mardi 27 décembre 2016

Fernando DÍAZ DE QUIJANO∕MOBY: “En Nueva York las finanzas han reemplazado a la creatividad”

MOBY: “En Nueva York las finanzas han reemplazado a la creatividad”
Por Fernando DÍAZ DE QUIJANO

El músico que revolucionó el género de la electrónica a finales de los 90 cuenta cómo pasó de la pobreza a la fama mundial en Porcelain, la primera parte de sus memorias

El músico Richard Melville Hall (Nueva York, 1965), mejor conocido como Moby, se ha involucrado más que nunca en las últimas elecciones de los Estados Unidos. Ha participado en eventos de recaudación de fondos para la campaña de Hillary Clinton e incluso le ha dedicado a Donald Trump una canción en la que le llama “pequeño fracaso”. La composición se llama así, "Little Failure", y fue publicada en el recopilatorio 30 days, 30 songs, en el que músicos y bandas como R.E.M., Franz Ferdinand, Sun Kil Moon o Death Cab for Cutie se unieron “por una América libre de Trump”. De nada ha servido.

La mañana siguiente a la victoria del magnate y próximo presidente de Estados Unidos, a Moby le toca hacer de tripas corazón y ponerse a atender las entrevistas telefónicas programadas, aunque se ha desahogado con una carta abierta publicada en la web de Billboard. “Me siento como debe de sentirse medio país ahora mismo: completamente confundido, enfadado y asustado. Todo el mundo que conozco está buscando en Google cómo emigrar a Canadá”, confiesa el músico en conversación telefónica con El Cultural desde Los Ángeles, donde reside desde hace ocho años.

El motivo principal de la entrevista es en realidad la publicación en nuestro país de Porcelain, el primer volumen de sus memorias, por parte de la editorial Sexto Piso y con traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. En el libro, el sobrino-bisnieto de Herman Melville (tomó su nombre artístico del libro más famoso de su pariente, Moby Dick) narra algunos acontecimientos de su infancia marcada por la pobreza, pero se centra sobre todo en los diez primeros años de su carrera musical, abriéndose paso en el mundo de la música electrónica en la Nueva York criminal y drogadicta -y aun así, amada- de finales de los 80 y principios de los 90. Siendo aún un adolescente, Moby se mudó a una fábrica abandonada sin agua corriente en la que los vigilantes de seguridad cobraban 50 dólares mensuales a los okupas a cambio de hacer la vista gorda y dejarles vivir allí. Su habitación tenía todo lo que necesitaba: una tostadora y electricidad gratis para enchufar su modesto equipo compuesto por un teclado, un sampler y una caja de ritmos.

A pesar de la precariedad, Moby era feliz. “Me crié siendo muy pobre en una ciudad rica (Darien, Connecticut), así que siempre me he visto como un outsider”. Aquella actitud le vino bien cuando quiso entrar en el subterráneo mundo de la música techno y house de finales de los 80. Él era normalmente el único chico blanco heterosexual, y encima cristiano, vegano y abstemio (había dejado la bebida pronto, porque había empezado a abusar de ella más pronto aún). “Me sentía honrado al ser admitido en aquel mar de negros, latinos y gays. Sentía como un privilegio tener acceso a esta escena que era mágica y que nadie que fuera ajeno a ella conocía”.

Moby cuenta en el libro cómo consiguió sus primeros trabajos como DJ. Aceptaba cualquier encargo y al precio que fuera. Podía pinchar en la terraza de un club en el distrito más peligroso de Manhattan y luego coger un taxi para amenizar con sus discos una orgía en la otra punta de la isla. La fama le llegó con “Go!”, y empezó a viajar a Europa con frecuencia. “Lo que más ha cambiado en el mundillo de la música electrónica no es la música, porque el house y el techno que se hacen hoy no difieren tanto de lo que se hacía entonces. Lo que más ha cambiado es que las superestrellas de hoy viajan por todo el planeta en avión privado y ganan millones y millones de dólares. En 1989, las estrellas cobraban 100 dólares por actuación”, compara el DJ y compositor, conocido también por su activismo por los derechos de los animales, el proyecto al que reconoce dedicarle más esfuerzos hoy en día. Hace unos días dio su único concierto de 2016 en Circle V, un festival de música y veganismo creado por él mismo a beneficio de la causa animal.

Electrónica inteligente

¿Han aceptado ya las élites culturales la música electrónica? “El criterio para juzgar la música ha cambiado mucho. Antes la música se juzgaba por cómo se hacía, mucha gente temía la música electrónica porque no se hacía de una manera tradicional, así que no sabía cómo evaluarla. Pero ahora ya se ha admitido que el modo subjetivo en que respondes a la música es el único criterio con el que puede ser juzgada. Lo que ocurre es que mucha gente no se atreve a confiar en su propia reacción, necesita comprobar si lo que está oyendo ha sido culturalmente ratificado”, opina Moby. “Es un fenómeno similar al del arte contemporáneo. El fauvismo, el puntillismo, el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo o el expresionismo abstracto fueron modos de expresión muy criticados cuando surgieron, y ahora son los movimientos a los que pertenecen las obras de arte más caras del mercado”.

