dimanche 16 juillet 2017

Alberto GORDO∕La vida salvaje de THOREAU

La vida salvaje de THOREAU
Por Alberto GORDO

Distintos sellos celebran los 200 años del nacimiento del pensador norteamericano con biografías y reediciones de sus obras.

A menudo se le reduce a padre del trascendentalismo norteamericano, o incluso de la literatura norteamericana, pero lo cierto es que Thoreau (1817- 1862) tomó las tesis de aquella corriente de pensamiento y las depuró, hasta propugnar la simbiosis perfecta entre el hombre y la naturaleza: de ahí que, para vivir intensamente, la única solución que encontró fuera la de irse al campo (si bien a una sola hora del hogar familiar), y allí, en una modesta cabaña, levantar una filosofía anclada en la observación. 

Visto desde hoy, Thoreau es un precursor del medioambientalismo y de la desobediencia civil. Su influencia llega hasta los activistas del siglo XX (pacifismo, derechos civiles) y se reinventa, en el XXI, por obra y gracia de la crisis económica, para transformarse en faro de indignados de todo signo, y en particular de aquellos que desean escapar de los rigores de la sociedad capitalista. La resistencia, pasiva, aquí prescribe desaparecer, aunque lo importante, al cabo, sea intervenir a través de la escritura.

El origen del "huracán Thoreau" lo podemos situar, sin embargo, ya con la crisis bien asentada, allá por 2013, cuando varias editoriales rescataron la obra de un pensador que había sido objeto de discusión en los sesenta, pero que después prácticamente desapareció de los debates académicos. Errata Naturae publicó entonces una edición crítica de Walden (y un año antes había publicado Cartas a un buscador de sí mismo, en donde se recogía la correspondencia del autor con Harrison G. O. Blake); Impedimenta hizo lo propio con La vida sublime, su biografía en cómic; y Capitán Swing editó una parte, forzosamente mínima, de sus diarios, proyecto al que ahora da continuación. En los últimos cuatro años los editores han mantenido vivo el fenómeno Thoreau. Sin embargo con el aniversario de su nacimiento la oferta para los lectores se enriquece con nuevas publicaciones de y sobre el padre del "pensamiento salvaje".

Capitán Swing acaba de publicar el segundo volumen de El Diario (1837-1861). Mientras tanto Ariel ha sacado El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau, de Toni Montesinos y Errata Naturae, el sello más vinculado al pensador norteamericano (ha publicado hasta la fecha seis de sus libros y el autor ha inspirado la colección "Libros salvajes"), ha puesto a la venta Todo lo que era bueno y salvaje y una nueva edición de Walden, además de la completa biografía del filósofo escrita por Robert Richardson

Irene Antón, editora de Errata Naturae, aún se sorprende de la buena recepción que los libros de Thoreau han tenido en el mercado. La idea de recuperar al pensador surgió, cuenta, del "interés" y la "pasión" de su socio, Rubén Hernández. Aunque aventura que quizás sus libros llegaron a los lectores en el momento preciso: "Tras años de crisis económica, había un desencanto con respecto al modo de vida que promueven nuestras sociedades, algo que describe y combate muy bien Thoreau".

Walden, de Henry D. Thoreau (Errata Naturae)

Aprovechando el aniversario, la editorial dirigida por Irene Antón y Rubén Hernández recupera el clásico de Thoreau en una edición ilustrada y con un rendido prólogo de Michel Onfray. El título toma el nombre de la laguna en cuya orilla estaba la cabaña adonde Thoreau se fue en 1845 tras abandonar el hogar familiar de Concord. Hoy son ya célebres sus motivos: no se marchó, dijo, para "jugar a la vida", sino para "vivirla intensamente de principio a fin". Michel Onfray cita en su prólogo una frase de Thoreau que él mismo ha repetido en algunas entrevistas. Una frase terrible y muy certera, dice él: "Hoy en día uno se encuentra con profesores de filosofía, no con filósofos". El filósofo ha de estar, defendía Thoreau y defiende hoy Onfray, en la calle, mezclado con la naturaleza y con los hombres, y no en el aula.

El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau, de Toni Montesinos (Ariel)

"Cómo vivir. Cómo sacarle el mayor partido a la vida. Cómo libar la miel de la flor del mundo. Ese es mi trabajo diario". Esta cita de Thoreau resume su filosofía vitalista, y es el punto del que parte esta biografía del escritor y crítico barcelonés Toni Montesinos, que adopta un tono abiertamente celebratorio. El autor divide la trayectoria de "este filósofo de la naturaleza" en varias facetas: sus relaciones, su escepticismo social, su relación consigo mismo y sus experiencias. Y resume así la trayectoria de Thoreau: "Quería ser él mismo, y vaya si lo fue, contra viento y marea, contra la sociedad pasiva y aborregada, contra el poder establecido que imponía leyes que estaban lejos de hacer iguales y libres a los hombres, contra las instituciones gubernamentales y eclesiásticas intolerantes y reaccionarias".

