samedi 15 juillet 2017

Irene GRACIA∕Mary SHELLEY: La gran creadora

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
Mary SHELLEY: La gran creadora
Por Irene GRACIA

Frankenstein fue su sueño hecho realidad, la pesadilla que le sobrevivió. Mary tuvo que luchar contra su monstruo para que no devorase a todas sus criaturas reales e irreales.

Mary Shelley es la gran creadora. Gracias a su obra y a su vida, ha alcanzado lo que pocos creado - res sueñan alcanzar: que su obra y su vida generen otras obras y otras biografías, a su pesar. Se podría decir que Mary Shelley es la gran superviviente de su vida terrible y bella, y de su muerte tan agridulce como sus sueños y sus pesadillas. Mary Wollstonecraft Shelley nació en Londres el 30 de agosto de 1797, y también falleció en Londres, mientras dormía, tras llevar una vida errante. Todos conocemos la vida de Mary Shelley, y de sus inspiradores y sublimes acompañantes, pero ninguno de esos intelectuales ilustres es tan rememorado como Mary Shelley. Su padre fue el filósofo político William Godwin. Su madre fue la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, que falleció diez días después de su nacimiento, dejando a su marido al cuidado de Mary y de su hermana de tres años, Fanny Imlay. Godwin se casó con una viuda que ya tenía dos hijas, con la que concibió un nuevo hijo. Mary se pasaba las horas muertas en el cementerio de Saint Pancras, y aprendió a leer sobre la tumba de su madre. Mary tenía dieciséis años cuando se enamoró locamente de Percy Bysshe Shelley, que estaba casado y era dis - cípulo de su padre. Los dos amantes se fugaron, junto con la hermanastra de Mary, Claire Clairmont y viajaron por Europa. Harriet, la esposa embarazada de Shelley siguió a los enamorados hasta La Spezia, la costa italiana donde los tres jóvenes se establecieron. Tiempo después, George Gordon Byron y John William Polidori conocerían al trío, y Claire Clairmont se convirtió en la amante de Byron y la madre de su malograda hija Allegra. ¿Cuántas veces se ha evocado y se evocará la noche del 16 de junio de 1816 en que fue concebido Frankenstein? Percy y sus chicas: Mary y Claire, pasaron un tormentoso verano junto a Byron y Polidori en una villa cerca de Ginebra, a orillas del lago Lemán. Allí, en villa Diodati, Mary concibió la idea de su novela Frankenstein. Aquel fue un año sin verano, el invierno sucedió a la primavera, y el temporal obligó a aquel grupo de amigos a enclaustrarse en la casa, frente al fuego de la chimenea, donde se inventaron cuentos de terror como pasa - tiempo. Mary se imaginó a Frankenstein inspirada por una de sus pesadillas.

Escribió la novela tras una apuesta con Byron, tal y como Mary narra en el prólogo de la edición de Frankenstein de 1831. Solo Mary y Polidori cumplieron la apuesta. El doctor Polidori escribió El Vampiro, y los dos amigos se convirtieron en los padres de los dos mitos románticos más influyentes. El regreso de Percy y Mary, que estaba encinta, a Inglaterra estuvo marcado por la tragedia. La hermana de ella, Fanny Imlay, se suicidó en otoño y en diciembre del mismo año Harriet, que también estaba embarazada, se arrojó al lago Serpentine, ubicado en el centro del parque Hyde londinense. Antes de finalizar ese mismo año, poco después de recuperar el cuerpo de Harriet del agua, Percy y Mary se casaron, para intentar en vano que él recuperase a los dos hijos que tuvo con Harriet, antes de que fueran adoptados. Frankenstein o El nuevo Prometeo se publicó en 1818 cuando su autora tenía 20 años, y pronto se convirtió en un éxito. Mary tuvo varios embarazos y parió cuatro hijos, una niña que murió poco después de nacer, dos que murieron cuando los Shelley residían en Italia, antes de que Mary diese a luz a su último hijo, el único que sobrevivió a la infancia: Percy Florence. Todos los varones que estuvieron presentes en la noche maldita del 16 de junio de 1816 fallecerían durante los próximos ocho años, incluido el pequeño William, el hijo de los Shelley. En 1821, Polidori se suicidó envenenándose con ácido prúsico. En 1822 Percy Shelley se ahogó al hundirse su velero, bautizado Don Juan en honor a Byron, durante una tormenta en la Bahía de La Spezia. En 1824 Lord Byron falleció tras viajar a Grecia para batallar por su independencia. Un año después de la muerte de Percy Shelley, Mary regresó a Inglaterra llevándose consigo el corazón de Percy, como reliquia y las uñas y los mechones de cabellos de sus tres hijos muertos. Desde entonces se dedicó a la educación de su único hijo vivo, a la publicación y difusión de la obra de su difunto esposo, y a su carrera como escritora. Frankenstein fue su sueño hecho realidad, la pesadilla que le sobrevivió. Mary tuvo que luchar contra su monstruo para que no devorase a todas sus criaturas reales e irreales. Frankenstein goza de tanta vida, que prácticamente devoró a las otras obras de la autora.