La primera parte de las memorias de Moby termina justo antes de la publicación de Play, el disco que le consagró definitivamente en 1999 como uno de los creadores más brillantes del panorama musical del cambio de siglo. “Play fue una broma del universo. Me mostró un mundo de fama y de riqueza, pero también me enseñó que estas no dan la felicidad”. Pero antes de aquello vivió algunos fracasos, como su segundo álbum, Animal Rights, en el que dio un giro de 180° hacia un oscuro y furioso post-punk que no fue entendido ni por su discográfica, ni por la crítica, ni por el público. Todo ello aderezado con sus inseguridades, sus ataques de pánico, su atormentada religiosidad y sus recaídas en el alcohol.

En su último y más político disco hasta la fecha, These Systems Are Failing, Moby ha recuperado el espíritu punk de su adolescencia y de aquel Animal Rights, demostrando una vez más su capacidad para reinventarse. “Estamos en 2016 y tengo 51 años. No hago giras y ya nadie compra discos. No espero ganar dinero, simplemente me encanta hacer discos y usarlos como oportunidad para compartir música, pero también para incitar conversaciones sobre cosas que me importan”. Aunque en general se considera una persona “casi” optimista -dice que “la humanidad está tocando fondo ahora antes de alcanzar todo su potencial en el futuro”-, este álbum se centra de momento en este hundimiento moral aderezado con un toque de distopía a lo Black Mirror. Un buen ejemplo es la canción Are you lost in the world like me?, acompañada de un video de animación realizado por Steve Cutts y que se ha hecho viral en las redes en los últimos días.

Porcelain es también una carta de amor a la ciudad de Nueva York, el segundo personaje más importante del libro después del propio Moby. “La Nueva York con la que yo crecí era una meca para la creatividad, para el arte, para la música, era barata y estaba sucia. Ahora es una ciudad donde Trump es el rey y donde la creatividad ha sido reemplazada por las finanzas”, protesta el autor de otros discos como Wait for Me y 18, que narra en Porcelain multitud de anécdotas vividas en la Gran Manzana en aquellos años en los que la capital del mundo, o al menos la parte de ella en la que se movía Moby, era una verdadera jungla.

El músico ha escrito este libro como ejercicio terapéutico y porque pensó que su experiencia en la Nueva York de aquellos años y, especialmente, en el ambiente de la música underground y las raves era una historia lo suficientemente “potente e interesante” como para ser contada públicamente. “Si yo fuera Chris Martin, de Coldplay, no necesitaría escribir mis memorias. Es un tipo muy majo, pero viene de una buena familia, su primer disco ya fue un éxito y sigue teniendo éxito. Es una historia aburrida. Mi vida, en cambio ha sido muy extraña, idónea para escribir un libro”, opina el autor. En un próximo volumen el músico abordará la siguiente década de su vida y de su carrera, de 1999 a 2009. “Estoy pensando cómo escribirlo de manera honesta y que a la vez resulte interesante, porque la verdad es que mi historia de aquellos años fue un cliché de fama, giras, alcoholismo y drogadicción que ya ha sido escrito por todo el mundo, desde Robbie Williams a Axl Rose, de los Guns N' Roses”.

***
Las primeras páginas de Porcelain

EL FUTURO

Todas las tiendas del centro comercial Dock de Stratford (Connecticut) cerraban de noche, con excepción de la lavandería Fresh-n-Kleen. Mi madre estaba en la lavandería, y llevaba unos vaqueros azules y una chaqueta marrón de invierno que había comprado por cinco dólares en el Ejército de Salvación.

Se encontraba junto a un mostrador de linóleo agrietado, bajo fluorescentes que parpadeaban, fumándose un cigarrillo y doblando la ropa. Parte de la ropa era nuestra y parte, de nuestros vecinos, que nos pagaban de vez en cuando para que se la laváramos y dobláramos. Aquella noche de marzo, los escaparates estaban a oscuras. En el aparcamiento sólo estaban nuestro Chevy Vega plateado y otro más. El frío era húmedo y pesado, y los montones de nieve apilados en las esquinas, que la lluvia empezaba a derretir, habían adquirido un tono gris.

Cada dos semanas, yo iba al centro comercial del puerto y hacía la colada con mi madre. Le echaba una mano o me sentaba en las sillas de fibra de vidrio a contemplar el acelerado y asimétrico giro de las gigantescas secadoras. Mi madre llevaba un año en paro, y su última relación se había roto cuando su novio intentó matarla a puñaladas. A veces la descubría llorando mientras doblaba la ropa de los vecinos. La doblaba furiosamente, con un cigarrillo en la boca mientras las lágrimas caían sobre las camisetas. Yo tenía diez años.