Thoreau. Biografía de un pensador salvaje, de Robert Richardson (Errata Naturae)

Esta biografía de Thoreau escrita por uno de los mayores especialistas en su legado era quizás el libro que faltaba en el catálogo de Errata Naturae para redondear su colección de títulos sobre el agrimensor, naturalista, conferenciante y hasta fabricante de lapiceros. En su crítica del libro, Rafael Narbona escribió: "La biografía de Richardson nos acerca convincentemente a un buscador incansable de la verdad y la felicidad, utilizando una prosa narrativa con una notable sensibilidad. Su enorme erudición se funde con una comprensión profunda del personaje".

El Diario (1837-1861). Volumen II, de Henry D. Thoreau (Capitán Swing).

El diario de Thoreau, de unas 7.000 páginas, es difícilmente publicable en su versión íntegra. El lector puede acceder esta selección realizada por Damion Searls para New York Review of Books en 2009. El diario es para muchos la gran obra de Thoreau. Reúne las ideas del autor sobre el tiempo, la naturaleza o la esclavitud. Ernesto Estrella, el traductor, defiende en el prólogo que el diario nos trae a un Thoreau "más cercano y contemporáneo" que quizás el de otras obras como Walden. Además, afirma, aquí "se nos sugieren las líneas generales del método Thoreau de observación y relación con nuestro entorno".

Todo lo bueno es libre y salvaje, de Henry D. Thoreau (Errata Naturae)

Si alguien quiere un destilado de Thoreau, de lo esencial de Thoreau, es posible que este sea su libro. Todo lo bueno es libre y salvaje reúne aforismos, extractos, ideas sueltas. La selección proviene sobre todo de los diarios, pero hay no pocos pensamientos que estaban en otros de sus libros. El título es una cita del propio Thoreau con que se cierra la antología. En no pocas citas se resume su manera de observar, de analizar, de reflexionar. Y también su modo de estar en el mundo. Desde su actitud ante la autoridad ("Yo no nací para ser sometido. Seguiré mi propio camino") hasta su profunda y comprometida relación con la naturaleza ("¿Quién escucha a los peces cuando lloran?").

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Es la hora de desobedecer
Por Marta CABALLERO
27/09/2012 

Errata Naturae publica por primera vez en español Cartas a un buscador de sí mismo, que recoge la correspondencia entre Thoreau y Harrison G. O. Blake. Publicamos las dos primeras misivas del volumen. En ellas están condensadas las grandes líneas del pensamiento del autor de 'La desobediencia civil' y 'Walden'.

Acababan los 60 y la contracultura ponía en circulación viejos títulos olvidados, novelas y ensayos decimonónicos que, con los cambios sociales y políticos, habían adquirido un cariz nuevo. En aquellos tiempos, y hablamos de España, el norteamericano H.D. Thoreau (1817-1862) gozó de un notable predicamento en los pasillos de las universidades y en las tertulias, esencialmente a través de sus dos obras más conocidas, la inspiradora Walden, romántico pilar del ecologismo sobre la vida del autor en los bosques, y La desobediencia civil, tratado que estos días de tomas de Congresos y de enfado generalizado, días más de agitación y de acción que de pensamiento, vuelve a hacerse presente.

Errata Naturae, sello atento a los tiempos y volcado en la filosofía, vio enseguida que Thoreau era "un autor poco y mal leído en España" a pesar de la actualidad de la que volvía a gozar su producción. En una tarea de investigación, el director de la editorial, Rubén Hernández, se propuso recuperar para los lectores españoles su correspondencia con Harrison G. O. Blake, quien escribe a su colega para solicitar su consejo hacia una vida "más verdadera y más pura". A pesar de ser casi de la misma edad, Blake quedó fascinado ante la sabiduría de Thoreau. Abandonó a Emerson, que había sido maestro de ambos, y como en las Cartas de Lucilio a Séneca, atiende a todo lo que el autor de Walden quiere contarle de la vida. De esta idea, el título del volumen: Cartas a un buscador de sí mismo.

"El de Séneca y Lucilio y este son dos epistolarios parecidos en cuanto a que los maestros van al grano y deciden hablar de las cosas que les pasan a la gente. Son las cartas de dos hombres con una vida intelectual muy activa pero en las que uno ejerce una maestría vital sobre el otro, de manera que recuperan la idea de maestro de vida, que nos gusta mucho. Se da una relación muy bonita entre los dos, porque Thoreau también es muy humilde hacia Blake, cuyas respuestas le ofrecían un reflejo de sí mismo", reflexiona Hernández. 

