traté de animar a Fedro con estas palabras:
–Piénsalo respecto de la presente discusión, querido amigo: ¿puede el cuerpo generar una excelencia del alma?, ¿acaso puede el hombre mejorar su alma mediante algo que es propio del cuerpo?
–Ciertamente, Sócrates, solo el alma puede hacer mejor al alma y no es a través del cuerpo que un alma puede alcanzar su excelencia.
–Y entonces, Fedro, si el deporte no puede hacer mejor a las almas, nada hay que temer de una competencia deportiva cualquiera sea su resultado. ¿No es así, Fedro? Y si es así nada debe preocuparnos de los juegos en que los extranjeros eventualmente derroten a los atenienses, porque lo que allí acontezca podrá afectar nuestro cuerpo pero no nuestra alma. ¿Concuerdas también en esto, Fedro?

Mientras los compañeros de Fedro se miraban entre sí con asombro, observé que durante la última parte de nuestro diálogo uno de los extranjeros se había acercado para escuchar nuestra conversación, como si entendiera. Era de baja estatura y aspecto servil, apariencia disimulada solo por su mirada vivaz e inquieta. Usaba cabello encaracolado, que lo hacía todavía más gracioso. Cuando llegamos a este punto, como si algo de lo escuchado lo hubiera afectado intensamente, se acercó aún más y, dirigiéndose a mí, no sin alguna dificultad expresó con un acento inconfundiblemente extranjero:
–Soy Diegón, de Phyoritos7, hijo de la divina Thotas. Al verte entrar creí reconocer en tus ojos saltones y tu nariz chata a ese hombre sabio del que todos hablan, aun en los lugares más lejanos de donde venimos algunos de nosotros; y al escuchar tu nombre, ya no tuve dudas de que estaba ante ese increíble varón, cuya fama no ha sido ni será jamás igualada, al menos con respecto al arte de hacer preguntas que nadie parece poder responder, ni siquiera tú mismo, ejemplar Sócrates.
–¡Oh, simpático y atrevido Diegón!, no estamos aquí para ensalzar mi fama o la tuya, si la tienes, sino que conversábamos acerca de algo que, por lo que parece, te compete en gran medida: ¿cuál es la esencia del deporte? Pues eres aquel afamado varón del que dicen nunca ha habido otro igual por tu habilidad en el juego de la pelota. ¿Es así como dicen, Diegón de Phyoritos? Al menos, has intervenido en un momento propicio, en que estábamos en dificultades. Pero con tu ayuda seguramente podremos vencer estos obstáculos. Por cierto, osado Diegón, por tu excelencia en el arte de la pelota, quizá estés en mejores condiciones que Fedro para responder lo que pregunto: de modo que contesta tú mismo, bienaventurado Diegón, ¿qué es el deporte?
–Con qué habilidad llevas las cosas a tu terreno, Sócrates, y qué bien ganada tienes tu fama en lo que a la palabra se refiere. Me admira el modo en que refutaste a Fedro, aunque no entiendo muy bien eso de que el deporte tenga que ver solo con el cuerpo y no con el alma. En cuanto a mí, me invitas a hablar y no a competir, que es mi mayor virtud; pero igualmente te responderé... No es nada fácil lo que me preguntas pues yo solo podría responder respecto del deporte que practico y amo, la pelota, pero en todo caso arriesgaré una definición, porque, como dices, lo que importa no es quién dice qué sino si el diálogo permite llegar a la verdad. Yo creo que el deporte es el arte de hacer feliz a la gente. Y ahora, ¿qué me dices, Sócrates? Vamos, ¡refútame! ¿Por qué te quedas callado de esa forma? No temas por mí que ya he soportado muchas injusticias y soy capaz de recibir una más. Vamos: ¡refútame!

El pequeño y robusto Diegón parecía tomado por una fiebre linfática, como si hubiera ingerido una de esas sustancias venidas del Oriente que hacen creer a algunos que están más cerca de la verdad. Al mismo tiempo, su entusiasmo era contagioso y los otros lo animaban como si estuvieran en un estadio deportivo. Solo se podía escuchar un grito, algo así como: “Diegóóóóón... Diegóóóóón”. La gritería era tan fuerte que no conseguía siquiera pensar en lo que el pequeño gladiador me había dicho. Cuando los ánimos se calmaron un poco y las personas estaban más atentas para escucharme le dije:
–Noble Diegón, veo ahora que no solo eres hábil en el arte de la pelota, sino también en el de la imaginación. Pues no es poca cosa lo que has propuesto. Sin embargo, es preciso que lo examinemos para poder determinar si se ajusta o no a la verdad. Dime, Diegón, ¿una persona es siempre feliz por cosas buenas o puede ser feliz también por cosas malas?
–Ciertamente, Sócrates, tanto el bien como el mal pueden provocar felicidad –respondió rápidamente Diegón–. Por ejemplo, un equipo que juega muy bien durante todo un partido puede perder sin merecerlo y la derrota provocar infelicidad a su gente; o también puede ser que juegue muy mal y gane y provoque mucha felicidad a los suyos. De modo que alguien puede jugar mal y ser feliz, o jugar bien y ser infeliz y provocar infelicidad a sus seguidores.
–Entonces tu definición no se aplica a todos los casos y no responde a lo que preguntaba, ¿no es cierto, Diegón?