Tras ayudarla a ordenar la ropa, salía a pasear por los alrededores del aparcamiento vacío. Deambulaba por la zona trasera del centro comercial, dejaba atrás los muelles de carga y los herrumbrosos contenedores y bajaba hasta el puerto abandonado que daba nombre al centro. Estaba oscuro, negro. En algún momento había tenido un propósito, pero ahora descansaba con estoica resignación en el oscuro río Housatonic.

A veces, cuando había suerte, veía ratas enormes que entraban a toda prisa en los agujeros del barro o salían de ellos. Aquella noche de marzo de 1976 era demasiado fría y lluviosa para salir a explorar; además, el ambiente de la lavandería estaba cargado del humo de los cigarrillos; y sentarse delante de las lavadoras, en las frías sillas de fibra de vidrio, a ver cómo mi madre fumaba, doblaba la ropa y lloraba, hacía que nuestra pobreza pareciera aún más sórdida. Así que me pasé la noche en el coche, encogido bajo mi chaqueta de tienda de segunda mano, jugando con la radio. La lluvia era una percusión constante en el techo del Vega, y yo me dediqué a girar el dial de un lado a otro en la banda de Amplitud Modulada.

Yo no tenía reparos en lo tocante a la música: si sonaba en la radio, me gustaba. Daba por sentado que la gente que ponía música en la radio sabía lo que estaba haciendo y que nunca, bajo ninguna circunstancia, pondría música que no fuera perfecta. Todas las semanas, ponía el American Top 40 de Casey Kasem y memorizaba sus canciones. No tenía preferencias. Todo me gustaba apasionadamente y por igual, desde los Eagles hasta abba, pasando por Bob Seger, Barry White y Paul McCartney y los Wings. Creía que cualquier cosa que sonara en la radio merecía mi más completa y absoluta admiración.

Mis húmedos vaqueros Wrangler azules se habían pegado al asiento de vinilo del coche, pero yo estaba encantado con la radio. Era la época de la música disco, del rock, del country rock, del rock progresivo, del yacht rock y de las baladas. Led Zeppelin coexistía tranquilamente con Donna Summer, y Aerosmith convivía en paz con Elton John. Y entonces, oí algo nuevo: «Love Hangover», de Diana Ross. Yo conocía la música disco, aunque no la tenía en una categoría particularmente distinta al del resto de los estilos que sonaban en la am. Pero «Love Hangover» era distinta. Empezaba de forma lánguida, etérea y seductora. Y me asustaba. Todo lo relacionado con el sexo y la sensualidad me daba miedo, y hacía que sintiera la necesidad de ver dibujos animados de la serie Looney Tunes. Cada vez que veía la televisión con mi madre y alguno de los personajes de Maude o Vacaciones en el mar insinuaba algo sobre el sexo y las relaciones íntimas, me quedaba helado y esperaba ansiosamente a que
terminará.

Pero «Love Hangover» era distinta. En primer lugar, porque sonaba en la radio, así que debía de ser buena; y, en segundo, porque sonaba futurista. Yo estaba obsesionado con Star Trek y Espacio 1999, y había decidido que todo lo futurista me gustaba. El futuro era un lugar limpio e interesante, sin padres que fumaran Winston en lavanderías. Y, aunque sabía que iba de sexo, escuché «Love Hangover» hasta el final. Era una canción futurista, y estaba en la radio. Dos cosas que no me habían decepcionado nunca.

Mientras miraba las borrosas luces de la lavandería a través del parabrisas empapado, empecé a ser consciente de que, por mucho que me incomodara la canción, me encantaba. Representaba un mundo que yo desconocía, uno radicalmente contrario al mío. Y yo odiaba mi mundo. Odiaba la pobreza, el humo de los cigarrillos, las drogas, el sentimiento de vergüenza, la soledad. Y Diana Ross me prometía un mundo sin la mácula de la tristeza y la resignación. En alguna parte, había un universo sensual, robótico, hipnótico y, sobre todo, limpio.

Sentado en el Chevy Vega de mi madre, imaginé una ciudad resplandeciente que estaba a años luz del aparcamiento. Vi a las personas que caminaban por ella, entre altos edificios de cristal cuyas ventanas daban a discotecas y puertos espaciales, seguras de sí mismas. Y cuando llegó la frenética conclusión de «Love Hangover», imaginé que la gente bailaba vestida de blanco, como si todos fueran robots angelicales. La canción terminó. Apagué la radio, salí del coche y me quedé bajo la lluvia, contemplando el aparcamiento que se extendía hasta el río, vacío excepto por los charcos y la nieve que se derretía. Mi madre seguía al otro lado del escaparate, fumando y doblando. Y, justo entonces, me di cuenta de que podía soportarlo. Había vida más allá de aquel frío y descorazonador centro comercial. La semilla había germinado; estaba dulcemente codificada en algún lugar de mi adn. Una canción en la am me había dado un destello de esperanza. Algún día, abandonaría los muertos suburbios y entraría en el útero de una ciudad; un útero de música disco, en el que la gente me dejaría entrar y escuchar sus canciones futuristas. Imaginé que abría las puertas de una discoteca, en lo más alto del edificio más alto del mundo, y que mil personas me sonreían, me daban la bienvenida y me invitaban a entrar.

