samedi 15 juillet 2017

Jorge MÍNGUEZ∕En la senda de NIETZCHE


CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
En la senda de NIETZCHE
Por Jorge MÍNGUEZ

El libro de Rivera, además de probar que la filosofía puede ser científicamente informada y mantenerse alejada de toda forma de soberbia, es una lectura amena y apasionante de la que ningún racionalista sensato debería prescindir.

Son muchos los libros de filosofía introductorios, de divulgación o no estrictamente académicos que hacen encendidas loas de la actitud crítica que dicen encarnar y prometen transmitir al lector. En ellos se nos habla de nuestra pérdida de ilusiones, del negro futuro que está llegando ya, de las injusticias del mundo y, no sé si como consecuencia o como causa de todos esos males, del declive de la filosofía en los programas de estudios, todo ello presentado con una retórica vaporosa y escasamente inteligible. En contraste con esta tradición, Rivera ha escrito un libro de filosofía atípico, pues ni se queja ni parece descontento. Los capítulos que dedica a explicar las actividades de superación de retos revelan una energía nietzscheana que, ajena a cualquier forma de abatimiento frente al azar y al cambio, nos invita a enfrentarnos a ellos con optimismo y lucidez. La otra gran virtud del libro de Rivera es su concepción de la filosofía como una reflexión muy pegada a los detalles y a la ciencia, una reflexión que es apenas una película transparente que envuelve datos, experimentos, argumentos literarios e historias reales y les aporta sentido y coherencia narrativa. Las dos cualidades que he mencionado, su jovialidad nietzscheana y su preferencia por mantener la discusión filosófica dentro de los límites marcados por la evidencia científica, le sirven a Rivera para abrir una causa general contra la importancia que el racionalismo –que Rivera identifica de modo laxo como la corriente dominante de la filosofía, desde Platón a nuestros días– otorga a la racionalidad y, muy especialmente, a la racionalidad práctica. No traiciona aquí el autor su espíritu nietzscheano, ni tampoco cuando opta por presentar sus argumentos de un modo asistemático, según van surgiendo al hilo de unas explicaciones siempre concretas e informativas. Rivera ofrece en su libro una selección formidable de información empírica, principalmente tomada de la psicología, pero también de otros campos como la economía, la biología, la física o la teoría de juegos, y construye a partir de ella un ataque contra diversas manifestaciones de racionalismo. Sin dejar de reconocer que los métodos de decisión racionales juegan en ocasiones un papel como motor del bienestar, de la ciencia y del progreso, insiste en que estos métodos son menos frecuentes y, sobre todo, menos eficientes de lo que tendemos a creer. La conclusión es un retrato de la inteligencia humana como algo esencialmente intuitivo. No hay, en mi opinión, ni uno solo de los argumentos específicos de Rivera que yerre el tiro. Y sin embargo, su ataque general contra la racionalidad se me antoja injusto, de ahí que me disponga a hacerle algunas objeciones. Estas pertenecen, lo reconozco, a ese ámbito situado entre la metafísica y el análisis conceptual que Rivera rehúye voluntariamente y por convicción. Pero lo cierto es que algunas afirmaciones que hace en el libro se adentran, quizás a su pesar, en ese terreno, y le exponen así a este tipo de discusión. Me centraré en tres aspectos de su argumento. La paradoja de la reflexión La racionalidad, según esa versión extrema del racionalismo que es el intelectualismo, exige que pensemos siempre antes de hacer las cosas. Rivera argumenta que esto es algo que no hacemos habitualmente y que es, además, un mal consejo. Prueba de ello es que rara vez somos capaces de explicar qué es lo que hacemos cuando realizamos una actividad, y eso no sólo en el caso de actividades instintivas, como coger un objeto al vuelo, sino también en el de actividades que no dudaríamos en calificar de intelectuales, como jugar al ajedrez o hablar. Pero es que incluso cuando conocemos a nivel teórico las reglas que guían nuestros actos y las leyes naturales que explican su efectividad, este conocimiento no interviene en el momento de actuar y entorpece la acción cuando intentamos que lo haga. Por ejemplo, normalmente no pensamos en las reglas gramaticales al hablar, pero cuando lo hacemos hablamos sin fluidez y a trompicones. Por la misma razón, es absurdo sostener, como hace el intelectualista, que “un ajedrecista debe repasar en su cabeza todas las reglas tácticas del juego antes de poder hacer movimientos correctos y hábiles”. El caso de IW ilustra a la perfección las dificultades que tenemos cuando nos vemos obligados a controlar consciente y voluntariamente acciones cotidianas que normalmente están automatizadas. IW es un individuo que carece de propiocepción de cabeza para abajo, por lo que, para moverse, “ha de mirar, antes de nada, la parte de su cuerpo que va a activar y seguir el desplazamiento de sus miembros paso a paso hasta su conclusión, confirmando en cada momento que está haciendo lo que pensaba hacer, como cerrar una puerta o agarrar un vaso con la mano derecha. Esta es la forma racional y extenuante en que IW se mueve”.

