dimanche 23 juillet 2017

Javier TAJADURA∕El ciudadano ALAIN contra los poderes

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
El ciudadano Alain contra los poderes
Por Javier TAJADURA

La obra de Émile Chartier que publicó con el seudónimo de Alain, contribuyó a forjar el espíritu, el carácter y el discurso de la III República francesa. En este artículo repasamos su trayectoria y sus Propos, los escritos que mejor reflejan su pensamiento.

La III República francesa alumbró un modelo de construcción de la política basado en la premisa de que ningún ciudadano puede renunciar al ejercicio de la libertad en primera persona sin poner en peligro la República como forma histórico-real de existencia colectiva. La obra de Émile Chartier (1868-1951) –que publicó con el seudónimo de Alain– refleja mejor que la de ningún otro autor de su época esa forma de concebir la política y la República. Los escritos de Alain contribuyeron, en mayor medida que cualquier otro, a forjar el espíritu, el carácter y el discurso de la III República. Ahora bien, a pesar de que esta –elevada a la categoría de modelo– proyectó su influencia sobre la cultura política de Europa y de la América hispana, la obra de Alain solamente puede ser comprendida en el concreto contexto de la experiencia política francesa y es, desde esa óptica, un producto genuinamente francés. Estar influido por una cultura política determinada no supone necesariamente apropiarse de sus protagonistas. Esto es lo que explica el relativo desconocimiento de la obra de Alain fuera de Francia. Sin embargo, aquellas culturas políticas que en Europa e Hispanoamérica vieron en la III República francesa un ejemplo y modelo a seguir, bebían de una tradición republicana europea-continental en absoluto coincidente con la anglosajona y cuya génesis intelectual debe mucho al discurso radical de Alain. Las traducciones de Alain al español son muy escasas, y en todo caso, sus “Propos”, la obra que mejor refleja su pensamiento, no habían sido hasta hoy publicados en nuestra lengua. Por todo ello, hay que reconocer el acierto y el mérito de la colección de clásicos de Tecnos de ofrecer al lector español esta excelente traducción de Joaquín González Ibañez de la obra preparada por F. Kaplan y auspiciada por R. Bourgne Propos sur les Pouvoirs (Paris, 1985). En la edición española se retoma el título de El ciudadano contra los poderes ideado por el discípulo de Alain, J. Prévost, en una antología publicada en 1926. La obra viene precedida de un extenso y cuidado Estudio Preliminar “Alain y la causa de la política: una introducción para españoles” a cargo del profesor Eloy García –director de la meritoria colección de clásicos– que presenta la trayectoria vital, la biografía intelectual, y el contexto histórico, de Emile Chartier, así como las claves del discurso republicano radical que construyó. E incluye también, al final, los textos de tres discursos que Chartier pronunció ante sus alumnos en, 1895, 1902 y 1904, y que son indispensables para la cabal comprensión de su pensamiento.

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La vida de Émile Chartier (1868-1951) se inicia en los últimos años del II Imperio y se extingue en los inicios de la IV República, aunque su mente comienza a declinar años antes y, probablemente, durante la guerra y la ocupación alemana no comprendiera ya lo que estaba sucediendo. En todo caso, su vida activa se circunscribe a la III República. Su primer nombramiento como “agrégé” condujo a Chartier, a los veinticuatro años, a Pointivy y un año después, en 1893, a la cátedra de Filosofía del Lycée de Lorient. Es allí donde, en el acto de entrega de premios de final de curso, en julio de 1895, pronunció su discurso “L’accord pour la vie” –el primero de los 3 que incluye el volumen que comentamos y que resultan indispensables para conocer el pensamiento del autor–; y es allí también donde tuvo noticia del affaire Dreyfus sobre el que tomó partido. El discurso de Lorient contiene las claves del discurso republicano continental: el papel del Estado como garante de la existencia colectiva, y la importancia de la sociabilidad humana como fundamento de ella, frente a las teorías darwinistas de la lucha social entonces en boga. Por otro lado, al hacerse dreyfussard, Chartier entró en política y lo hizo como ciudadano de una República amenazada, reconociéndose como el radical que era. Fue en Francia, a mediados del siglo XIX, donde el término “radical” adquirió el significado que posteriormente conservaría: el eufemismo utilizado durante la Monarquía y el Imperio para encubrir la proscrita opinión republicana. En este contexto, radical y republicano eran términos coincidentes. Radicales eran los republicanos. En Francia existieron diversos partidos que se autoproclamaron “radicales” pero el radicalismo no fue en realidad más que la manifestación de una suma de ideas que procedían, casi sin excepción, de la Revolución de 1789 y que emergieron ante el peligro de que la República fuera derribada, una vez más, por sus enemigos. Ese corpus doctrinal fue evolucionando y, a partir del affaire Dreyffus, en el radicalismo confluirán figuras de la derecha y de la izquierda republicanas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que el radicalismo como discurso y opción política emerge en el preciso momento en que los republicanos toman conciencia de que su obra está en peligro. Y es también en ese momento cuando Chartier se convirtió en Alain. El 14 de mayo de 1900 publicó en La Dépeche de Lorient su primer artículo como Alain. A partir de 1906 lo hizo diaria e ininterrumpidamente hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en La Dépeche de Rouen et la Normandie. En 1900 –el mismo año de su transformación en Alain y en pleno apogeo del affaire Dreyffus– Chartier abandonó Lorient con destino a Rouen. La cátedra de Filosofía en el Lycée Corneille de Rouen fue una etapa fundamental en su vida. Allí con ocasión de la entrega de los premios del curso 1901-1902 pronunció un segundo discurso – recogido al final de la edición que comentamos– que resulta también fundamental para comprender las claves de su pensamiento. En él expuso el significado de la función docente dejando meridianamente claro que en la labor del profesor la política no tiene cabida. Y dejó claro también la importancia que revisten el conocimiento y las ideas –en definitiva, la sabiduría de los ciudadanos– en cuanto verdadero fundamento de la República. Chartier ensalza ante sus alumnos el amor por la sabiduría. La sabiduría es la negación del egoísmo puesto que exige no pensar en uno mismo. Y no consiste en tener información, sino en comprender. Este culto a la razón y a las ideas es el verdadero fundamento de la República: “Mientras los ciudadanos estén dispuestos a creer sin comprobación a los más fuertes, los más ricos, los más elocuentes o los más instruidos, mientras sean incapaces de reflexión personal y libre crítica, es inútil que inscribamos en nuestros edificios la sublime divisa republicana. Y, por el contrario, en la medida en que cada uno de vosotros libere su espíritu del peso de la tradición, de las amenazas de la autoridad o de las caricias taimadas del interés, cada uno de vosotros funda, defiende y salva la verdadera República. La sabiduría de los ciudadanos, el culto de la razón, el amor a las ideas, tal es el fundamento de la República”.

