dimanche 23 juillet 2017

Jorge Eduardo BENAVIDES∕Roa BASTOS y RULFO: las dos caras del exilio

CENTENARIO DE DOS MAESTROS LATINOAMERICANOS
Roa BASTOS y RULFO: las dos caras del exilio
Por Jorge Eduardo BENAVIDES

Nacidos en 1917, los dos escritores desvelaron el territorio de sus historias rurales y anónimas con un lenguaje florecido de hallazgos y una audacia que mana del Siglo de Oro pero también de Faulkner.

Se cumplieron recientemente cien años del nacimiento de Juan Rulfo, ese mexicano socarrón, callado y universal que después de escribir un puñado de cuentos y una novela —El llano en llamas y Pedro Páramo, respectivamente— decidió emprender un discreto viaje hacia el fondo de sí mismo y afincarse en el exilio interior, en esa penumbra fresca que era como la antesala desde donde contemplaba los fastos y oropeles que originaban sus obras. Probablemente haría esto último con perplejidad, como dicen quienes lo trataron, pues era hombre de acusada modestia, poco sensible a las turbulencias de la fama y el ditirambo. Porque a partir del instante en que vieron la luz sus dos breves obras, complementarias en estilo y potencia, chisporrotearon como fuegos de artificio las referencias, los estudios, las críticas, las sucesivas ediciones y las traducciones a innumerables idiomas: nunca antes trescientas páginas escasas sirvieron para conformar un corpus narrativo que sesenta años después sigue siendo celebrado por la crítica y por los lectores que se acercan al universo rulfiano.

¿Qué pasó después con Juan Rulfo? Que publicó El Gallo de Oro, en 1980, a escasos seis años de su muerte. Pero esta novela, que sirvió para que García Márquez y Carlos Fuentes elaboraran un guión cinematográfico, fue escrita entre 1956 y 1958, es decir, poco después de que aparecieran los cuentos de El llano en llamas y el inquietante y fantasmal pueblo de Comala de Pedro Páramo, publicados entre 1953 y 1955. Rulfo terminó —o agotó— su quehacer literario en una década y a partir de allí se pasó el tiempo explicando que la muerte de su tío Celerino, que era quien le contaba las historias que él volcaba después en el papel, le había hecho imposible continuar escribiendo. Una manera como cualquier otra de retirarse discreta y elegantemente hacia su exilio interior, probablemente harto de ser deslumbrado por el fogonazo continuo de la fama, cuando lo que él deseaba era la tranquilidad reflexiva en la que había vivido hasta entonces. Y el Gallo de Oro se incorporó discretamente, orbital y periclitada casi desde su nacimiento, al conjunto de su obra, cuando él ya había izado anclas y partía hacia un tranquilo retiro narrativo.

Pero otro centenario —si acaso más callado— se cumplió el mes pasado y nos remite a un escritor cuya obra es considerada, como la del propio Rulfo, audaz, ambiciosa y rupturista con las formas tradicionales y habituales de la literatura hasta ese momento. Se trata de Augusto Roa Bastos, el paraguayo autor de Yo el Supremo (1974), la novela del poder omnímodo y brutal que ha sido la parábola de todos los excesos dictatoriales de Hispanoamérica que a tantos y tantos condenó al silencio o al exilio.

Porque a diferencia de Rulfo, Roa Bastos no decidió su exilio. Lo exiliaron. La dictadura de Stroessner en 1947 lo obligó a partir a la Argentina, donde viviría casi treinta años hasta que la llegada al poder del general Videla, en 1976, inauguró una de las más sórdidas y bestiales dictaduras hispanoamericanas. Zarpó entonces a Francia, a una estancia teñida de melancolía. El desarraigo, la inconformidad, los apuros económicos, la añoranza de un hombre comprometido con su sociedad y su tiempo, todo eso lo cuenta Roa en El Fiscal (1993), la novela que clausura su trilogía política empezada con Hijo de Hombre (1960) y continuada con Yo el Supremo, novelas todas con un firme y cervantino empeño de testimonio y redención, de laberinto y enajenación, de mixtura idiomática y mestizaje cultural.

Pero si a la hora de narrar, en Rulfo todo resulta esencial y casi austero, en Roa late una épica de la desmesura (no siempre lograda); si para el mexicano el mundo de los muertos redime al de los vivos, en el mundo de Roa apenas hay resquicios para la vida. Uno se encargó de la crítica sutil al sistema y otro a la denuncia abierta del mismo. Rulfo y Roa decidieron pues desvelar el hermoso territorio de sus historias rurales y anónimas, históricas y atemporales, con un lenguaje florecido de hallazgos y una audacia que mana del Siglo de Oro pero también de Faulkner —quizá el verdadero patriarca, la mamá grande de todo el Boom—. Tanto Roa como Rulfo nos ofrecieron el paisaje convulso de una América en constante desgarro que se ensimisma o se exilia una y otra vez.

Uno decidió replegar velas tempranamente y confinarse en un universo más íntimo, y el otro vivió el desarraigo prácticamente hasta su muerte. Ambos, sin embargo, pertenecen a la misma estirpe de escritores devorados por el fuego de su literatura. Los dos siguieron caminos a simple vista antagónicos, pero lo cierto es que entre esos dos extremos, oscilando entre el repliegue y el destierro, sus respectivos exilios constituyen una gran metáfora de ese territorio en perpetua tensión que sigue siendo Hispanoamérica.