En estas misivas está la vida: Thoreau le habla a Blake de cómo ganarse la vida, del coraje, del sexo, del trabajo, del amor, de la naturaleza, de la libertad, de la sociedad, de la política, de la moral, de la alimentación, de la disidencia, de la religión, de la soledad... No en vano, décadas después de la temprana muerte de Thoreau, un Blake anciano confesaba seguir releyendo aquellas cartas, como si buscara aún en ellas una verdad esencial: "Y, sin embargo, sé que estas cartas siguen viajando en el correo, que en cierto sentido aún no me han llegado, y probablemente no lo harán mientras viva. De hecho, puede decirse que estas cartas están desde siempre dirigidas a quien mejor pueda leerlas".

La obra, que se había publicado junto con otras correspondencias del escritor en Estados Unidos pero nunca en español, tiene la ventaja de ser una edición crítica muy bien pensada. De las más de 50 cartas que existen, escritas a lo largo de 13 años, los editores han seleccionado una treintena compuesta sólo por aquellos textos que encierran contenido filosófico, más allá de las palabras amistosas entre ambos, aunque las elegidas gozan también de gran intensidad. Además, las notas al pie guían al lector por las referencias del pensamiento y la biografía de Thoreau y por las alusiones que el filósofo, hombre de vastísima cultura y poseedor de una de las bibliotecas más importantes del continente americano, maneja en cada una de sus epístolas.

Los editores recomiendan no sólo la lectura de este título sino de otros de Thoreau en un momento como el presente: "Lo que estamos viviendo a lo largo de este año nos devuelve a la idea de que únicamente la acción directa y la desobediencia civil pacífica pueden llevar a un tipo de solución sobre problemas concretos. Tal y como se legisla en España y tal y como la oposición demuestra su flaqueza, sólo nos queda eso. En este sentido, la de Thoreau es una lectura inspiradora". De hecho, su mítico La desobediencia civilnació de un episodio de la vida del autor, que tras negarse a pagar impuestos debido a su oposición a la guerra de México y a la esclavitud en Estados Unidos, fue encarcelado. Es el germen de su idea, también presente en las cartas que ahora ven la luz en España, de que el Gobierno no debe tener más poder del que los ciudadanos estén dispuestos a concederle.

Más aún, la crisis económica también entronca con otra de las bases de su pensamiento, la expuesta en Walden, que se relaciona con la autogestión, con la propuesta de vivir muy bien y muy tranquilo con casi nada: "Una cabaña, un par de amigos, una madre atenta", concluye Hernández. Pues nada, si uno no puede caminar hacia lo salvaje y vivir en una cabaña, aquí estas elocuentes, brillantes y emotivas cartas que llegan este viernes a las librerías y de las que ahora publicamos las dos primeras: 

Worcester, Massachusetts, marzo de 1848
[De Harrison G. O. Blake a Henry David Thoreau]

Su artículo ha reavivado en mí la impresión inolvidable que tengo de usted, que me llevé conmigo gracias a unas palabras que dijo. 

La última vez que fui a Concord, habló de retirarse más aún de nuestra civilización. Le pregunté entonces si no sentiría deseo alguno de la compañía de sus amigos. Su respuesta fue: «No, yo no soy nada». 

Esa respuesta fue, para mí, memorable. Indicaba una profundidad de recursos, una entereza en la renuncia, un equilibrio y una fe en el universo que casi no alcanzo a concebir; algo que, sin embargo, en usted parecía domesticado, y hacia lo cual yo alzo mi mirada con admiración. Me gustaría conocer el alma que dice: «Yo no soy nada». Verme elevado por sus palabras hacia una vida más verdadera y más pura.

En mí parece revestirse de un nuevo significado la idea de que Dios, simplemente, está aquí; de que no debemos hacer sino inclinarnos ante Él con profunda sumisión en cada momento, y de que Él llenará nuestra alma con su presencia. En este abrirse del alma a Dios, todos los deberes parecen encontrar su centro; ¿qué más habríamos de hacer?

Si comprendo correctamente, el significado de su vida es el siguiente: querría separarse de la sociedad, del sortilegio de las instituciones, de los usos, de los conformismos, de tal modo que pueda llevar una vida simple y nueva. Antes que infundir una nueva vida a las viejas maneras, tendrá una vida nueva por fuera y por dentro. Hay algo de sublime para mí en esta actitud, de la cual yo mismo estoy muy lejos.

Hábleme en esta hora, ya que es solicitado...

Lo venero porque se abstiene de la acción, y abre su alma con el objetivo de poder ser. En mitad de un mundo de actores bulliciosos y superficiales, es noble hacerse a un lado y decir: «Simplemente quiero ser». Si pudiese plantarme enseguida sobre la verdad, reduciendo al mínimo mis necesidades, me vería inmediatamente más cerca de la naturaleza, más cerca de mis compañeros... y la vida sería infinitamente más rica. Pero ¡heme aquí!, temblando en la orilla...