PARTE 1
LA OSCURA MECA, 1989-1990

1. TREINTA METROS CUADRADOS

Los gallos dejaron de cantar a las siete de la mañana. Había cuatro tipos de sonidos recurrentes en la fábrica abandonada donde yo vivía, dos kilómetros al sur de la estación de ferrocarril de Stamford:

1. Tiroteos. Los camellos de crack se disparaban entre ellos con regularidad. Solían empezar tras la puesta de sol.

2. Gospel amplificado. Todos los fines de semana, las iglesias dominicana y jamaicana improvisadas en locales comerciales instalaban grandes carpas donde se reunían para expulsar a los camellos del vecindario.

3. Public Enemy. O epmd. O Rob Base y dj E-Z Rock. Cada quince minutos, pasaba un coche con «Fight the Power» o «It Takes Two» a toda mecha.

4. Gallos. Todos los que vivían frente a la fábrica abandonada tenían gallos en los patios, que empezaban a cantar alrededor de las cuatro de la madrugada, justo cuando yo me acostaba. Si necesitaba dormir, encendía la vieja radio que tenía junto a la cama y la ponía entre emisoras. La estática apenas alcanzaba a enmascarar el staccato matinal de los gallos cargados de testosterona.

Yo llevaba dos años en la fábrica abandonada, y me gustaba mucho. Era un complejo de veinte o treinta edificios de ladrillo que, en el siglo XIX, había sido una gigantesca fábrica de cerraduras. Ahora, en 1989, sólo era una masa oscura e imponente en un barrio famoso por tener el mayor índice de asesinatos de Nueva Inglaterra. Diez años antes, un promotor inmobiliario había comprado el complejo, había instalado una verja y contratado a guardias de seguridad para que lo vigilaran.

Algunos guardias se ganaban un sobresueldo mediante el procedimiento de cobrar cincuenta dólares mensuales a los okupas que vivían o trabajaban ilegalmente allí. Yo ganaba unos cinco mil al año, así que el «impuesto okupa» de cincuenta dólares mensuales estaba dentro de mi presupuesto. El sitio donde vivía era pequeño; estaba emparedado entre una productora de porno gay y el loft de un artista, pero era mío: treinta metros cuadrados de fábrica abandonada donde podía vivir y trabajar mientras los guardias aceptaran sus cincuenta dólares e hicieran la vista gorda.

Las paredes eran placas de madera contrachapada, que parecían un edredón de lana marrón y que, en verano, olían como el contenedor del que Paul y yo las habíamos sacado. Paul y yo habíamos coincidido en el instituto de Darien, donde nos habíamos hecho amigos porque los dos adorábamos la ciencia ficción y porque éramos los únicos chicos pobres de Darien (Connecticut). El apartamento tenía una bella y sólida puerta que habíamos rescatado de una casa abandonada, cerca de la Carretera 7, en Norwalk, y una ancha y preciosa alfombra de color marfil que cubría enteramente el suelo. La alfombra procedía del garaje de los padres de un amigo; yo la había cogido sin pedir permiso, pero me dije que no tenía nada de malo porque, si alguna vez la echaban de menos, se la devolvería. No la limpié ni una sola vez, pero siempre estuvo asombrosamente impoluta.

Yo tenía un pupitre marrón donde estaban mi teclado Casio, mi secuenciador y caja de ritmos Alesis, mi mesa de mezclas tascam de cuatro canales y un sámpler malísimo de Yamaha. No tenía dinero para comprar altavoces, así que lo oía todo a través de unos cascos Radio Shack. Me hacía la comida en una tostadora y en un hornillo eléctrico de un solo quemador. Pero era feliz. Adoraba los desvencijados ladrillos; adoraba los olores industriales que se habían acumulado en la vieja fábrica durante cien años y adoraba la enorme ventana que daba al sur, dejando entrar la pálida luz del invierno y la abrasadora y feroz luz del verano.

El complejo se extendía por un terreno de alrededor de treinta hectáreas. Era descomunal, y yo no sabía cuánta gente vivía en él; pero, aunque sólo ocupaba treinta de los trescientos mil metros cuadrados, tenía acceso a todo el lugar. Me montaba en la moto de mi amigo Jamie y recorría sus salas vacías, jugando a veces a «bolos en moto», es decir, a poner botellas en el extremo de una sala e intentar derribarlas con las ruedas. Si me aburría, salía a explorar. Encontraba bombonas viejas de propano, toneles de productos químicos industriales, llaves inglesas tan grandes como oxidadas, bobinas de cable de acero y alguna paloma muerta. Mis amigos y parientes se quedaban horrorizados cuando pasaban por allí. Mi tía Anne se presentó un día con mi primo Ben, que entonces tenía cinco años y, tras quedarse plantado en la puerta de mi pequeño apartamento, dijo: «Esto es horrible». Yo olía como un sintecho porque, a pesar de ser casi un arrendatario, era un sintecho de facto. No tenía agua corriente ni cuarto de baño ni calefacción, pero tenía lo único que necesitaba para hacer música: electricidad gratis.