La obra literaria de Mary Shelley es fértil. Escribió libros de viajes, relatos y poemas. Después de Frankenstein, escribió Mathilda (1819), una obra de incesto y suicidio, que recuerda a las tragedias de la autora. Es autora asimismo de las novelas históricas Valperga (1823) y Perkin Warbeck (1830). También escribió la novela apocalíptica El último hombre (1826), en la que narra la futura destrucción de la raza humana por una terrible plaga. Sus dos últimas novelas son Lodore (1835), una autobiografía novelada, y Falkner (1837). Es significativo que la primera novela de Mary Shelley tratara sobre el nuevo hombre, y una de sus últimas novelas, de la que se sentía más orgullosa, tratara sobre el último hombre. La última década de su vida estuvo plagada de enfermedades, vinculadas al tumor cerebral que la mataría a los 53 años. Mary Shelley falleció en Londres, mientras dormía, el 1 de febrero de 1851. Su última voluntad fue ser enterrada junto a sus padres, con el corazón de Shelley y las reliquias de sus difuntos hijos. Descansan en el cementerio de St. Peter, Bournemouth. ¡Qué su sueño eterno sea tan hermoso y generoso como su vida y su obra!

***
A mis veintiséis años me encuentro en la condición de una persona anciana; todos mis antiguos amigos han desaparecido... y mi corazón desfallece cuando pienso en los pocos vínculos que me siguen atando a este mundo...
Diario de Mary Shelley, entrada del 15 de Mayo de 1824

Frankenstein (1818-1831)
Aprovecho para contestar a una pregunta que me hacen con mucha frecuencia: ‘“¿Cómo yo, siendo una jovencita, llegué a idear y a escribir sobre una idea tan horrible?”. […] En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al principio pasamos el tiempo disfrutando en el lago o paseando por sus orillas. […] Pero el verano se tornó húmedo y poco agradable, y la persistente lluvia a menudo nos obligaba a estar días enteros dentro de la casa. En nuestras manos cayeron algunos volúmenes de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés. […] “Escribiremos cada uno una historia de fantasmas”, dijo Lord Byron, y todos accedimos a su propuesta. Éramos cuatro. […] La invención, tenemos que admitirlo humildemente, no consiste en crear de la nada, sino del caos. En primer lugar, se deben conseguir los materiales. La invención puede dar lugar a oscuras e informes sustancias, pero no puede dar vida a la sustancia en sí. En cualquier descubrimiento o invención, incluso en los que pertenecen a la imaginación, siempre sale a colación la historia del huevo de Colón. La invención consiste en la capacidad de aprovechar el potencial de un tema y en el poder de moldear y elaborar las ideas que éste sugiera. […] Con esta conversación transcurrió la velada, y ya habíamos superado incluso la hora bruja cuando finalmente nos retiramos a descansar. Pero cuando por fin apoyé la cabeza sobre la almohada, no conseguí conciliar el sueño, tampoco se puede decir que estuviera pensando. Mi imaginación estaba desbocada. Se apoderó de mí y me guió, trayéndome a la mente una imagen tras otra con una viveza que superaba los límites del sueño. Aunque tuviera los ojos cerrados, podía ver con una increíble precisión al pálido estudiante de las pecaminosas artes junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrible espectro de un hombre extendido, y cómo después, gracias al funcionamiento de algún poderoso artilugio, mostraba signos de vida y se agitaba con un movimiento inseguro y vacilante. Debía de ser algo terrorífico, sumamente terrorífico, que una empresa humana resultara en una burla del magnífico mecanismo del Creador. El éxito tendría que aterrorizar al artista, que asaltado por el horror, con toda seguridad se alejaría del odioso producto de su trabajo. Albergaría la esperanza de que, abandonada a su suerte, la chispa de vida que había encendido se apagara, de que esa cosa que había sido animada de forma tan imperfecta se convirtiera en materia muerta, y de poder dormir convencido de que el silencio de la tumba sofocaría para siempre la transitoria existencia del horrible cadáver del que había esperado que fuera la cuna de una nueva humanidad. Duerme, pero algo lo despierta, abre los ojos y ahí está el horrible ser, de pie junto a él, abriendo las cortinas y mirándolo con sus ojos amarillos y acuosos de forma inquisitiva. Abrí los míos aterrorizada. La idea se había apoderado de mi mente hasta tal punto que me estremecí de miedo y quise cambiar la fantasmagórica imagen por la realidad que me rodeaba. Lo recuerdo todo como si fuera ahora mismo: la habitación, el oscuro entarimado, los postigos cerrados a través de los cuales intentaba entrar la luz de la luna y la sensación de que el lago cristalino y los altos Alpes se encontraban detrás. No me resultó fácil librarme de este horrible fantasma. Me perseguía. Intenté pensar en otra cosa y recurrí a mi historia de fantasmas, ¡mi tediosa y desafortunada historia de fantasmas! ¡Oh! ¡Si tan sólo pudiera inventar una historia que fuera capaz de estremecer al lector tanto como yo misma me había aterrado esa noche!
Prólogo a la edición de 1831