Concord, 27 de marzo de 1848

Es un placer saber que algunas de mis palabras, pese a que el momento en que las pronuncié queda tan lejano que me es difícil reconocerlas como propias, le han merecido estima. Me halaga, pues tengo entonces razones para suponer que he llegado a aquello que realmente concierne al hombre, y para creer que cuando un hombre se dirige a otro no lo hace en un ejercicio fútil. Ése es el valor de la literatura. Aunque esos días quedan tan atrás, en todo sentido, que tengo que volver a consultar mis páginas para recordar cuál fue entonces el tono de mis reflexiones. Sin embargo, sólo por haberme procurado su carta, valoro en mayor medida aquel artículo.

Creo firmemente en la correspondencia entre la vida exterior y la vida interior; así como tengo la certeza de que aunque algunos hombres consigan vivir una vida virtuosa, el resto seguirá sin advertirlo. La diferencia y la distancia son una misma cosa. Vivir una vida auténtica es como viajar a un país lejano y encontrarnos progresivamente rodeados por nuevos escenarios y hombres; y cuando me hallo rodeado por los más ancianos, me doy cuenta de que de ninguna forma estoy viviendo una vida nueva o mejor. El exterior es sólo la representación de lo que hay dentro. Los hábitos no esconden al hombre, sino que lo muestran; ellos son sus auténticos ropajes. No me incumben las curiosas razones que puedan aducir para atenerse a ellos. Las circunstancias no son rígidas e inflexibles; sí lo son, sin embargo, nuestros hábitos.

A veces tenemos la tendencia a hablar con ligereza, como si una vida divina fuera a injertarse o a aparecer en nuestro presente como una oportuna fundación. Esto podría tener sentido si pudiéramos reconstruir nuestra antigua vida, excluyendo de ella todo el calor de nuestros afectos, dejándolos marchitar, como el mirlo construye su morada sobre el nido del cuclillo, y allí incuba sus huevos, que son los únicos que eclosionan. Pero lo cierto es que nosotros -y aquí se halla la línea de demarcación- incubamos ambos huevos. Y ya que el cuclillo lo aventaja en un día, su cría, al nacer, expulsa a las crías del mirlo. No hay otra solución: destruir el huevo del cuclillo o construir un nido nuevo.

El cambio es el cambio. Ninguna vida nueva ocupa viejos cuerpos decadentes. La vida nace, crece y florece. Los hombres intentan revivir patéticamente lo viejo, y por eso lo aceptan y soportan. ¿Por qué aguantar en el hospicio pudiendo ir al cielo? Es como embalsamarse, nada más. Dejada de lado vuestros ungüentos y sudarios, y entrad en el cuerpo de un recién nacido. Podéis ver en las catacumbas de Egipto el resultado de aquel experimento. Conocemos su final.

Creo firmemente en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo incluso los hombres más sabios pasan sus días ocupados en asuntos triviales que creen que han de atender, en detrimento de otros asuntos más importantes que creen su deber omitir. Cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil, empieza por deshacerse de todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia, y diferenciemos entre lo necesario y lo real. Sondeemos la tierra para ver hacia dónde se extienden nuestras principales raíces. Me basaré siempre en los hechos. ¿Por qué negarse a ver? ¿Por qué no utilizar nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres lo ignoran todo? Conozco a muchos a los que es difícil engañar cuando se trata de asuntos comunes, muy desconfiados de los cantos de sirena, que disponen responsablemente de su dinero y saben cómo gastarlo, que disfrutan fama de prudentes y cautelosos, y que, no obstante, aceptan vivir gran parte de su existencia tras un mostrador, como cajeros de un banco, y brillan y se oxidan y finalmente desaparecen. Si saben algo, ¿por qué diablos lo hacen? ¿Saben qué es el pan? ¿Y para qué sirve? ¿Saben qué es la vida? Si supieran algo, cuán rápido dejarían de frecuentar para siempre los lugares donde ahora se los conoce tan bien.

Esta vida, nuestra respetable vida diaria, sobre la cual se halla tan bien plantado el hombre de buen sentido, el inglés de mundo, y sobre la que descansan nuestras instituciones, es en realidad la más pura ilusión, que se desvanecerá como el edificio sin cimientos de una visión2. Sin embargo, un minúsculo resplandor de realidad que a veces ilumina la oscuridad de los días de todos los hombres nos revela algo más consistente y perdurable que el diamante, la piedra angular del mundo.

