dimanche 16 juillet 2017

Howard BECKER∕Instrucciones para fumar marihuana

Instrucciones para fumar marihuana
Por Howard BECKER

El sociólogo estadounidense Howard Becker se enfrentó a los prejuicios académicos al investigar las dinámicas detrás del porro. Reunió su trabajo en 'Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje', un libro que llega a Colombia gracias a la editorial Siglo XXI. Compartimos el prefacio.

Cuando a comienzos de la década de 1950 escribí Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje, el uso de esta sustancia no era legal en ningún lugar de los Estados Unidos, aunque sin duda se la podía consumir. Y mucha gente lo hacía. En la época no era un Mal Social que mereciera ser tema del curso “Problemas Sociales” dictado por todos y cada uno de los departamentos de Sociología. El delito, la enfermedad mental, las pandillas: cosas como estas eran problemas sociales. Pero relativamente pocas personas consumían marihuana y no causaban demasiados trastornos, de modo que, pese a los esfuerzos de algunas autoridades, ningún sector de la opinión pública pedía a gritos que lo libraran de esa práctica.

Como nadie se preocupaba en exceso por el tema, ningún organismo gubernamental otorgaba fondos a los científicos para que lo estudiaran y casi no había análisis específicos al respecto. Por otro lado, la adicción a los opiáceos había dado origen al “yonqui” [“junkie”], un tipo social cuyo deseo vehemente por “su droga” lo llevaba a cometer delitos. La mayoría de la gente, y en especial los “expertos”, creía que la causa de las actividades de los yonquis residía en la depravación moral o la enfermedad mental. Alfred Lindesmith, un graduado del Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago perteneciente a la generación previa a la mía, escribió Opiate Addiction (1947), libro que, en contra de aquella opinión, atribuía la adicción a los opiáceos al hecho de que el consumidor se hacía a la idea de que debía tomar la droga para evitar síntomas físicos intensamente displacenteros. El problema residía en la interpretación que el consumidor hacía de los efectos de la abstinencia de la droga.

El libro de Lindesmith me abrió una nueva perspectiva para pensar la marihuana. Por mi parte, sabía que esta no causaba ninguno de esos síntomas adversos, como la adicción. Y me gustaba la idea de entender la típica experiencia de “tener un viaje” o “estar volado” [getting high] no como un hecho farmacológicamente inducido y sin mediaciones, sino más bien como resultado de las interpretaciones que los consumidores hacían de esos efectos. Estos podrían haber sido interpretados de otra manera y haber dado lugar a una experiencia diferente. Además, yo sabía dónde encontrar gente con la cual poner a prueba mis ideas. Tuve también la suerte de dar con un instituto de investigación donde trabajaban sociólogos formados en Chicago que, si bien no podían ver la importancia de ese proyecto, estaban dispuestos a pagarme un cargo de tiempo parcial para llevarlo adelante.

Hice entonces muchas entrevistas y algunas observaciones informales y no planificadas y escribí un artículo con la intención de presentarlo en una revista de sociología. Nadie se mostró demasiado interesado. Cuando expuse el trabajo en una reunión de la Midwest Sociological Association, ante no más de una docena de personas, las preguntas que me hicieron al terminar demostraron cuánto las desconcertaba el tema. Y yo mismo no veía cómo ampliar mis descubrimientos para explicar una gama tanto más amplia de experiencias, cosa que hice más adelante en un trabajo que terminó siendo el capítulo 4 de mi libro Mozart, el asesinato y los límites del sentido común. 

Demos un salto adelante hasta mediados de los años sesenta. En el ínterin habían cambiado varias cosas. Los jóvenes de clase media, en especial los estudiantes universitarios, habían empezado a fumar marihuana, y los adultos estaban preocupados. En 1965, no bien llegué a la Universidad Northwestern para desempeñarme como profesor, se arrestó a un grupo de estudiantes de la universidad por posesión de marihuana, y empecé a ser muy solicitado como “experto” en lo que, de pronto, se había convertido en un “problema real”. Este hecho tuvo varias consecuencias que habrían sido imprevisibles en 1953.