[] siento cómo mi corazón arde con un entusiasmo que me eleva al cielo, ya que nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme, un punto sobre el que el alma pueda fijar su ojo intelectual.
Robert Walton en la primera carta

Pero el éxito coronará mis esfuerzos. Y ¿por qué no? He llegado hasta aquí abriéndome camino por un mar sin explorar, donde tan sólo las estrellas pueden dar testimonio de mi triunfo. ¿Por qué no continuar surcando este mar indómito que, a pesar de todo, se muestra manso?¿Qué puede detener a un corazón decidido y a la voluntad resuelta del hombre?
Robert Walton, tercera carta

Incluso desfondado como está, nadie puede gozar con mayor intensidad que él de la hermosura de la naturaleza. El cielo estrellado, el mar y todo el paisaje que estas maravillosas regiones nos proporcionan parecen tener aún el poder de despegar su alma de la tierra. Un hombre así tiene una doble existencia: puede padecer desgracias, y verse arrollado por el desencanto; pero, cuando se encierre en sí mismo, será como un espíritu celeste rodeado de un halo cuyo círculo no ose atravesar ni el pesar ni la locura.
Robert Walton habla de Victor Frankenstein en la cuarta carta

Tanto se ha logrado, exclamó el alma de Frankenstein, más, mucho más conseguiré yo: siguiendo la huella ya trazada, abriré un nuevo camino, voy a explorar poderes desconocidos, y voy a revelar al mundo los misterios más profundos de la creación.
Victor Frankenstein, capítulo 3

Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza.
Victor Frankenstein, capítulo 4

Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el primer entusiasmo por el éxito, me espoleaban como un huracán. La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Una nueva especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la de éstos. Prosiguiendo estas reflexiones, pensé que, si podía infundir vida a la materia inerte, quizá, con el tiempo (aunque ahora lo creyera imposible), pudiese devolver la vida a aquellos cuerpos que, aparentemente, la muerte había entregado a la corrupción.
Victor Frankenstein, capítulo 4

El ser humano perfecto debe conservar siempre la calma y la paz de espíritu y no permitir jamás que la pasión o el deseo fugaz turben su tranquilidad. No creo que la búsqueda del saber sea una excepción. Si el estudio al que te consagras tiende a debilitar tu afecto y a destruir esos placeres sencillos en los cuales no debe intervenir aleación alguna, entonces ese estudio es inevitablemente negativo, es decir, impropio de la mente humana. Si se acatara siempre esta regla, si nadie permitiera que nada en absoluto empañara su felicidad doméstica, Grecia no se habría esclavizado, César habría protegido a su país, América se habría descubierto más pausadamente y no se hubieran destruido los imperios de México y Perú.
Victor Frankenstein, capítulo 4