El hombre es incapaz de concebir un estado de cosas tan bello que resulte irrealizable. ¿Puede alguien revisar honestamente su propia experiencia y afirmar que no es así? ¿Existen hechos a los que apelar cuando decimos que nuestros sueños son prematuros? ¿Habéis tenido noticia de algún hombre que haya luchado durante toda su vida por algo, y que de algún modo no lo lograra? Un hombre que aspira a algo sin descanso, ¿no se siente ya elevado? ¿Quién que haya intentado el acto más simple de heroísmo, de magnanimidad, o buscado la verdad y la sinceridad, no halló algo que mereciese la pena? ¿Quién podría decir que ésta es una empresa vana? Es innegable que no debemos esperar que nuestro paraíso sea un jardín. No sabéis lo que pedís3. Veamos la literatura. ¡Cuántos buenos pensamientos ha concebido cada ser humano! ¡Y qué pocos pensamientos buenos se expresan! Y, sin embargo, no poseemos una sola fantasía, por más sutil o etérea que haya sido, que el simple talento, acompañado de resolución y constancia, tras mil fracasos, no pueda fijar y grabar con palabras distintas y duraderas, de tal forma que entendamos que nuestros sueños son los hechos más confiables que conocemos. Pero no estoy hablando de sueños ahora.

Lo que puede expresarse con palabras puede expresarse con nuestra vida.

Mi vida real es un hecho sobre el que no tengo razones para congratularme conmigo mismo, pero tengo respeto por mi fe y mis aspiraciones. De ellas le hablo ahora. La posición de cada uno es demasiado simple para ser descrita. No he prestado ningún juramento. No tengo un esquema para entender la sociedad, la Naturaleza o Dios. Soy, simplemente, lo que soy, o comienzo a serlo. Vivo en el presente. El pasado es sólo un recuerdo para mí, y el futuro una anticipación. Amo la vida, amo el cambio más que sus modalidades. En la historia no está escrito cómo el malo se hizo mejor. Creo en algo, y no hay más. Sé que soy. Sé que existe otro, más sabio que yo, que se interesa por mí, de quien soy su criatura y, de alguna manera, su igual. Sé que el reto merece la pena, que las cosas van bien. No he recibido ninguna mala noticia.

Respecto a las posiciones, a las combinaciones y a los detalles, ¿qué son en realidad? Cuando hace buen tiempo y alzamos la mirada, ¿qué vemos sino el cielo y el sol?

Si busca persuadir a alguien de que hace mal, actúe bien. Que no le importe si no lo convence. Los hombres creen en lo que ven. Consigamos que vean.

Siga con su vida, persista en ella, gire a su alrededor, como hace un perro alrededor del coche de su amo. Haga lo que ame. Conozca bien de qué está hecho, roa sus propios huesos, entiérrelos y desentiérrelos para roerlos de nuevo. No sea demasiado moral. Sería como hacer trampas con uno mismo. Sitúese por encima de los principios morales. No sea simplemente bueno, sea bueno por algo. Todas las fábulas tienen su moraleja, pero a los inocentes lo que les gusta es escuchar la historia.

No permita que nada se interponga entre usted y la luz. Respete a los hombres sólo como hermanos. Cuando emprenda viaje a la Ciudad Celestial5, no porte carta de recomendación alguna. Cuando llame, pida ver a Dios, y nunca a los sirvientes. En aquello que más le importe, no piense que dispone de compañeros de viaje. Dese cuenta de que está solo en el mundo.

Escribo a salto de mata y sin plan previo. Necesito verle, y confío en hacerlo, y así corregir mis errores. Quizá tenga usted algún oráculo para mí.

Henry Thoreau

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Esta es la primavera de Thoreau
Por Marta CABALLERO
01/05/2013

Varias editoriales recuperan distintas obras del filósofo norteamericano. En el contexto de la crisis y de la amenaza ecológica, sus tesis cobran valor: ¿Qué pensaría de los escraches? ¿Tomaría el Congreso?

El pasado mes de septiembre, cuando Errata Naturae publicó el bello volumen Cartas a un buscador de sí mismo, de Henry David Thoreau, su editor, Rubén Hernández, presagiaba una vuelta del pensador a los ámbitos editorial y académico. Las tesis del nortemericano, formuladas hace un siglo y medio, habían sido pasto de debates universitarios durante los años setenta pero, perdido el idealismo, su filosofía dejó de estar de moda. Su consideración de clásico logra que, por supuesto, Thoreau siempre haya funcionado como un referente, pero no ha sido hasta esta primavera cuando el autor ha vuelto realmente a la circulación en España gracias a los lanzamientos de varias editoriales. Mientras Errata Naturae, que ya anunció en su día que regresaría al escritor, publica una nueva edición crítica de Walden, su obra maestra, la editorial Impedimenta se atreve con La vida sublime, su biografía en cómic, en tanto que Capitán Swing colocó en las librerías hace unas semanas El diario. Por otra parte, Acuarela Libros planea una reedición de la biografía que escribió sobre él Antonio Casado de Rocha, uno de los mayores expertos en su obra.

No es casual este regreso a los bosques de Thoreau, a su trascendentalismo, a su pasmo ante el espectáculo de la naturaleza, a su visión del individuo como valor máximo, a su lirismo, a su rebeldía contra la injusticia política, a su aspiración de vivir una vida frugal, de espaldas al dinero, ajena al consumismo. En el contexto de la crisis económica y de la amenaza ecológica, tenía sentido que el filósofo, un indignado al fin y al cabo, emergiera de su cabaña para contarnos algunas verdades.