El gran crecimiento de la demanda y el hecho de que para entonces algunos de los consumidores contasen con un alto grado de instrucción volvieron inevitable que entre ellos se contaran algunos emprendedores agrícolas dispuestos a realizar peque- ños experimentos de cultivo e hibridación de la planta, con el objeto de conseguir un producto con mayor contenido de tetrahidrocannabinol (THC), el ingrediente activo que generaba el deseado efecto psicodélico (expresión más elegante que comenzó a utilizarse entonces para hablar de los “viajes”).

Mi artículo decía que uno debía aprender a tener un viaje. Los nuevos híbridos, con mayor concentración de THC, producían una experiencia más intensa; para todos aquellos que consumieran la droga de la manera estipulada resultaría difícil noreconocer que “algo pasaba”. ¿Significaba eso que mi idea, después de todo, era errónea? En su investigación, dos sociólogos británicos lo consideraron indudable: Un hombre, avezado consumidor de drogas, nos resumió una de las cuestiones clave. Becker había señalado que los novatos tenían que aprender a vivenciar los efectos. ¿Cuál era la experiencia de este hombre?
“¿¿¿Percibir los efectos??? ¡Guau! [Risa prolongada.] Los efectos eran simplemente… ¡¡¡PAF!!!… como un martillo en la nuca… Ese tipo, ese tal Becker, debería cambiar de proveedor.”

¿Constituye eso una refutación de mi idea? Creo que no. El razonamiento es el siguiente. Mi enunciado original no decía que no reconoceríamos que algo estaba pasando. Bien podríamos reconocer que nos da mucha hambre, pero decirnos: “Bueno, ¿qué novedad es esta? Ya tuve hambre otras veces, así que no es nada especial”. Tal vez haría falta que alguien nos señalara que estamos comiendo una tercera hamburguesa para aceptar finalmente que sí, quizá la droga tuvo, después de todo, algún efecto. De modo que “aprender a tener un viaje”, si bien significa reconocer que algo está sucediendo, no significa sólo eso. También significa ver (entender, inferir: cada cual elija su verbo) que esto es lo que la droga consumida hace, lo cual nunca es obvio, porque siempre son posibles otras interpretaciones. Algunas de las personas entrevistadas por Lindesmith le dijeron que antes habían sido adictas a la heroína, pero sin saberlo. ¿No habían sentido en esa oportunidad anterior los síntomas característicos de la abstinencia? Sí, los habían sentido. Pero habían sufrido un accidente automovilístico y, desde luego, eso había vuelto dolorosa la recuperación.
Así incrementada, la nueva potencia de la marihuana me enseñó que los efectos fisiológicos de una droga eran importantes en el proceso interpretativo que producía el hecho de “volarse”. Sin embargo, eso no garantizaba que todo el mundo los interpretara de la misma manera, por muy obvia que esa interpretación pareciera a otras personas.

La difusión del hábito de fumar marihuana entre poblaciones más grandes y variadas generó un segundo resultado. Más personas podían interpretar los signos producidos por la droga fumada; así, la posibilidad de que un nuevo consumidor encontrara a alguien capaz de explicar sus actos y las consecuencias de estos suponía que más novatos tenían ya una buena idea de lo que podían esperar, todo un complemento de ayudas definitorias respecto de lo que iba a suceder. En esos primeros tiempos, mucha gente hablaba del desarrollo de una “cultura de la droga”, una elaborada colección de hábitos personales (por ejemplo, el pelo largo en los hombres), creencias políticas (como una versión vaga del anarquismo, que trae aparejados la paz y el amor universales), prácticas y nociones sexuales (los precursores de la costumbre actual de casarse sólo después de uno o dos años de lo que no hace tanto se habría considerado “vivir en pecado”) y la marihuana (más que el alcohol) como la droga predilecta.

