dimanche 23 juillet 2017

DOVLÁTOV por DOVLÁTOV

LIBROS:
DOVLÁTOV por DOVLÁTOV

Extractos de cartas y textos inéditos en los que el escritor ruso se retrata y define a sí mismo

Maestros. 
“Puede uno postrarse ante la inteligencia de Tolstói. Sentirse admirado por la elegancia de Pushkin. Valorar las búsquedas morales de Dostoievski. El humor de Gógol. Y así sucesivamente. Y no obstante, al único a quien quisiera parecerme es a Chéjov” (Cuaderno de notas).

Carcelero. 
“Solzhenitsin describe los campos de los políticos; yo, los de los comunes. Solzhenitsin fue un preso; yo, un vigilante. Según Solzhenitsin, el campo es un infierno; yo, en cambio, creo que el infierno somos nosotros mismos” (Zona).

Retrete. 
“Con la vivienda las cosas siguen, como siempre, mal: paso la noche en un cuarto de calderas. Pero es un problema que, en principio, tiene solución. Un periódico me ofrece 9 metros; otro, un apartamento de un cuarto, pero por alguna razón sin baño. Esto me asusta, porque todos mis argumentos los he inventado justamente en el retrete. No exagero, pues de hecho la gente lo pasa mal en el váter; corren las ideas, el intelecto se relaja. En una palabra, pronto tendré casa. Aunque me he pasado dos noches en la estación. Aquí los escritores son estonios. Cuesta tratar con ellos, son muy mustios. El temperamento de un estonio medio está a la altura de un judío muerto. Pero son más limpios, más naturales (no que los judíos, sino en general)” (Carta desde Tallin —Estonia— a una amiga de Leningrado).

Estados Unidos. 
“Estamos en Nueva York. Todo va bien. Lo principal en la vida americana es su variedad, su diversidad. Aquí hay de todo, desde lo más maravilloso hasta las cosas más repugnantes. Pero decididamente, de todo. Hay bragas de mujer comestibles. Camisetas con retratos de Jruschov. Un negro vecino va con un gorro de la Caballería roja. En Broadway he visto a una mujer completamente desnuda con una gabardina de celofán…” (Carta desde EE UU, años setenta).

Libertad. 
“En América hay, claro está, muchas cosas buenas, lo mejor tiene que ver con las tradiciones: la libertad, la buena disposición, el humor, pero nosotros hemos crecido en un país por completo diferente y nos acostumbramos a estas condiciones con enorme dificultad. Aquí la idea de la libertad se defiende con pasión, hasta patológicamente. Mi vecino puertorriqueño pone una música alta hasta el delirio, pero si yo le hiciera alguna observación, ni siquiera me soltaría una fresca en respuesta; sencillamente no entendería lo que le quiero decir, pues mi acto sería un atentado contra su libertad, contra su privacy. Privacy es su palabra mágica, significa ‘el campo de lo privado’ y se defiende con una fuerza titánica. Te puedes tirar a una tía, pero no le puedes preguntar: ‘¿Qué hiciste ayer’, sería transgredir su privacy. Katia [su hija] se ve con un chico, pero yo no sé absolutamente nada de él, es la privacy de ella…” (Carta desde EE UU).

Emigración. 
“Quiero y respeto América, pero nosotros no vivimos en América, sino en la emigración” (Carta desde EE UU).

Escritor profesional. 
“Hace tiempo que ya no existe aquel escritor que daba sus primeros pasos, al asalto de redacciones y editoriales. He escrito doce libros, cuatro de ellos se han traducido a varias lenguas, tengo contratos para otros tres en varios países, etcétera. Por supuesto, no me he convertido en Shakespeare ni en Brodsky, pero hace tiempo que soy un escritor profesional; pobre, como la mayoría de los escritores serios en Occidente, pero del todo respetado, y el volumen de lo escrito sobre mí triplica ya lo que yo mismo he logrado escribir” (Carta desde EE UU en enero de 1989; Dovlátov moriría en agosto de 1990).


Artículo: https://elpais.com 10∕07∕2017



***
Emigrantes (1985)
Por Sergei Dovlátov
(1941-1990)

El barrio ‘Nueva Holanda’ es uno de los rincones pintorescos de Leningrado…
Guía del viajero

El sol se alzaba a regañadientes, rozaba las chimeneas de las fábricas, se lanzaba por debajo de las ruedas de los automóviles sobre el frío asfalto, se escurría entre la maleza de antenas televisivas. En un pequeño y sucio jardín público se despertaron al mismo tiempo Chikvaidze y Shapovalov.