Después de tres ediciones de Cartas a un buscador de sí mismo, los responsables de Errata Naturae quisieron recuperar para los lectores españoles Walden, piedra angular del pensamiento ecologista y un clásico fundamental de la literatura norteamericana. En ella, Thoreau narraba su vida durante dos años en los bosques, con el único objetivo de "vivir deliberadamente" y de ver si con esta experiencia podía descubrir aquello que la vida tuviera que enseñarle ("no fuera que cuando tuviera que morir descubriera que no había vivido", se autoadvertía). Con esta nueva edición, el sello ha querido corregir algunas carencias de las anteriores, ampliando las notas al pie y recuperando una cierta belleza del lenguaje que se había ido perdiendo en la traducción. Además, el libro ofrece por primera vez un formato de lectura cómodo, pues las ediciones supervivientes eran de bolsillo. Hernández considera que Thoreau es un pensador referencial "por su defensa de la insubordinación civil frente a los excesos del Estado y las injusticias de la justicia", dos cuestiones que a su juicio casan bien con esta temporada de Congresos blindados.

¿Qué habría pensado el autor, por ejemplo, sobre los escraches?, se pregunta el editor, que recuerda que Thoreau fue el primer norteamericano que defendió públicamente al Capitán Brown, líder de un grupo de rebeldes que rescataba con acciones violentas a esclavos para liberarlos en Canadá. "Hoy existen otras formas de esclavitud, uno puede ser esclavo de un banco, por ejemplo. Desarrollar acciones más allá del marco legal es importante para entender el contexto de ciudadanía. Por tanto, esta es una reflexión que está presente, como lo está el ecologismo, pues Thoreau ya se percató en su tiempo de los riesgos que amenazaban al planeta y defendió la tierra como un bien común", amplía.

Para los editores de Impedimenta, sus doctrinas adquieren peso en un momento como el presente, en el que el lector busca respuestas a cuestiones relacionadas con el poder. En este sentido, su carácter de resistente es para ellos su mejor atributo: "Fue el primero en rebelarse contra un orden establecido que no siempre actuaba a favor de los ciudadanos y supo vivir de sus propios recursos, algo que de lo que se está empezando a escribir mucho también ahora. Él ya se negó a pagar impuestos. El otro día veía el programa de Jordi Évole en torno a la desobediencia civil y te das cuenta de que es puro Thoreau", compara Enrique Redel, el dueño de esta editorial que lanza estos días el primer cómic sobre la vida de un panteísta que, al margen de toda ideología, tuvo al hombre como su mayor valor. Muy bien estructurada y documentada, esta evocadora obra viene firmada por los franceses Maximilien Le Roy y A. Dan. "El álbum que publicamos refleja nuestra forma de ver al personaje, pues no lo describe como un ermitaño o un loco, sino como un escritor que es consciente de que se mueve en sociedad pero que vive como un individualista. Sin embargo, permanece contacto con la gente, da arengas, discursos...", explica Redel, que ve en Thoreau una clara fuente de inspiración para voces como las de los recientemente fallecidos Stéphane Hessel y José Luis Sampedro.

Según Redel, la vuelta de Thoreau al presente tiene motivos similares a los que se dieron cuando la contracultura de los setenta lo sumó a sus referentes. "Hoy, como entonces, asistimos a un cambio de paradigma, a una explosión de la sociedad de consumo, a la pérdida de unos valores que habían imperado y, con ello, a la búsqueda de nuevas maneras de actuar. Ahora nos estamos dando cuenta de que el estado de bienestar no volverá a ser lo que era y de que las estructuras sociales ya no sirven. El inspirador Thoreau nos anima a buscar la respuesta en uno mismo y nos exige una visión más ética de las cosas".

Daniel Moreno, de Capitán Swing, reconoce que ya le tomó cierto cariño al escritor en los años de universidad, cuando lo estudió junto a Whitman y Emerson en una asignatura sobre Trascendentalismo. "Tenía muchas ganas de sacarlo desde que descubrí que una editorial norteamericana había hecho una magnífica edición "resumida" de El diarioEste libro siempre me pareció la pieza perfecta de Thoreau; lo fue escribiendo durante toda su vida y en él se resume todo de la manera más bella, ágil y sencilla". Moreno cita a Casado de Rocha para aludir también a los paralelismos de su producción literaria con nuestro tiempo: "Sin ir más lejos, convulsiones bancarias y sociales con consecuencias desastrosas, así como ciertos 'progresos tecnológicos' que parece que nos alejan como personas y que fracturan ciertas relaciones que las redes comunitarias nos han estado proporcionando durante milenios. Esto último se ve muy bien en Thoreau, en el desasosiego de una sociedad en la que se ha fracturado la parte de nuestra alma que nos conecta con los demás y con la naturaleza. Estamos, por así decirlo, en un momento trascendente. El trascendentalismo tiene algo de contracultura que nos atrae... de contracultura con mayúsculas. Thoreau no sólo se oponía a la cultura dominante de la época sino que tenía la capacidad de proponernos nuevas formas alternativas de vivir una buena vida, y en momentos como este me parecen reflexiones muy importantes".