Las alteraciones de la vida no son ni mucho menos tantas como las de los sentimientos humanos. Durante casi dos años había trabajado infatigablemente con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inerte. Para ello me había privado de descanso y de salud. Lo había deseado con un fervor que sobrepasaba con mucho la moderación; pero ahora que lo había conseguido, la hermosura del sueño se desvanecía y la repugnancia y el horror me embargaban. […] Me desperté horrorizado; un sudor frío me bañaba la frente, me castañeteaban los dientes y movimientos convulsivos me sacudían los miembros. A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las contraventanas, vi al engendro, al monstruo miserable que había creado. Tenía levantada la cortina de la cama, y sus ojos, si así podían llamarse, me miraban fijamente. Entreabrió la mandíbula y murmuró unos sonidos ininteligibles, a la vez que una mueca arrugaba sus mejillas. Puede que hablara, pero no lo oí. Tendía hacia mí una mano, como si intentara detenerme, pero esquivándola me precipité escaleras abajo. Me refugié en el patio de la casa, donde permanecí el resto de la noche, paseando arriba y abajo, profundamente agitado, escuchando con atención, temiendo cada ruido como si fuera a anunciarme la llegada del cadáver demoníaco al que tan fatalmente había dado vida.
Victor Frankenstein, capítulo 5 

Amo la vida, aunque sólo sea una sucesión de angustias, y la defenderé. […] Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien negáis toda dicha sin haber cometido ningún mal.
El monstruo, capítulo 10

Admiraba la virtud y los buenos sentimientos, y me gustaban los modales dulces y amables de mis vecinos; pero no me era permitida la convivencia con ellos, salvo sirviéndome de la astucia, permaneciendo desconocido y oculto, lo cual, más que satisfacerme, aumentaba mi deseo de convertirme en uno más entre mis semejantes. […] Desgraciado e infeliz engendro.
El monstruo, capítulo 13

¡Maldito creador! ¿Por qué creaste a un monstruo tan horripilante, del cual incluso tú te apartaste asqueado? Dios, en su misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante, a su imagen y semejanza. Pero mi aspecto es una abominable imitación del tuyo, más desagradable todavía gracias a esta semejanza. Satanás tenía al menos compañeros, otros demonios que lo admiraban y animaban. Pero yo estoy solo y todos me desprecian.
El monstruo, tras leer El paraíso perdido de Milton en el capítulo 15

Las frías estrellas parecían brillar burlonamente, y los árboles desnudos agitaban sus ramas; de cuando en cuando el dulce trino de algún pájaro rompía la total quietud. Todo, menos yo, descansaba o gozaba. Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos.
El monstruo, capítulo 16

Esclavo, antes intenté razonar contigo, pero te has mostrado inmerecedor de mi condescendencia. Recuerda mi fuerza; te crees desgraciado, pero puedo hacerte tan infeliz que la misma luz del día te resulte odiosa. Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedece! […] Ten cuidado; pues no conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso.
El monstruo a Victor, capítulo 17

Han caído sobre nosotros grandes desgracias; pero esto debe servir para unirnos aún más a lo que nos queda, y volcar sobre los que viven el amor que sentíamos por aquellos que ya no están con nosotros.
Elizabeth, su prometida, habla con Victor Frankenstein, capítulo 21

Cuando repaso la horrenda sucesión de mis crímenes, no puedo creer que soy el mismo cuyos pensamientos estaban antes llenos de imágenes sublimes y trascendentales, que hablaban de la hermosura y la magnificencia del bien. Pero es así; el ángel caído se convierte en pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenía amigos y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo.[…] Seguía necesitando amor y compañía y continuaban rechazándome. ¿No era esto injusto? ¿Soy yo el único criminal, cuando toda la raza humana ha pecado contra mí? […] Usted me odia; pero su repulsión no puede igualar la que yo siento por mí mismo. Contemplo las manos con las que he llevado esto a cabo; pienso en el corazón que concibió su ruina, y ansío que llegue el momento en que pueda mirarme a mí mismo, y mis remordimientos no torturen más mi corazón. […] Pero pronto –exclamó, con solemne y triste entusiasmo– moriré, y lo que ahora siento ya no durará mucho. Pronto cesará este fuego abrasador. Subiré triunfante a mi pira funeraria, y exultaré de júbilo en la agonía de las llamas. Se apagará el reflejo del fuego, y el viento esparcirá mis cenizas por el mar. Mi espíritu descansará en paz; o, si es que puede seguir pensando, no lo hará de esta manera. Adiós.
El monstruo a Robert Walton, capítulo 24 Mathilda (1819)

Noto la muerte al alcance de mi mano y estoy serena. Ya no desespero sino que miro a mi alrededor con un cariño apacible. Encuentro dulce observar el ocaso progresivo de mis fuerzas, y repetirme: un día más, uno más, y sin embargo, no volveré a ver las hojas rojas del otoño. […] Estoy enamorada de la muerte.