Ese discurso encierra las claves del republicanismo de Alain: la República en cuanto fundada en la sabiduría de los ciudadanos, se levanta sobre la libertad de conciencia. No hay República sin libertad de conciencia, y corresponde a la educación y a la cultura remover los obstáculos (los poderes) que impiden la formación de conciencias libres. La función docente resulta así esencial para la formación y conservación de la República. En el segundo semestre del curso 1902-1903, Chartier se incorporó al Lycée Condorcet de París. La entrada en París supuso un notable éxito académico que marcó su definitivo distanciamiento de la política activa. En el Lycée Condorcet, en la ceremonia de entrega de premios de fin de curso de 1904, pronunció el tercero de los discursos recogidos en esta edición, “Los mercaderes del sueño”. Se trata, como ha destacado Eloy García de “un impecable alegato sobre el papel del intelectual en la Ciudad democrática”, sobre su función de provocador de la conciencia crítica. El maestro insta a los alumnos a “despertar”: “Despertarse es negarse a creer sin comprender; es examinar, es buscar algo diferente de lo que se nos muestra, es poner en duda lo que se presenta (…) Despertar es comenzar la búsqueda del mundo”. Y les previene contra los mercaderes del sueño, singularmente frente a los que ofrecen como confortable cama sistemas cerrados de ideas con respuestas para todos los problemas. Intrigas políticas y otras maquinaciones fruto de la envidia determinaron la supresión de su plaza en el Lycée Condorcet por lo que, tras dos años sin puesto fijo, se incorporó al Lycée Michelet de Vanves –periferia de París– en octubre de 1906. Allí permaneció hasta que en octubre de 1909 sucedió –por última vez– a Brunschvicg en el Lycée Henri IV de Paris. Esto supuso su completa consagración profesional a la edad de 41 años. 1906 fue un año importante en la biografía de Alain. En febrero comenzó a publicar los “Propos d’un Normand”, en La Dépêche de Rouen et la Normandie, periódico dirigido por sus amigos radicales normandos. Los Propos se convirtieron en diarios. Se trataba de con tribuciones voluntarias y gratuitas. Siete Propos semanales, incluidos domingos y festivos, semana tras semana, durante siete años y medio sin faltar un día. Hasta el estallido de la guerra superaron los 3.000. Tuvieron una excelente acogida por los lectores que se contaron por millares. Están hoy recogidos en tres tomos en la prestigiosa colección Bibliothèque de la Pléiade, que alberga la mejor prosa francesa. Los Propos son piezas maestras de concisión que recuerdan a lo que en el lenguaje de la “khâgne” se denominaba topo: ideas a propósito de cualquier cosa, de las que se derivan una serie de pensamientos que transmiten unas conclusiones y un conocimiento de fondo. Pese a su apariencia, nada había de improvisación en ellos: “frase corta y de estructura simple, razonamiento lineal e irreprochable rigor cartesiano en su desarrollo, y en una conclusión que enlaza con el principio formando un bucle”. En el día de hoy continúan siendo objeto de estudio en los Lycées como paradigma de la buena prosa francesa. Los Propos de Alain están llenos de referencias personales para dar un toque humano al texto y abordan una casi infinita pluralidad de cuestiones. Sobre el total, sólo una pequeña parte de ellos tiene un contenido político. Los primeros coinciden con la formación del tercer gobierno de “défense républicaine” dirigido por Clemenceau, y en ellos Alain combatirá el clericalismo y el militarismo y defenderá el impuesto progresivo sobre la renta y el arrondisement como distrito electoral uninominal. Los Propos constituyen la obra más madurada de Chartier, y bien puede decirse que con ellos creó un nuevo género literario-periodístico. Mediante sus Propos, Alain cumplió también su función de “eveilleur” y alentó la conciencia crítica de la sociedad. Por ello, en 1936, René Capitant, uno de los grandes juristas de Francia, pudo escribir, con toda justicia, que Alain personificó la ideología de la III República. Su obra dejó una huella perenne y es un testimonio ejemplar de la cultura política que nutre el radicalismo (“Nací radical”, confesaba en algunos Propos). En ellos elaboró un discurso republicano renovado y lo transmitió a una parte importante de la ciudadanía ilustrada que vivía la política de la III