Jorge Eduardo Benavides es escritor peruano, autor de El enigma del convento (Alfaguara, 2014).

Artículo: https://elpais.com 19∕07∕2017

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TRIBUNA LIBRE
Las garras de la razón ilustrada
Por Sergio RAMÍREZ

Igual que el 'Quijote', 'Yo el Supremo', de Augusto Roa Bastos, es un libro sin tiempo que entra y sale de la historia y se adelanta hacia el futuro.

En 1917 Rubén Darío habría cumplido 50 años de edad a no ser por su muerte prematura en Nicaragua el año anterior. Pero, prestando palabras a Jorge Luis Borges, la literatura, al renovarse, puede llegar a ser un jardín de senderos que se bifurcan. Basta para demostrarlo el nacimiento ese mismo año, en distintos y distantes lugares de América, de dos escritores capitales del territorio de La Mancha, Augusto Roa Bastos y Juan Rulfo.

El mundo rural y arcaico de ambos empieza en la lengua, y ambos vienen de la tradición oral. Para Rulfo, el aire está lleno de los murmullos de los muertos que hablan desde sus tumbas con las voces del pasado. Para Roa Bastos son las voces de la locura, y por eso, en Hijo de Hombre, el sargento Crisanto Villalba regresa de la guerra del Chaco perseguido por las furias de la demencia.

La desgracia del poder arbitrario se ceba en la carne de los infelices, y lo que Roa Bastos hará desde entonces es contarnos la historia del poder que atropella, humilla y somete, desde Hijo de Hombre hasta Yo el Supremo. A los súbditos del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco, el Karaí Guasú, Supremo Dictador Perpetuo de la República, les falta un hueso en el cuello, lo que les impide levantar la cabeza.

El poder, visto como una abstracción, aun en sus extremos arbitrarios, pertenece al ámbito de las ciencias sociales; pero en la medida en que afecta la vida de los individuos, y las modifica e interviene, entra ya en el ámbito de la literatura. Seres humanos, amordazados, despojados, encarcelados, torturados, exiliados; o convertidos en cortesanos palaciegos, serviles, aduladores, represores, como quienes rodean al doctor Francia.

Los tiranos de América Latina, los de ayer y los de hoy, se encarnan en esa figura porque nuestras historias están cortadas con las mismas tijeras del poder despótico. Somos hijos de la anormalidad, y el novelista arrebata al historiador esos temas fuera de lo común.

No sabemos contar historias felices; la historia nos desafía haciéndonos recorrer las galerías de su museo de horrores y crueldades, de injusticias y arbitrariedades, y nos obliga a permanecer con los ojos abiertos, entre el asombro y el delirio.

Al ocurrir las guerras de independencia en el siglo XIX, surge la primera de esas anormalidades: a la razón ilustrada le nacieron garras. No pocos de los libertadores se subieron al caballo como abanderados de la democracia y se bajaron como epítomes de la tiranía. Llevaban en sus alforjas la Declaración de los Derechos del Hombre y la Constitución de los Estados Unidos, pero las ideas de libertad absoluta fueron sustituidas por las del poder absoluto, y además perpetuo.

Yo el Supremo es una de las más alucinantes y asombrosas construcciones verbales de que pueda preciarse la literatura latinoamericana del siglo XX. Los distintos ángulos desde los cuales está construida la figura del Dictador Perpetuo se sostienen entre ellos gracias al armazón del lenguaje que es diverso, aunque centrado en la propia voz del personaje que se habla a sí mismo en un monólogo interminable, que es a la vez un diálogo con su amanuense Policarpo Patiño, y se extiende a la Circular Perpetua y al Cuaderno Privado, peldaños todos de una escalera circular que baja hacia un subterráneo de cámaras múltiples.

La sombra del dictador Alfredo Stroessner planea abiertamente sobre esta novela, pues, aunque yendo hacia el pasado para componer la figura del doctor Francia, Roa Bastos fue contemporáneo de esa tiranía que lo expulsó de su patria, y en su largo exilio escribió la mayor parte de su obra narrativa.

Igual que el QuijoteYo el Supremo es un libro sin tiempo que entra y sale de la historia, se adelanta hacia el futuro y convierte a su autor en personaje que se retrata a sí mismo por mano del doctor Francia: “Después vendrán los que escribirán pasquines más voluminosos”, dicta el Supremo. “Los llamarán Libros de Historia, novelas, relaciones de hechos imaginarios”.

Y en uno de sus soliloquios, en los que pone a prueba su propia eternidad, el doctor Francia parece aleccionar al novelista que un día se ocupará de él: “Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real. Lo irreal sólo está en el mal uso de la palabra, en el mal uso de la escritura”.

Joseph Brodsky dice, refiriéndose a los grandes novelistas del siglo XX ruso, que “el talento no necesita historia”. En el caso de Roa Bastos sería una curiosa afirmación. En América Latina, la historia es el sustrato de la literatura. Lo que él hizo como artista fue transferirla a una dimensión diferente, pero sin que deje nunca de ser esa misma historia cuya materia ha sido transformada por las palabras de la imaginación.


Artículo: https://elpais.com 30∕06∕2017

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