A la vuelta del verano, Acuarela Libros reeditará la biografía del filósofo que lanzó hace unos años cuando, como explica Javier Lucini, ya se hablaba del origen de la resistencia pasiva y de la desobediencia civil, hoy dos conceptos de completa actualidad. Sin embargo, el diálogo que ahora Thoreau mantiene con el presente es mayor porque, explica el editor, incorpora el desencanto pero a la vez es muy vitalista y brinda al lector un punto de vista esperanzador que, con toda esta debacle, se hace necesario. Lucini no se olvida de reseñar, además, sus cualidades como prosista, que han sabido apreciar escritores como Paul Auster y Joyce Carol Oates. Por último, celebra la coincidencia en el mercado de varios títulos: "El de Impedimenta, por ejemplo, está muy bien, porque más allá del Walden tiene una biografía muy desconocida, está bien saber qué hizo, qué dijo... y también era necesario que una editorial como Errata Naturae relanzase esta obra, porque no había una edición decente y es un libro que apetece tener".

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Thoreau. Biografía de un pensador salvaje
Por Rafael NARBONA

Robert Richardson
Traducción de Esther Cruz Santaella. Errata Naturae. Barcelona, 2017. 600 pp., 24 €

La pasión por las ciudades nace de la pasión por el hombre. Suele expresar confianza en los logros de la civilización y sólo reconoce la autoridad de la razón. En cambio, la pasión por la naturaleza brota del afán de libertad, de la rebeldía contra la rutina de la sociedad industrial y tecnológica, de la urgencia por encadenar vivencias que nos hagan crecer interiormente, aunque carezcan de utilidad práctica. 

Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) no era un misántropo, pero nunca sucumbió a la seducción de los paisajes urbanos, bulliciosos y promiscuos. Amaba al ser humano, pero opinaba que sólo podía realizarse plenamente en contacto con la naturaleza. No transigió con el racionalismo exacerbado, insensible ante el misterio, lo poético y lo intuitivo, ni con los dogmas religiosos, que no reconocen la trascendencia del orden natural. Jamás anheló la inmortalidad personal, pues siempre estimó un destino superior perdurar como una brizna del cosmos y no como un individuo. Admirador de los estoicos, consideró un trágico error dividir la realidad en dos esferas cualitativamente distintas. No hay que buscar lo espiritual fuera del espacio y el tiempo, sino en la naturaleza. Los bosques, las montañas y los ríos son el rostro visible de lo divino. Los pueblos nativos norteamericanos lo comprendieron, sin la necesidad de elaborar complejas teorías filosóficas.

Robert D. Richardson (Milwaukee, Wisconsin, 1934) publicó en 1987 una rigurosa e inspirada biografía de Thoreau subtitulada A life of the Mind que aparece ahora en castellano con el subtítulo Biografía de un pensador salvaje. Ambas fórmulas son pertinentes y complementarias, pues Thoreau dedicó casi todas sus energías a reflejar mediante la escritura su evolución intelectual y espiritual. Sus apasionadas lecturas (Homero, Virgilio, Goethe) influyeron notablemente en su trayectoria, pero las enseñanzas fundamentales no las adquirió en los libros, sino en la naturaleza virgen.

Siempre se identificó con una famosa reflexión de Goethe durante su viaje por Italia: “No descansaré jamás hasta saber que todas mis ideas se derivan, no del rumor o la tradición, sino de mi contacto vivo y real con las cosas en sí”. La biografía de Richardson -hasta la fecha la más completa, inteligente y rigurosa- revive la peripecia de Thoreau desde sus inicios, cuando recorre las afueras de Concord, Massachusetts, con John, su hermano mayor, embriagados por el paisaje. Su pasión por saber y entender no es una fría determinación académica, sino un sentimiento exaltado. “El pensamiento no es nada sin entusiasmo”, advierte. Para emocionarse, sólo es necesario abrir los ojos, mirar sin lastres y prejuicios: “Cuánta virtud hay sencillamente en ver”.

Thoreau se identifica con el espíritu pagano de griegos y romanos, sin ocultar su escasa simpatía hacia el cristianismo, que invoca inexistentes paraísos para denigrar la naturaleza, supuestamente contaminada por el pecado original. Al igual que Sócrates y Platón, entendía que la amistad era un signo de excelencia moral. Enamorado de Ellen Sewall, que le rechazó por presiones familiares, aseguraba que “todo romance se fundamenta en la amistad”. En otro lugar, señaló que “toda amistad es una comunidad de amor”. Richardson apunta que Thoreau siempre mostró inhibiciones y frialdad en relación al sexo. De hecho, no se le conocen amantes, ni idilios. En Walden afirma que “la castidad es el florecimiento del hombre”. Durante su agonía, confesó: “Siempre la he amado”, refiriéndose a Ellen. Si ella fue su amor imposible, Ralph Waldo Emerson encarnó la amistad perfecta, altruista y fecunda, pues los dos intercambiaron ideas e impresiones, suscribiendo el credo individualista, el panteísmo y un beligerante abolicionismo. 