Lo que ciertamente alcanzó una amplia difusión fue aquello que, con más propiedad, cabría llamar una cultura de la droga: un corpus de conocimiento vastamente compartido acerca de lo que era la marihuana, cómo consumirla de manera eficaz, qué experiencias podía producir su consumo, qué resultados deberían disfrutarse, cuáles podrían requerir algún remedio administrado o recomendado por los amigos –o, para el caso, por otras personas que estuvieran en la misma fiesta–; en otras palabras, el tipo de conocimiento compartido que justifica el uso de la palabra “cultura” y que, en términos más o menos generales, nos ronda cuando bebemos alcohol. Y al existir esa cultura se reducía la incidencia de experiencias displacenteras entre los consumidores, nuevos o viejos, porque a fin de cuentas las sensaciones desagradables podían reinterpretarse como agradables; podían proponerse remedios para las experiencias que no fuera posible manejar de ese modo y también minimizarse los miedos a la intervención policial.

La lección de alcance más general para el pensamiento sociológico es que las sustancias e ideas que intervienen en la creación de las experiencias de la droga siempre pueden cambiar, aunque los mecanismos subyacentes siguen siendo los mismos.

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POLÉMICA
Elogio de la marihuana
Por Allen GINSBERG

A propósito del recién aprobado decreto que reglamenta el uso legal de cannabis con fines medicinales en el país, Arcadia recuerda extractos en desorden de ‘El gran engaño de la marihuana’, un ensayo dedicado a los no iniciados escrito por el poeta 'beat' Allen Ginsberg en 1966.

Debo comenzar explicando algo que ya he dicho en público durante muchos años: que yo ocasionalmente prefiero la marihuana que el alcohol, ya durante décadas. Digo ocasionalmente y lo digo literalmente: he estado tantas horas trabado como en una sala de cine  –a veces tres horas por semana, a veces 12, a veces 20 o a veces más, como en un festival de cine– con el mismo grado de alteración de mi habitual conciencia. Por ende conozco las posibilidades subjetivas de la hierba.

Toda la India está familiarizada con la marihuana, al igual que toda África y todo el mundo árabe; también es el caso, si bien en menor grado, de los elevados pero respetables círculos decimonónicos de Londres y París; y en una escala mayor ese es el caso de Estados Unidos hoy. Jóvenes y viejos, quizá millones, fuman marihuana sin generar ningún daño…De alguna manera, su prohibición se puede ver como un tabú cultural arbitrario.

Yo pasé seis meses en Marruecos, a menudo fumando hierba: señores mayores y jóvenes pacíficos sentados amigablemente en cafés o debajo de la sombra de un árbol en un jardín abierto, tomando té de menta, pasándose una diminuta pipa y mirando al mar en silencio. Esta es la verdadera imagen del uso de la hierba en el Norte de África, exactamente el opuesto del espeluznante estereotipo de hombres-perros con rabia que de manera deliberada propaga la rama policiaca del Departamento del Tesoro. Y yo propongo este modelo de tranquila sensibilidad por encima del retrato del agobiado ejecutivo neoyorquino tomando whisky frente al imaginario de un televisor que muestra la borracha violencia americana recubriendo el mundo, desde las autopistas de Berkeley hasta las polvorientas carreteras de Vietnam.

La experiencia actual de fumar hierba ha sido oscurecida por una neblina de lenguaje sucio, perpetrada por una muchedumbre de farsantes que nunca la han probado y que de todas formas insisten en menospreciarla. La clave paradójica de este extraño estancamiento de conocimiento es precisamente que la conciencia infundida por la marihuana, de forma muy sutil, desplaza nuestra atención de las directrices meramente verbales y habitualmente superficiales, y de las repetitivas interpretaciones de experiencia provenientes de ideologías recicladas, a un compromiso más directo, lento, absorbente y ocasionalmente microscópicamente minucioso con los fenómenos de la percepción.