República. A partir de 1909, instalado ya en el Henri IV de Paris, la preocupación fundamental de Chartier fue el rechazo a la guerra. La guerra estuvo en el origen de la III República y desde entonces planeaba como una siniestra posibilidad sobre unas potencias que combinaban la diplomacia y la amenaza. Finalmente se hizo realidad. Alain era plenamente consciente de lo que se estaba preparando y había comprendido que la guerra moderna era un horror que poco tenía que ver con la guerra de los antiguos. Alain mostró por ello un repudio absoluto hacia la guerra – que definió como “la masacre de los mejores”– y marcó así distancias con el discurso republicano clásico. En el discurso republicano clásico, la guerra es un elemento esencial para la construcción del discurso político. Para Maquiavelo –buen conocedor de la historia de la Republica romana–, la guerra entre ciudadanos libres es el fundamento mismo de la libertad política. Durante siglos, la guerra fue el instrumento que dio consistencia al gran argumento del discurso republicano: el hombre sólo puede organizar su existencia en libertad si es capaz de asumir por sí mismo el gobierno de lo que es suyo. La libertad consistía en el no sometimiento a poderes externos. Ahora bien, este discurso republicano clásico nada tiene que ver con el discurso republicano continental europeo que arranca en la Revolución de 1789 y de su reinterpretación un siglo después por Alain y otros intelectuales. El republicanismo continental vio en la educación y la cultura el fundamento de la ciudadanía. Alain hace de la instrucción y de la función de “eveilleur” el fundamento de la República. La instrucción es presupuesto de la condición activa del ciudadano. Se introduce así un elemento nuevo en el discurso republicano europeo que –como advierte E. García– “encuentra en este argumento su punto diferencial clave con la tradición clásica, y que por supuesto constituye el dato que lo separa definitivamente del discurso republicano anglosajón”. Un discurso en el que la guerra y la milicia ocuparon siempre un lugar central. Por todo ello, Alain combatió la guerra y el militarismo con el mismo rigor y contundencia que el clericalismo. Su prematura comprensión de las consecuencias de los avances técnicos sobre los conflictos bélicos le permitió ver la guerra como una inútil masacre de los mejores. Alain rechazó la guerra porque había dejado de ser una dimensión de la política –se había convertido, de hecho, en la negación de la esencia humana– y únicamente expresaba ya la lógica de un poder que aspira a dominar a los hombres. Con todo, es preciso reconocer que cuando la guerra llegó, Chartier fue el primero en acudir a ella. “Un hombre razonable puede hacer la guerra; lo que no puede es desearla”. Aunque a los 46 años y como “agregé” estaba exento del servicio de armas, se presentó voluntario para lo que sabía sería una masacre segura. No podía dejar que sus alumnos murieran solos. Chartier acudió al frente “rechazando odiar a todo un pueblo”. Desmovilizado en 1918, se reincorporó al Lycée Henri IV. Allí su popularidad no dejó de crecer. Por otro lado, los Propos pasaron a publicarse como la colaboración central de una revista semanal, “Les libres-Propos, Journal de Alain”, vendida por suscripción y que superó la cifra de un millar de seguidores. En esta revista publicó un total de 2000 a lo largo de dos períodos, el primero hasta 1924 en que se interrumpió, y luego desde 1927 hasta 1936. Ahora bien, estos Propos no llegaron nunca a representar lo que habían sido los antiguos Propos de La Dépêche. Perdieron frescura y acabaron contaminados por el ambiente ideológico y de conflicto de clases que pretendían combatir. El Alain de los últimos años no supo vislumbrar los peligros que se cernían sobre Europa, ni tampoco alcanzó a comprender el papel que el estalinismo quiso atribuir a los hombres de la cultura. Hoy, casi un siglo después, cuando los mercaderes del sueño, han vuelto a aparecer en la Ciudad, la lectura de los propos de Alain reviste actualidad e interés. Se trata de un apasionado recordatorio de la importancia de las ideas para la política, y la de esta para el hombre: “Hay que pensar la política; si no la pensamos bastante, seremos cruelmente castigados”.


Artículo: www.elboomeran.com  17/7/2017

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