La acción eficiente y fluida puede verse como un tipo especial de subproducto. Los subproductos son, como explica Rivera, estados psicológicos que no sólo no pueden conseguirse por métodos racionales, sino que se apartan de nosotros cuando empleamos estos métodos. Ejemplos típicos de subproducto son la espontaneidad y la felicidad. Recordemos la concepción de la vida lograda que defiende el racionalista: “Debes poner —escribe Rivera— en la diana de tu conciencia tus objetivos predilectos y a continuación tensar el arco y disparar la flecha para hacer blanco en ella”. Los subproductos no se adaptan a este modelo, pues “no pueden ser objeto de persecución racional” y sólo se consiguen cuando no los buscamos activamente. Claro que, en la vida real, rara vez llegamos a intentar poner en práctica lo que el intelectualista preconiza. Rara vez o, quizás, nunca. En efecto, los experimentos de Libet muestran que las acciones que experimentamos como voluntarias son ejecutadas por nuestro sistema psicomotriz antes de que hayamos decidido realizarlas. En ellos, afirma Rivera, “queda más que insinuado que la consciencia de un acto voluntario viene después de que ese acto esté siendo preparado en la corteza cerebral, cosa que contraviene el dogma racionalista de que siempre hemos de meditar de manera consciente y deliberada una acción antes de emprenderla”. Rivera tiene razón en su crítica a la leyenda intelectualista, aunque creo que subestima el papel que juega la atención en las actividades difíciles: que el corredor de coches no preste atención a lo que hace cuando cambia de marchas no significa que toda su conducción se realice en un estado semiinconsciente. Pero lo que me llama más la atención es que Rivera presente como una muestra de la inoperancia de la racionalidad el hecho de que normalmente controlemos nuestra conducta de modo automático e intuitivo. Es evidente que está asociando la racionalidad a un procedimiento de toma de decisiones (o, en su caso, de adopción de creencias): somos racionales cuando pensamos y actuamos de modo consciente, reflexivo, analítico, voluntario y permanentemente controlado.

Este procedimiento es, según Rivera, sumamente ineficaz e infrecuente, puesto que la mayor parte del tiempo ni pensamos en cómo hacemos lo que hacemos, ni seríamos capaces de hacerlo, ni nos hace falta, ni nos conviene. “Nuestras capacidades, a todas luces limitadas, de atención, cómputo y memoria quedarían agotadas si lleváramos enfundado siempre el equipo de trabajo de la racionalidad a todas horas”. Pero, en mi opinión, lo que aquí se presenta como una crítica al procedimiento racional es en realidad una crítica a una concepción equivocada de él. El pensamiento reflexivo no es esa aplicación mecánica y perfectamente controlada de reglas que pintan los intelectualistas. Al contrario, incluye un momento creativo, inconsciente e intuitivo. Es esa intuición la que, en última instancia, nos permite comprender lo que pensamos, distinguir lo relevante de lo superfluo y generar nuevas ideas. Incluso la decisión de redoblar la atención reflexiva a lo que estamos haciendo es inevitablemente intuitiva, pues, si tuviéramos que reflexionar para saber si debemos o no reflexionar, deberíamos reflexionar también para saber si debemos poner en marcha esa primera reflexión, y así hasta el infinito. La reflexión, pues, no sólo comparte con la intuición las tareas de formación de creencias y toma de decisiones, sino que opera en indisoluble continuidad con ella. Eso ni nos hace menos reflexivos ni hace de la reflexión algo menos deseable. Presentar este elemento intuitivo como un límite del pensamiento reflexivo implica ignorar que la reflexión es también intuición, y no de modo lateral y a desgana, sino esencialmente. Supone, en cierto modo, aceptar la concepción intelectualista de la reflexión. Así que habría que distinguir mejor entre las críticas al concepto intelectualista de la reflexión y las críticas a la reflexión misma y al peso e importancia que esta tiene y debe tener en nuestras vidas.