Emerson le alojó en su casa durante un tiempo y, más tarde, le animó a realizar su sueño de independencia y pureza, instalándose en una pequeña finca de su propiedad situada en las cercanías de la laguna Walden. Allí levantaría Thoreau su humilde cabaña y pasaría algo más de dos años elaborando el manuscrito de Walden, que no aparecería publicado hasta 1854, después de pasar por sucesivas versiones. La definitiva constituye una exquisita depuración de las tesis esenciales del trascendentalismo norteamericano: la participación del alma individual en el alma del mundo, la existencia de una energía cósmica como origen del ser, la aceptación incondicional de las leyes de la naturaleza, la experiencia mística de lo real como una totalidad autosuficiente. “Fui a los bosques -explicó Thoreau- porque quería vivir deliberadamente solo para enfrentarme a los hechos esenciales de la vida [...] y no descubrir al morir que no había vivido. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida”.

Thoreau consideraba que el hogar del hombre civilizado era “una prisión”, un horrible confinamiento. Sólo disfruta de una verdadera libertad en la naturaleza, pues “es su morador y no su invitado”, como aparecieron las antiguas culturas de la India y otros pueblos que no establecieron distinciones entre lo natural y lo sagrado. Sin embargo, Thoreau no halló el paraíso en la laguna Walden, sino en una temprana excursión con su hermano John por el apacible río Concord. “¿Qué sería de la vida humana sin bosques, sin esas ciudades naturales?”, pregunta con estupor. Su oposición a la esclavitud y a la guerra contra México motivó su negativa a pagar el impuesto al sufragio, lo cual le costó una noche de prisión. La experiencia le inspiró su famoso ensayo Desobediencia civil, donde reivindica el derecho a no cumplir las leyes injustas y a protestar de forma no violenta. Con fuertes convicciones desde su juventud, había renunciado a una plaza de maestro por su desacuerdo con los castigos físicos y, más adelante, criticaría el presunto Destino Manifiesto de Estados Unidos, que alentaba el imperialismo y el saqueo. Su espíritu crítico convive con un patriotismo sincero y alternativo. La grandeza norteamericana no procede de su poder militar o económico, sino de su naturaleza salvaje, que permite viajar hacia el interior de uno mismo, acompañado por sus grandes llanuras, sus místicas cumbres y sus espesos bosques. Ascético y frugal, Thoreau vivió pobremente, sin otra ambición que pasear, escribir y leer. No tuvo suerte con los editores, que muchas veces rechazaron y menospreciaron sus manuscritos. Murió prematuramente a causa de la tuberculosis, con sólo cuarenta y cuatro años.

Su obra y su vida son un fiel reflejo de lo que escribió una vez: “Un hombre recibe sólo lo que está preparado para recibir, ya sea física, intelectual o moralmente. Escuchamos y asimilamos sólo lo que ya sabemos a medias. Todo hombre, por tanto, sigue el rastro de sí mismo a través de la vida, en todas sus escuchas, lecturas, observaciones y viajes”.

La biografía de Richardson nos acerca convincentemente a un buscador incansable de la verdad y la felicidad, utilizando una prosa narrativa con una notable sensibilidad. Su enorme erudición se funde con una comprensión profunda del personaje. No sin cierta intención paródica, Thoreau escribió: “Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano”. El ser humano sólo conocerá la dicha, redescubriendo ese lado salvaje silenciado por varios siglos de civilización. Salvaje no significa violencia, sino libertad, espontaneidad, inocencia. El salvaje sabe que “la tierra está viva y crece”, que “no es una masa muerta e inerte”, sino espíritu fértil que estalla en primavera y se recoge en invierno. El hombre civilizado sólo ve cosas, útiles, materia explotable. 

Richardson nos invita a mirar el mundo con los ojos de Thoreau. El retrato escogido como portada muestra un rostro prematuramente avejentado por el avance de la tuberculosis, pero en su mirada se advierte la serenidad del que ha descubierto la verdadera faz del paraíso. No hay un más allá, sino un mundo con un alma gigantesca que se manifiesta en cada hoja, en cada arroyo, en cada nube. Saber que somos parte de él, que vivimos y reviviremos en él, debería ser suficiente para perder el miedo a la muerte y gozar del instante, sin lamentar su inevitable y fugaz ocaso.


Artículo: http://www.elcultural.com 12/07/2017 

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