Cuando necesitaba mear, usaba una botella vacía. Y, como no había servicio, sólo me duchaba una vez a la semana… si iba de visita a casa de mi madre o a la residencia de estudiantes donde vivía mi novia. En general, apestaba. Pero dejé de preocuparme por eso, porque adoraba todo lo relacionado con mi vida en la vieja fábrica. Bueno, no todo. No me gustaba llevar varios años de carrera musical y seguir en una localidad pequeña, a sesenta y cinco kilómetros de Nueva York. No me gustaba que ningún sello discográfico hubiera mostrado interés por mi música electrónica ni que los únicos conciertos que diera fueran para mi novia. Pero, excepto por mis deseos de vivir y hacer música en el Bajo Manhattan, la fábrica abandonada me parecía perfecta. Normalmente, me levantaba alrededor del mediodía, me preparaba unas gachas en el hornillo, leía la Biblia y mezclaba música. Si quería desconectar, cogía el monopatín y bajaba y subía por los largos y vacíos corredores de la fábrica o me acercaba a la tienda dominicana, donde podía comprar pasas y copos de avena.

Aquel día, sin embargo, me encaminé hacia Nueva York, mi oscura meca. Había varias formas de llegar. A veces me subía a mi motocicleta vieja y me acercaba a Darien, hasta la casa de mi madre, para coger prestado su desvencijado Chevy Chevette. En esas ocasiones, tomaba la carretera que me había enseñado mi abuelo cuando yo tenía ocho años; era una forma de entrar en la ciudad sin pagar peaje, pero implicaba pasar por las zonas con más drogas y delincuencia de Nueva York. Otras veces, encontraba a gente que se dirigía a la ciudad e iba con ellos; pero, en general, tomaba el metro North, un tren de cercanías que conectaba el centro y los suburbios.

Me pasé toda la adolescencia en aquel tren, huyendo de Connecticut en dirección a Manhattan. Mis amigos punk y yo nos poníamos nuestras mejores camisetas punks y nos largábamos a la ciudad, con la esperanza de que los auténticos punks se fijaran en nosotros y aprobaran nuestras camisetas de Black Flag y Black Brain. Salíamos por la mañana hacia Grand Central y nos sentábamos junto a adormilados hombres blancos de negocios; volvíamos a casa de noche y nos sentábamos junto a esos mismos hombres, que entonces estaban agotados y borrachos.

Si la policía andaba por la fábrica, saltaba por cualquiera de las enormes ventanas de acero y cristal para que no me vieran. Pero aquel día no había policía; sólo un camión que iba calle abajo, así que salí por la puerta de atrás. Hacía frío, y me encogí. No era un frío seco, sino uno húmedo que se te metía en los huesos y volvía pesados los calcetines. La lluvia helada había borrado los restos de la nevada que había caído tres días antes, cubriendo el suelo con una capa prístina y angelical. Caminé bajo el cielo gris y crucé el horadado y agrietado asfalto del aparcamiento, buscando mis pasos entre un laberinto de charcos. Cuando llegué a la valla metálica, salí por el agujero que estaba en la esquina y me dirigí a la estación de ferrocarril de Stamford.

Por el camino, pasé por delante de los locales de varias iglesias, con sus carteles pintados a mano; de una tienda de ultramarinos con plexiglás a prueba de balas y una oferta especial de cerveza Schlitz; del Cavalier Pool Hall y de algunos edificios tapiados y abandonados. Al cabo de unos minutos, mis manos y mis pies parecían témpanos. Las pocas personas que había en la calle parecían sintecho o asustadas, y alucinaban con el jovencito blanco y mal vestido que cruzaba su barrio.

El tren a Grand Central no salía hasta media hora después, así que entré en el Cavalier Pool Hall con intención de jugar. El establecimiento estaba oscuro, con unas cuantas luces tenues sobre las cinco mesas de billar; pero la escasa iluminación no disimulaba el estado de los tapetes, llenos de manchas y quemaduras tras muchas décadas de brasas de cigarrillos y bebidas derramadas. Además de mí, sólo había un jugador y el tipo del fondo, que te cobraba un dólar cincuenta por partida de billar, taco incluido. Yo pasaba con bastante frecuencia de camino a la estación. Era un jugador mediocre, pero me consolaba pensando que, si fuera bueno, ganaría enseguida y me aburriría. Evitar la excelencia tiene su utilidad. En eso y en otras muchas cosas.