Intuiciones morales Rivera dedica un capítulo apasionante a explicar el uso de algoritmos genéticos en la resolución de problemas de ingeniería. El método consiste en generar diseños al azar y hacer una serie de competiciones eliminatorias entre ellos, copiando así el proceso de selección de rasgos en los seres vivos que llamamos selección natural. Este fue el método empleado, por ejemplo, para diseñar (sin diseñarlas) las antenas para el programa de satélites de la NASA denominado Space Technology 5. La conclusión que extrae Rivera de este y otros casos similares es que “la racionalidad no es la única vía para obtener diseño inteligente: la evolución (tanto la natural como la simulada en un ordenador) puede alcanzar diseños mejores mediante un proceso ciego e iterativo de competencia”. De las antenas afirma que “eran muy eficientes, pero nadie entendía cómo conseguían llevar a cabo con eficiencia su función”. Y más en general, que “el diseño evolutivo –indeliberado, fruto de la competencia y del paso de las generaciones– resulta más funcional y versátil que el diseño deliberado”. Las intuiciones morales no son, en el fondo, muy distintas de estas antenas diseñadas mediante algoritmos genéticos. Las intuiciones morales son reacciones viscerales de rechazo de una conducta que experimentamos como moralmente censurable, o de aprobación de una admirable. Este tipo de reacciones se produce de modo previo al análisis racional de la situación y, lo que es más importante, a menudo también sin que seamos capaces de entender, ni siquiera a posteriori, las razones que las justifican. Uno de los ejemplos de intuición moral que encontramos en el libro es el de nuestras reacciones ante el incesto. Jonathan Haidt había introducido este tema en la discusión filosófica con su historia de dos hermanos que deciden mantener relaciones sexuales entre ellos, no sin antes tomar precauciones para evitar que ella quede embarazada y asegurarse así de que nadie salga perjudicado por su decisión. Esta historia provoca, según cuenta el propio Haidt, un fuerte rechazo moral en todo tipo de auditorios, un rechazo que la gente expresa mediante gestos de censura y repugnancia, y ello pese a que al contarla se ponga el acento en que se trata de una acción sin víctimas. Si lo interpreto correctamente, la conclusión que saca Rivera de este caso y de otros similares es que nuestra moral se sitúa, al menos en ocasiones, más allá de las razones. Esto no implica que las intuiciones morales no puedan ser inteligentes, en el sentido de ser buenas guías de conducta. Al fin y al cabo, muchas de ellas condensan el aprendizaje por selección natural de nuestra especie, e ignorarlas nos puede llevar fácilmente a hacernos una idea equivocada de las situaciones morales en que nos vemos envueltos. Pero se trata de una inteligencia que opera, por así decirlo, al margen de la racionalidad. Me parece, sin embargo, que no podemos dejar enteramente en manos de la intuición la decisión de si una acción es o no moral, pues no cabe descartar que, en último término, nuestro deber sea rectificarla o reprimirla. Nuestra actitud hacia las intuiciones morales no es, en el fondo, muy distinta de la de los ingenieros que utilizaron algoritmos genéticos para diseñar las antenas de los satélites. Su decisión de emplear un sistema de diseño ciego no era ella misma el resultado de un sistema ciego, sino que estaba basada en razones, aunque sólo fuera la razón mínima de que habían comprobado que el sistema de diseño ciego funcionaba mejor que otros. En otras palabras, los ingenieros tomaron la decisión racional de fiarse de un sistema que generaba diseños que no entendían, pero que funcionaban mejor que los que sí entendían. Algo parecido es lo que hacemos cuando optamos por fiamos de nuestras intuiciones morales sin saber qué razones esconden. A veces lo racional es hacer o pensar cosas de las que nadie sabe por qué son así, pero a las que no encontramos contraindicaciones serias.