La [prohibición], de hecho, puede enloquecer a las personas. No sorprende entonces que la mayoría de las personas que fuman marihuana en Estados Unidos experimenten un estado de ansiedad, de amenaza, de paranoia, que de hecho puede llevar a temblores o episodios histéricos, a una concienciación microscópica de que están rompiendo la Ley, que miles de investigadores son entrenados y pagados para encarcelarlos, que miles de personas de su comunidad están tras las rejas, que inevitablemente atraparán a un par de amigos con toda la hipocresía y gastos y ansiedad de un tribunal y quizá castigo.

¿Quién se inventó el mito de la paranoia asesina, de las bocas espumosas de perros egipcios, de las orgias sexuales en inmersiones baratas, de la debilitación y terror y de la misteriosa o psicológica adicción psíquica? Una imagen esencialmente grotesca, un pensamiento-alucinación magnificado por los medios masivos, el derivado del Miedo –algo bastante diabólico–: el Dope Fiend [drogadicto], el lenguaje viejo, el mismo que fue abandonado a comienzos de la década de los sesenta cuando bastantes personas tuvieron suficientes experiencias como para rechazar tan palpable majadería. El argumento burocrático entonces se desplazó en defensa de su propia existencia argumentando lo siguiente: es necesario controlar la marihuana porque fumar lleva a buscar experiencias cargadas de adrenalina; y eso lleva al próximo paso, al monstruo de la Heroína.

A pocas personas no les gusta la experiencia y le informan al mundo del lenguaje que es un lastre. Pero la gran mayoría que ha fumado las suficientes caladas para sentir su efecto, se ajustan a esa extrañamente familiar sensación del Tiempo deteniéndose, y exploran este nuevo espacio a través de la curiosidad natural, informando que es útil familiarizase con esa área de la conciencia. La marihuana es una hierba metafísica menos adictiva que el tabaco, y cuyo humo no es más disruptivo que el Entendimiento.

Y si bien la mayoría de autores científicos que han presentado su respetable evidencia a favor del inofensivo uso de la marihuana no hablan de su sorprendente utilidad, yo lo voy a hacer: La marihuana es un útil catalizador de específicas percepciones ópticas y auralmente estéticas. Yo entendí de una manera distinta la estructura de ciertas piezas de jazz y música clásica mientras me encontraba bajo la influencia de la marihuana, y ese entendimiento ha permanecido presente durante años en mi conciencia. Descubrí cómo ver los Cuadros Mágicos de Klee de la manera que quería el pintor (como estructuras ópticas tridimensionales) mientras estaba trabado. Percibí por primera vez la petit sensation del espacio que logra Cezanne en sus lienzos bidimensionales (a través del avance y retroceso de colores, la organización de triángulos y cubos que el pintor describe en sus cartas) mientras miraba Las grandes bañistas trabado. Y vi como por primera vez muchos panoramas y paisajes que había contemplado como ciego sin jamás haberme dado cuenta…Estas no son “alucinaciones”: son las percepciones profundizadas que se pueden catalizar no solo mediante la marihuana, sino a través de otros eventos naturales (tan naturales como la hierba) que cambia la mente, como el intenso Amor, la muerte de un familiar, un repentino atardecer después de la lluvia, o la vista de la espectral realidad neón de Times Square que uno a veces experimenta después de ver una película extraña. Así que todo es natural.

Creo que las futuras generaciones tendrán que confiar en nuevas facultades de la conciencia, en vez de en las versiones de los viejos sistemas de ideas, para lidiar con la cada vez mayor venerada complejidad de nuestra civilización planetaria, con su sobrepoblación, su amenaza de aniquilación atómica, su centralizada red de comunicaciones de palabra-imágenes abstractas, su poder de abandonar este mundo. Una nueva conciencia, o una nueva concientización, evolucionará para lidiar con un ambiente ecológico cambiado. Ya comenzó a evolucionar en las nuevas generaciones, desde Praga hasta Calcuta; y parte de ese proceso es reexaminar ciertos hasta ahora descartados dispositivos “primitivos” de comunicación con el Ser y los otros Seres.


Artículo: http://www.revistaarcadia.com 2017/06/22

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