El salón siempre estaba lleno de humo. A mí no me sorprendía, porque trabajaba en bares donde todo el mundo fumaba e iba a restaurantes donde todo el mundo fumaba. Y, a pesar de que yo no era fumador y de que sólo había dos personas más en el billar, me parecía normal que estuviera lleno de humo. Por lo demás, nunca hablaba ni con los otros jugadores ni con el tipo que se encargaba de las bolas y los tacos. Tenía la esperanza de que algún día me dijeran «¿Qué tal te va?» o me hicieran una leve inclinación de cabeza, pero se limitaban a tolerarme; quizá, porque los únicos blancos que pasaban por allí eran chicos que iban a comprar crack y heroína. La situación no podía ser más irónica. Yo no me metía nada, pero me creían parte del problema: otro drogadicto blanco que estropeaba su barrio. Al cabo de un tiempo, se dieron cuenta de que sólo era un vecino y, aunque no sirvió para que me dedicaran
asentimientos amistosos, dejaron de mirarme de forma hostil.

Jugué y terminé la partida, esperando que alguno de los dos se hubiera fijado en mí y hubiera pensado que era mejor jugador de lo que era. En las raras ocasiones en las que metía una bola particularmente difícil o daba un golpe satisfactoriamente sonoro, alzaba la cabeza para ver si alguien lo había notado, pero no miraban nunca. En tanto que chico blanco y esquelético, yo era una anomalía. Sin embargo, no era tan interesante como para merecer su atención. Me encogí de hombros bajo mi abrigo de segunda mano, que ahora olía a oveja mojada y humo de cigarrillos, y recorrí los cien metros que me separaban de la estación. Pasé por delante de una de las iglesias, que estaba en plena misa. Oí panderetas, un órgano eléctrico y las voces de un coro. Algunos domingos, cuando las iglesias estaban llenas, pasaba por alguna y me sentaba al fondo; o cuando hacía buen tiempo y todas tenían las puertas abiertas. Bajaba por la calle y disfrutaba de sus preciosos sonidos de Torre de Babel, compitiendo entre ellas con todas las versiones posibles del góspel. Las iglesias puertorriqueñas estaban junto a las abisinias, pegadas a las evangélicas, a las pentecostales y a cualquier otra marca religiosa que pudiera justificar el alquiler de un local y tuviera dinero para comprar unas sillas de plástico. Si me quedaba demasiado tiempo, la gente se empezaba a incomodar; así que, en general, me contentaba con quedarme fuera, junto a la puerta, y oír los coros y los órganos Casio.

Cuando subí al tren, me fui inmediatamente al aseo. En el instituto había aprendido que, si te metías en él, te podías ahorrar los cinco dólares del viaje. Aquel día iba a Nueva York a entregar una casete con un mix de dj en un club que acababa de abrir. Me lo había dicho mi novia, Janet, con quien llevaba saliendo unos cuantos meses. Janet se había dedicado a criar caballos de monta en Greenwich (Connecticut), pero ahora vivía en la residencia universitaria de Columbia (estaba en el segundo año de la carrera) y tenía un contrato de prácticas en la revista Interview. Se parecía a la Katharine Hepburn de la época de Historias de Filadelfia, pero sus héroes eran los columnistas de Paper y Village Voice, y estaba obsesionada con las galerías y los clubes nocturnos. Uno de los periodistas de Interview le había dicho que en un local nuevo, llamado Mars, estaban contratando gente y que, si me daba prisa, les podría llevar una cinta. Así que allí estaba yo, con una casete de sesenta minutos en el agujereado bolsillo de mi abrigo mojado. En una cara, había grabado mis mejores mezclas hip hop y en la otra, música house. Le había dedicado varios días de trabajo. Había mezclado ritmos en mi grabadora de cuatro pistas y les había agregado voces a capella sacadas de singles poco conocidos de música disco y hip hop. Y, como no quería parecer un sintecho, me había puesto mi mejor ropa de club bajo el abrigo: un jersey de cuello alto, unos vaqueros y unos zapatos de vestir, todo de color negro y todo sacado de Goodwill y del Ejército de Salvación.

Estuve sentado cuarenta y cinco minutos en el aseo del tren, tragándome el olor a pis y a desinfectante y mirando el dibujo que mi amigo Jamie había hecho para la carátula de la cinta. ¿Era suficientemente guay? ¿Era guay? Me había diseñado una especie de logo, con complejos trazos de grafiti y bordes dentados. Jamie era un aspirante a grafitero, pero también era un chico blanco de Norwalk que estudiaba contabilidad en la Universidad de Connecticut. ¿Lo sabría alguien más? Quizá fuera guay. Yo no tenía ni idea.

Yo había enviado cintas parecidas a un promotor radiofónico de California. Había visto un anuncio en una revista de dj que decía así: «Buscamos mezclas para una emisora de redifusión nacional». Llamé al número del anuncio y hablé con un tipo malhumorado de Oakland, con los berridos de un bebé como trasfondo. Me dijo que podía poner mis cintas en la radio, así que le empecé a enviar mezclas de hip hop de treinta minutos. No me había pagado nada, y yo ni siquiera sabía si las estaba emitiendo; pero se las enviaba de todas formas, con la esperanza de que alguien, en alguna parte, las oyera.