Los gritos ya no eran tan fuertes, la euforia había dejado lugar a cierta preocupación en Diegón y sus seguidores. Sin embargo, el moreno gladiador no parecía desanimado y enseguida respondió con ímpetu:
–Es cierto lo que dices, Sócrates, y te has mostrado nuevamente muy hábil en el arte de la palabra. Con todo, preciso hacer algunas aclaraciones. El bien y el mal a los que me refiero no son producto del juzgar o valorar sino de una manera de estar en el mundo. El deporte es un arte. No tiene nada que ver con el bien o con el mal moral sino con la belleza. Cuando respondí que alguien puede jugar bien y ser infeliz o jugar mal y ser feliz, te aprovechaste de la equivocidad de las palabras para interpretarlas moralmente. Pero lo que quise decir cuando me referí a jugar bien es que hay una cierta estética de la existencia deportiva, una manera de habitar el mundo del deporte que, cuando es bella, lleva a la felicidad de los actores y espectadores. Y puede contagiar a muchos otros. Por eso tenía razón Fedro cuando alertaba sobre las consecuencias políticas del deporte. Mi propia vida es un ejemplo de ello, Sócrates. Tal vez haya llegado hasta ti la noticia de que he sido descuidado en muchos sentidos en relación con mi cuerpo y que, si hubiera cuidado más de él, habría conseguido aun muchos más logros de los muchos que efectivamente logré con la pelota. Pero no defraudé a nadie y por eso en muchos lugares me siguen vivando, incluso en tierras de mis adversarios; porque solo me hice daño a mí mismo, pero nunca renuncié a la belleza. De modo que es eso lo que importa en el deporte, Sócrates: si una vida es fiel o no es fiel a la belleza, no si hace bien o mal, en primer lugar a su cuerpo, a sí mismo, y luego si puede ser un buen o mal ejemplo para los otros. Para eso están los profesores, los moralistas, como tú... Un deportista es un artista y lo que importa no es lo que hace con su cuerpo o con su alma sino la belleza de su arte y la felicidad que transmite con él.

Diegón quedó sin aliento. Había hablado casi sin parar. Y la verdad es que yo nunca había sentido a nadie hacerlo con tanta claridad y precisión, mucho menos a un extranjero. Y debo reconocer que, a pesar de su acento, había belleza también en su modo de usar la palabra. Era evidente que ese extranjero no solo jugaba bien a la pelota sino que había pensado bastante sobre sí mismo. No era fácil lo que me había dicho, tanto que ni sus amigos lo entendieron y seguían la conversación en silencio. Yo buscaba tiempo para pensar en sus palabras y entonces le hice un par de preguntas para...

*El diálogo queda trunco aquí. Los editores continúan trabajando sobre el papiro, pero han hecho notar que, a causa de su estado extremadamente deteriorado, difícilmente podría ser recuperado el resto del texto. Lo no recuperado representa casi el doble, en extensión, de lo recuperado hasta hoy. Algunos autores han especulado sobre la posible respuesta de Sócrates y la eventual continuación del diálogo. El caso es que solo ha sido posible reconocer algunas palabras sueltas en la última intervención de Diegón, pues el papiro final que la contiene está en condiciones un poco mejores. Al parecer el extranjero se habría marchado diciendo algo así como: “La pelota no se mancha”. Las interpretaciones de esta enigmática intervención son muy variadas y no ha habido consenso entre los estudiosos. Nace, al parecer, un nuevo enigma.

1. Hijo de Aristón, al igual que adimanto, Glaucón era hermano de Platón. Él y su hermano son los principales interlocutores de Sócrates en La República
2. Hijo de Céfalo, Polemarco era hermano de Lisias el orador y de Eutidemo el sofista. Es uno de los interlocutores de Sócrates en le primer libro de La República
3. Discípulo de Protágoras, desempeña un papel significativo en El banquete y en el diálog que lleva su nombre. 
4. De Ákragas, Sicilia, maestro de retórica, es uno de los personajes centrales del Gorgias. 
6. Sócrates se vale aquí de la unidad etimológica entre los términos griegos areté ("virtud" o "excelencia") y áristos ("mejor"), los dos derivados de la raíz ar, para enfatizar la relación entre ambos, matiz imposible de traducir al castellano. 
7. Lejana y pequeña colonia, citada en otros diálogos, a propósito de su desproporcionado número de esclavos y de la corrupción de sus gobernantes. 


Articulo: http://www.elmalpensante.com  06∕2016

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