¡Ah, qué bien se bebió ayer! ¡Qué alto habían cantado! ¡Cuántos intentos por bailar moviendo dinámicamente la prótesis! ¡Con qué intensidad se trazaron las rutas de la amistad y las líneas de las miradas! ¡Qué bien se había portado el caucásico y abrumado Chikvaidze! (Las monedas de diez kopeks saltaban de sus bolsillos refutando con su gentil sonido la primacía de lo material sobre el espíritu.) Y cómo se habían tambaleado en la noche, apoyándose firmemente en los costados de los edificios, en los soportes, en las farolas… Y es así que despertaron sobre un montón de grava…

Shapovalov y Chikvaidze hurgaron entre los pliegues de su ropa manchada y arrugada. Extrajeron un fragmento de pescado ahumado, un trozo de cebolla y los restos ya oxidados de una manzana. Los amigos desayunaron en silencio. Se conocieron hacía poco tiempo. Los había unido una riña cerca del establecimiento donde venden champaña. En lugares estrechos las peleas no duran mucho. Y todo por unos zapatos veraniegos que dejaban sus callos al descubierto.

—¡Te voy a masacrar!— gritó Chikvaidze (Shapovalov le había pisado el pie.)
Lo voy a masacrar, no te— lo corrigió Shapovalov.

Después forcejearon buen rato en la acera, hasta que de pronto Chikvaidze aflojó los dedos sobre la garganta de Shapovalov y dijo:
 —Ya me acordé de dónde te conozco. Te vi en el estreno de Tarkovsky en Dom Kinó.
Y desde entonces eran inseparables.

El pequeño jardín estaba rodeado por edificios. El sol pálido se alzaba a la altura de sus hombros. Entre los contenedores de basura se ocultaban los restos de oscuridad de la noche anterior. Los amigos se levantaron y salieron a la calle, inundada por los rayos tímidos del sol de abril.
—¿Dónde estamos?— preguntó Chikvaidze a la primera persona que salió a su encuentro.
—En Nueva Holanda— le respondió tranquilamente el sujeto.

Los edificios se balancearon. Las fachadas invadidas por el sol se arrastraron oblicuamente hacia lo alto y la calzada arrojada bajo sus pies se precipitó galopando hacia el horizonte.
—¡Vaya vaya!— pronunció Shapovalov —¡Mira nada más! ¡Con senda resaca y venirnos a meter a Holanda!
—¡Qué desgracia— repuso Chikvaidze —perdernos en un país desconocido!
—Lo importante— dijo Shapovalov —es no perder los ánimos. Ya ni modo, nos emborrachamos…ya qué, cruzamos la frontera. Contaremos todo francamente y posiblemente nos perdonen.
—Yo quiero irme a mi casa— declaró Chikvaidze —¡no puedo vivir fuera de Georgia!
—Pero si nunca has estado en Georgia.
—Pero toda mi vida he cocinado borscht de col y betabel.

Los amigos se callaron. A su lado los tranvías pasaban con gran estruendo. Los periódicos viejos de la noche anterior murmuraban silenciosamente.
—¡Mira!— gritó Chikvaidze —¡Son unos monstruos! ¡Quieren linchar al negro!

Y era cierto. Por la calle atiborrada de gente, sobresaliendo de entre la multitud, caminaba un negro. Dos rubias esbeltas lo tenían firmemente asido de las manos.
—Vámonos a nuestra patria, nos meteremos en secreto— dijo Chikvaidze.
—Sí,  a donde ayudan a los más pobres— repuso Shapovalov.

Cruzaron un puente. Después pasaron por una farmacia y un mercado abigarrado. Chikvaidze evocó un fragmento de la famosa canción de Mytki, ‘no necesito la costa turca, y no necesito ir a África’.
—A mí me desagrada la costa turca— concluyó Chikvaidze sincerándose.
—Y yo no tengo a nadie en África— convino Shapovalov.

Los amigos siguieron caminando por la orilla del río. Dieron vuelta en una calle muy transitada con vitrinas resplandecientes y helados derretidos. Las mujeres y los semáforos sonreían.
—¡Mira qué prosperidad!— exclamó inesperadamente Shapovalov.
—No viven nada mal— convino Chikvaidze.
—¡Y cómo visten!
—¡Pues claro, es occidente!
—¡Hay asfalto por doquier! ¡Qué cantidad de coches! ¡¿Y qué me dices del sol?!
—¡Claro! ¡Entonces esto es lo que tantos salen a buscar!