Mi mayor placer era gozar de un cielo sereno en aquellos bosques verdosos, aunque me gustaban todos los cambios de la naturaleza: la lluvia, la tormenta, las maravillosas nubes del cielo traían consigo sus delicias. Arrullada por las olas del lago, mi mente se elevaba triunfante, como un jinete sintiendo con orgullo los movimientos de su bien alimentado corcel. Pero no obtenía placer más que de la contemplación de la naturaleza, puesto que no tenía amigos: al no encontrar respuesta en el corazón de los humanos, mis cálidos afectos se veían forzados a perderse en objetos inanimados.
El último hombre (1826)

¡El último hombre! Si, puedo describir bien los sentimientos de ese ser solitario, sintiéndome yo misma como la última reliquia de una preciada raza, mis compañeros hace tiempo extintos antes de mí...
Entrada del 14 de Mayo de 1824, Diario de Mary Shelley acerca de la novela

¿Qué somos nosotros, los habitantes de esta esfera, insignificantes entre los muchos que pueblan el espacio ilimitado? Nuestras mentes abrazan el infinito, pero el mecanismo visible de nuestro ser está sujeto al más pequeño accidente (no hay más remedio que corroborarlo día a día). Aquél a quien un rasguño afecta, aquél que desaparece de la vida visible bajo el influjo de los agentes hostiles que operan a nuestro alrededor, ostentaba los mismos poderes que yo... Yo también existo sujeto a las mismas leyes. Y a pesar de todo ello nos llamamos a nosotros mismos señores de la creación, dominadores de los elementos, maestros de la vida y de la muerte, y alegamos, como excusa a esta arrogancia, que aunque el individuo se destruye, el hombre perdura siempre.

Los habitantes de las ciudades, para que su espera resultara más llevadera se arrojaban en brazos de la disipación, y con fiestas desbocadas, en las que creían hallar placer, trataban de abolir el pensamiento y de adormecer su desasosiego. […] Las obras favoritas eran las grandes tragedias. Las comedias suponían un contraste demasiado pronunciado con la desesperación interna; cuando se intentaba poner alguna en escena, no era raro que algún comediante, en medio de las carcajadas suscitadas por su histriónica representación, recordara alguna palabra o idea que le devolviera a su desgracia y pasara de la bufonada a las lágrimas y los sollozos, mientras los espectadores, con gesto mimético, estallaban el llanto, tornando la pantomima ficticia en exhibición real de trágica pasión.

La naturaleza, o su preferida, que es esta hermosa tierra, exhibía sus bellezas únicas en tonos repentinos y resplandecientes. Transportado por la emoción, olvidé la muerte del hombre y al amigo vivo y amado que se hallaba junto a mí. Al volverme hacia él vi que las lágrimas resbalaban por sus mejillas y que, entrelazando las manos huesudas, componía un gesto de admiración. –¿Por qué –exclamó al fin–, por qué, oh, corazón, me susurras pesares? Empápate de la belleza de este paisaje y posee una dicha que no está al alcance siquiera de un paraíso imaginado. Un entusiasmo emocionado semejante a la felicidad se abrió paso, como un rayo de sol inesperado, en nuestra vida sombría. Atributo único de la humanidad abatida por las desgracias, capaz de recrear emociones extáticas incluso ante las miserias y las privaciones que, despiadadas, arrasan toda esperanza. 

He escogido una barca y he metido en ella mis escasas posesiones. He seleccionado algunos libros, Homero y obras de Shakespeare en su mayoría. Pero las bibliotecas del mundo se abren para mí. Ni la esperanza ni la dicha me guían; mis pilotos son la incansable desesperación y un inmenso deseo de cambio. Así, recorriendo las costas de la tierra desierta, mientras el sol esté en lo alto y la luna crezca o mengüe, los ángeles, espí- ritus de los muertos, y el ojo siempre abierto del Altísimo, observarán la diminuta barca que lleva a bordo a Verney, el último hombre.


Irene Gracia es pintora y escritora. Acaba de publicar su octava novela Ondina o la ira del fuego, Siruela.


Artículo: www.elboomeran.com 03/7/2017

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