Cuando el tren llegó a Grand Central, salí del aseo, me abrí paso entre la gente que llenaba el vasto espacio de la estación y bajé al metro. Quince minutos más tarde, tras haberme saltado dos torniquetes, iba corriendo por las aceras llenas de sangre de animal de la calle 14, a la altura del Meatpacking District. Llegué a Mars sin aliento, pero con ilusión y entusiasmo. El club estaba en un enorme, sucio e imponente almacén abandonado. Lo había alquilado un empresario de hostelería llamado Rudolph, con la intención de convertirlo en el mayor y mejor club nocturno del mundo. Desde la fachada se veían la West Side Highway, algunos establecimientos de sexo y bondage y el gris pizarra del río Hudson. En el Meatpacking District no había bares ni restaurantes, pero en la entrada del club se había formado una cola de cientos de neoyorquinos modernos que buscaban trabajo. Yo me puse en ella con mi ropa negra, cruzando los dedos para que nadie se diera cuenta de que, en realidad, no era más que un pequeño chico blanco mal vestido que vivía en una fábrica abandonada de Connecticut. Una hora después, llegué a la entrada. En el vestíbulo del club había una mesa plegable, con tres personas sentadas detrás. Tenían papeles en la mano, y uno me preguntó:
–¿Qué solicitud quieres? ¿De ayudante de camarero,barman, seguridad?
–Yo… ¿Tenéis solicitudes de dj?
Los tres se quedaron en silencio y, acto seguido, rompieron a reír.
–No, no tenemos –contestó la única mujer con desconcertante tranquilidad. Era una negra preciosa, que llevaba un largo abrigo negro sobre una camiseta desgastada de los New York Dolls–. Yuki ya ha contratado a los dj.
–Oh, vaya… ¿Os puedo dejar una cinta? Hay música house en una cara y hip hop en la otra. ¿Se la podríais dar a la persona que los contrata?

Ella me miró con pena, pero aceptó la cinta antes de girarse hacia la siguiente persona de la cola.
Yo me quedé inmóvil, helado.
–Bueno, gracias –acerté a decir–. Adiós…
Me alejé a toda prisa y me dirigí a la cabina de la esquina para llamar a Janet. Estaba rota, así que fui a la más cercana, a una manzana de distancia; pero también estaba rota. Tenía frío, el cielo era una mole pesada y oscura y yo me había humillado delante de una preciosa y elegante mujer en lo que iba a ser el mejor club del planeta. Había cometido la temeridad de creer que podía trabajar en Mars. Era un imbécil. Y ahora estaba en un charco de lluvia y sangre de animal, mirando una cabina destrozada.

Tenía unos cuantos dólares, así que decidí ir a la tienda de comida sana que estaba en la esquina de la calle 13 y la Octava Avenida. Había salido de la fábrica y viajado a la ciudad con la ilusión de ser por fin un dj de Nueva York, y ahora caminaba bajo la lluvia, con los hombros encogidos, para comprarle comida a unos hippies. Compré leche de soja y pan integral y me salté el torniquete de la línea f, pensando que fera la inicial perfecta para mi fracasado viaje a Nueva York. Luego, me bajé en la calle 42, cogí el tren a Grand Central y pagué el billete hasta Stamford porque no me apetecía sentarme en el aseo. Durante el trayecto, me comí el pan y me bebí la leche mientras miraba el South Bronx a través de las rayada ventanilla y leía el ejemplar del New York Rocker que alguien se había dejado en el asiento.

Los grupos del New York Rocker tenían contratos con discográficas, daban conciertos, concedían entrevistas y sacaban discos. La gente miraba sus fotos. La gente oía sus canciones. Eran todo lo que yo soñaba. Quería trabajar para un público de verdad y pinchar discos en abarrotadas y oscuras salas neoyorquinas. Pero sólo era un sintecho de veintitrés años; un artista de música electrónica con dos únicas fuentes de ingresos profesionales: las actuaciones de los lunes en un minúsculo bar de Port Chester (Nueva York) y las de los sábados por la noche, en un club para todas las edades que tenía su sede en una iglesia de Greenwich.

Estaba diluviando cuando llegué a Stamford, así que volví a la fábrica a toda prisa. Caminé por uno de los largos pasillos, me dirigí a mi apartamento y llamé a Janet. Aún no podía creer que me hubieran dado un teléfono. Cuando me mudé a la fábrica, llamé a la compañía telefónica y les pedí uno. Al día siguiente, mandaron a un hombre; y cinco minutos después de que llegara, ya tenía un teléfono activado. No me preguntó si vivía ilegalmente en aquel lugar; se limitó a poner unos cables y a instalar la conexión. Cuando se fue, estuve a punto de pedirle que me diera su nombre para ponérselo al primer hijo que tuviera.
–¿Qué tal te ha ido? –dijo Janet con entusiasmo–. ¿Te han contratado?
–Bueno, había mucha gente en la cola, y todos buscaban trabajo. Pero le dejé la cinta a una mujer del club.
–¡Genial! ¿Cómo te sientes?
–Bien –mentí.
Hablamos unos minutos, quedamos en ir a la iglesia el domingo y colgamos.