El propio Descartes, racionalista donde los haya, toma eventualmente la decisión de guiarse por lo que llama una moral provisional, esto es, una moral intuitiva de la que desconoce el fundamento último, pero que, en las condiciones de ignorancia en las que está obligado a actuar, es la mejor que puede adoptar, y por buenas razones. Esa decisión la tomamos los demás de manera tácita, pero es nuestra propia capacidad de estar alerta lo que nos hace responsables de ella. En realidad, la noción de racionalidad tiene un aspecto normativo que desborda el concepto con que opera Rivera, más estrechamente vinculado a un procedimiento de toma de decisiones. En el sentido normativo, racional es lo que debemos pensar o hacer, dado nuestro contexto y la información de que disponemos, no lo que concluimos de hecho cuando reflexionamos mucho. A veces lo racional, lo que debemos hacer, es examinar cuidadosamente toda la información que podamos conseguir sobre el problema al que nos enfrentamos, supervisando sin descanso los métodos que utilizamos para analizar esa información y sin dejar de lado el análisis exhaustivo de nuestros objetivos; otras, las más, lo racional es no hacer nada de eso, y limitarnos a hacer lo que intuitivamente nos parece bien mientras no aparezcan motivos serios para dudar de esa intuición. Soberbia racionalista El último desacuerdo con Rivera del que quiero ocuparme aquí tiene que ver, una vez más, con su tendencia a confundir la racionalidad con una actitud obsesionada por descubrir regularidades y pautas de conducta, aunque sea al precio de inventarlas. Rivera presenta como un defecto atribuible a la racionalidad los errores que cometemos cuando, guiados por lo que denomina soberbia racionalista, nos formamos ideas esquemáticas o directamente falsas sobre la naturaleza de las cosas y nos empeñamos en modificar el mundo con arreglo a patrones que no son ni aplicables a él ni deseables para nosotros. Una forma básica de este exceso de confianza en el poder de la razón es la insistencia de algunos moralistas en que una esmerada planificación racional de nuestra vida puede permitirnos eliminar la influencia que el azar tiene sobre ella. Esto es, advierte Rivera, un sinsentido. “Nadie pilota su existencia de manera racional y consciente, sin trabas ni precondiciones, hacia objetivos fijados de antemano. Pensar así es incurrir en el consabido pecado de soberbia racionalista”. Detrás de este empeño en dirigir consciente y voluntariamente nuestros asuntos late siempre la tesis intelectualista que afirma que, para actuar bien, tenemos que “clarificar intelectualmente qué es el bien”. Frente a este empeño vano, Rivera nos recuerda una y otra vez que “no hace falta conocer racionalmente qué es el bien para después ponerlo en práctica”. La obsesión por descubrir lo que está fuera de nuestro alcance y por controlar lo incontrolable produce múltiples desencuentros con la realidad, a cada cual más pernicioso. Aquí podemos situar, por ejemplo, las creencias supersticiosas, que nos llevan a identificar imaginarias regularidades y a ejercer a partir de ellas un ilusorio control de la situación.

Y también sitúa aquí Rivera el caso del utopismo propio de los sistemas comunistas. El utopista percibe como caos e imperfección lo que en realidad es una complejidad que supera su entendimiento, porque es espontánea y resultado de decisiones múltiples no coordinadas. Llevado por este error de diagnóstico y envalentonado por una confianza ciega en su razón, el político utopista crea una imagen tremendamente simplificada y “racional” del modelo ideal de sociedad y, si se le da la oportunidad, destruye las estructuras que no entiende para sustituirlas por un orden ineficiente y, sobre todo, hostil al ser humano. Aunque estoy de acuerdo con el fondo de la posición de Rivera, no acabo de ver que estas formas de intelectualismo puedan presentarse como argumentos contra la racionalidad o contra la pretensión de entender y mejorar racionalmente el mundo. Rivera interpreta aquí la racionalidad como una actitud que nos lleva, en primer lugar, a proyectar sobre la realidad pautas de inteligibilidad arbitrarias que sustituyen al verdadero conocimiento, y en segundo lugar, a intentar ejercer un control efectivo sobre la realidad asumiendo la corrección de esos falsos modelos. Pero esta acusación es injusta, pues lo que exigen en realidad los procedimientos racionales no es la invención de fáciles fantasías, sino la investigación laboriosa de las leyes naturales que rigen el mundo, una investigación que habrá de permitirnos, si tenemos suerte, prever las consecuencias de nuestras acciones y operar con una concepción psicológicamente plausible de lo que es beneficioso para los seres humanos. Nuestra tendencia a la superstición y al utopismo no prueba que debamos evitar ser racionales, sino al contrario, que debemos serlo más. La actitud petulante de quien da por sentado que puede entender el mundo sin atender a los hechos y reformarlo para bien desde los despachos del partido no está guiada por la racionalidad; antes al contrario, su soberbia es una muestra de sinrazón, pues no hay racionalidad sin humildad. No hace falta decir que el libro de Rivera es una excelente prueba de que la filosofía puede ser científicamente informada y mantenerse alejada de toda forma de soberbia. El que esté además maravillosamente bien escrito lo convierte en una lectura amena y apasionante de la que ningún racionalista sensato debería prescindir.

Jorge Mínguez es doctor en Filosofía.

Juan Antonio Rivera, Camelia y la filosofía, Arpa Editores, Barcelona, 2016


Artículo: www.elboomeran.com 10/7/2017

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...