Se hizo un pausa; Shapovalov la interrumpió.
—Dátiko, debo decirte algo.
—Yo también.
—¿No me vas a despreciar?
—No, ¿y tú?
—Creo que tampoco… pues, ¿como decirlo? Pidamos asilo… es que además, los comercios privados…
—¡Y los restaurantes abiertos de noche!
—¡Es la ley de la selva!
—¡El triunfo de la banalidad!
—¡Las películas de vaqueros!
—¡La decadencia ética y moral!— dijo Chikvaidze entornando los ojos.

Un minuto después los amigos caminaban abrazados en dirección a la plaza. Allí, habiendo sacado de la pistolera un puñado de fideos, desayunaba un agente del orden, militsioner, con su colorido atuendo que asemeja a un pájaro pinzón.

Traducción al español por Alessandro Triacca Sánchez


***
La zona, de Sergei DOVLÁTOV
Por Lluís SALVADOR

(Zona)
LaBreu Eds., col. La Intrusa
Barcelona, 2009 [1982]

Sergei Dovlátov, entre otras cosas, fue vigilante de un campo de trabajo soviético. Me apresuro a aclarar que se trataba de un campo de trabajo penal para delincuentes comunes y no políticos. Si eso sugiere en el lector que los internos, por tanto, se lo tenían bien merecido, diré que las condiciones inhumanas son inhumanas ya sea que los delitos o supuestos delitos que las provocan sean criminales o de opinión. El debate de cómo de afilada tiene que ser la espada de la Justicia es uno que prosigue hasta hoy, pero si el sistema penal tiene que propiciar la rehabilitación y no el mero castigo, queda claro que un sistema como el que describe Dovlátov lo único que consigue es la reincidencia.

Este libro se compone de unas partes vividas en el campo, sin apenas ilación entre sí, escenas que más parecen un collage que una estructura coherente. Una razón para esto es que Dovlátov fue "invitado" a abandonar la Unión Soviética, sin que se le permitiera llevarse sus manuscritos. Estos fueron contrabandeados (microfilmados, escritos en un papel de fumar, mediante mil otros sistemas) a Occidente. Algunas partes se perdieron. Otras no fueron utilizadas. Sin embargo, no era esto lo que preocupaba a Dovlátov. Puede que al principio quisiera realizar una obra sobre la vida en los campos, pero después el objetivo sufrió un cambio. El motivo aparente puede ser esta falta del material original y la imposibilidad de recomponerlo. Cito: «Volver a explicar las partes perdidas es una tontería. Rehacerlas es imposible. Porque lo más importante está olvidado: cómo era yo.» Pero es también probable que el objetivo inicial ocultara otro más fundamental. «No escribo retratos fisiológicos. Tampoco escribo sobre la prisión y los reclusos. Quería escribir sobre la vida y las personas. Y no quiero invitar a mis lectores a una cámara de los horrores. [...] Vuelvo a repetir que lo que me interesa es la vida, no la prisión. Y las personas, no los monstruos».
Estos cuadros anecdóticos (que, según le contaron a Dovlátov, se parecían a la técnica de Dos Passos) vienen intercalados con cartas a su editor americano, y allí es donde el autor efectúa la reflexión, en libre asociación, sobre esos cuadros, sí, pero sobre el mundo en general y sobre el calco que esos cuadros son de la vida. Y allí encontraremos unos momentos de pensamiento particularmente brillantes: «En este sentido, es extraordinariamente representativa la creación en los campos. En un campo, sin ninguna presión ni imposición, triunfa el método del realismo socialista.
»¿Ha pensado alguna vez que el arte soviético se aproxima a la magia? ¿Que recuerda a la pintura ritual y de culto de los antiguos? Si pintas un bisonte en una roca, por la noche comerás caliente.

»Los funcionarios del arte soviético razonan de la misma manera. Si se representa una cosa positiva, todos estarán bien. Pero si es negativa, será al contrario. Si se pinta una producción estajanovista, todos trabajarán bien. Etcétera. [...]
»En los campos, la historia es la misma.»

Tome la pintura de los campos. Si es un paisaje, tendrá unos colores increíblemente ardientes y andaluces. Si es una naturaleza muerta, estará colmada de calorías. »
Todo lo cual conforma un resultado fascinante e incitante a la reflexión, que sigue un lema que el mismo Dovlátov se impuso: «Según Soljenitsin, el campo es el infierno. Yo, en cambio, creo que el infierno somos nosotros.»

Artículo: https://lecturaserrantes.blogspot.ca

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