Yo había hecho todo lo posible para que me contrataran en Mars. Había ido a Nueva York bajo la lluvia y les había dejado la cinta con el diseño grafitero de un estudiante de Contabilidad. Ahora estaba en manos de Dios. La situación, no la cinta, porque daba por sentado que la habrían tirado a la basura o que alguien la usaría para su contestador automático. Como no podía hacer nada, hice lo de siempre: encender mis equipos y trabajar. Hice música ambient house hasta medianoche, momento en el cual me quité los cascos y lo apagué todo. Después, me preparé unas gachas y me puse a leer un castigado libro de Star Trek en edición de bolsillo mientras oía una casete de Debussy.

Sentado allí, con los motores de la nave a plena potencia y la lluvia golpeando los enormes ventanales de la fábrica, era feliz. Estaba sucio y apestaba; vivía en una fábrica abandonada, en un barrio repleto de crack, y mi día había sido intensamente decepcionante. Pero estaba tranquilo y era feliz.

A las cuatro de la madrugada, me metí en el catre y me quedé dormido con el sonido de la lluvia. Por la mañana ya no llovía, aunque hacía frío y el cielo estaba cubierto. Me hice otras gachas en el hornillo y fui a mi tienda habitual a comprar almendras y una naranja. Las almendras y las naranjas eran lujos para mí, pero el día anterior había sido difícil y necesitaba darme un capricho. Luego, me di cuenta de que me estaba quedando sin agua; así que, después de desayunar, bajé a la calle y me acerqué a la tienda, donde compré un par de botellas grandes. Al volver a la fábrica, me fijé en los enormes montones de tierra que había en el aparcamiento; los habían dejado allí con la intención de empezar una obra, y se habían convertido en simples montañas de barro.

Ya en el estudio, vi que alguien me había dejado un mensaje en el contestador. Pulsé el «Play», la casete rebobinó y, acto seguido, oí el mejor mensaje de toda la historia de los contestadores automáticos.
–Hola, soy Yuki Watanabe, del club Mars. Estoy buscando a dj Moby. He oído su cinta, y me gustaría hablar con él.
Yo me quedé helado. Puse la cinta otra vez. Y otra. Alguien llamado Yuki, con fuerte acento japonés, había oído mi cinta. Y esa misma persona estaba interesada en contratarme.

Escuché el mensaje una vez más, para asegurarme de que no lo había soñado. Y lo volví a escuchar. Y, como aún no me lo creía, repetí la operación. Por fin, levanté el auricular del teléfono. Estaba aterrorizado. Tenía que hablar con el tal Yuki y encontrar la forma de convencerlo para que me diera un trabajo en el club Mars.

Pero sólo se me ocurría una cosa: pedírselo por favor. Era lo único que podía decir. Por favor. Sostuve el auricular con una mano sudorosa y marqué el número.
–Hola, soy Yuki Watanabe –dijo lentamente.
–Hola, soy dj Moby –dije yo, hablando deprisa–. ¿Querías hablar conmigo?
–Sí, he oído la cinta. Es muy interesante. ¿Podrías trabajar el viernes por la noche?
–Sí, sí… claro que puedo.
–En ese caso, tocarás en el sótano. De diez de la noche a cuatro de la madrugada. Serán cien dólares.
–¡Gracias! Nos vemos el viernes.
–Vale, dj Moby.
Colgué y me acordé de Walker Percy. Hay una escena en su novela El cinéfilo donde el protagonista está en un museo después de haber sufrido un accidente. Al ver un haz de sol, se fija en las motas que flotan en él y tiene un momento de revelación.

Mi vida también había cambiado, y de un modo que no alcanzaba a imaginar. Hasta pude ver motas de polvo en la luz invernal que atravesaba los enormes ventanales. Me senté en la alfombra, sin soltar el teléfono. Mis neuronas giraban y giraban como los átomos en un documental científico de la pbs. ¿Había ocurrido de verdad? ¿O estaba alucinando? ¿Me habría dañado el cerebro alguna emanación tóxica de la fábrica? Volví a oír el mensaje del contestador. Era verdad. Me acababan de contratar para que actuara en el sótano del club más guay del planeta.

Me sentí como si el mundo se hubiera evaporado. Ya no veía ni el teléfono ni la fábrica abandonada ni el cielo detrás de los cristales. Sólo veía el sótano del Mars. Imaginé una sala pintada de negro, con techos bajos y un sistema de sonido perfecto. Un lugar oscuro, lleno de gente demoníacamente guay. Yo me subiría a la cabina de los dj y pondría hip hop y house.

Llamé a Janet. No estaba en casa, pero saltó el contestador.
–Janet, no vas a creerte lo que me ha pasado. Me ha llamado Yuki, del club Mars. Voy a pinchar el viernes por la noche.
No me lo puedo creer, no me lo puedo creer… ¡Llámame! No me lo puedo creer… –dije, y colgué. Pero tenía que dar gracias a Dios, así que me arrodillé en la alfombra robada y susurré–: Gracias, Dios, gracias. Sólo eso… Gracias.


Articulo: http://www.elcultural.com 10/11/2016

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