samedi 15 juillet 2017

Mark GRIEF∕Estimados banqueros de Wall Street


¿Es posible protestar con tanta cortesía?
Estimados banqueros de Wall Street
Por Mark GRIEF

Occupy Wall Street empezó en Nueva York, y en Estados Unidos nos gusta creer que todo lo hemos inventado nosotros. Pero cuando en septiembre de 2011 empezaron a reunirse estudiantes, desempleados, retirados, indigentes, profesores, en un anodino parque a unas cuadras de los enormes bancos de Wall Street, fantaseábamos con estar en otro sitio. En un país donde los ciudadanos todavía sabían cómo ocupar sus plazas públicas para hacer caer a los gobiernos. Deseábamos estar en El Cairo, Madrid, Atenas. En cualquier parte de la primavera árabe. O que pudiéramos ser como Argentina transformándose: «¡Que se vayan todos!».

Mientras el movimiento «Ocupa» se propagaba a cada ciudad y pueblo de Estados Unidos, empezamos a sentirnos como nuestros padres fundadores cuando se opusieron a los británicos. Pero también éramos indignados. Fue la noche en que la policía atacó a los manifestantes de Oakland, un martes de octubre, les disparó «de forma no letal» y les lanzó bombas lacrimógenas y granadas de estampida. Esa vez, cuando le dispararon en la cabeza a un veterano de Irak llamado Scott Olsen, parecía que había llegado el día en que nuestros adorables niños disfrazados de stormtroopers se habían propuesto por fin asesinar a ciudadanos estadounidenses. Apuntaban alto sus escopetas a californianos de apariencia dócil en camisetas y shorts. La violencia organizada era transmitida en vivo por la cadena KCBS. Como si YouTube fuera una granja de hormigas, me desplacé por sus oscuros túneles yendo de un video de las protestas a otro, siguiendo mórbidos links, despierto en mi cama de Nueva York. Si iban a destruir los campamentos, como ocurría también en Atlanta, y ser brutales como en Denver y Chicago, entonces habría que ocupar otros sitios. La impotencia y la ira vienen de mirar el sufrimiento desde lejos, como en la era de la televisión. En la era de internet, los links me llevaron a Occupy the Boardroom (Ocupa la sala de juntas), un sitio web inaugurado días antes. Entonces empecé hacer otra cosa que hacemos los estadounidenses cuando sentimos nuestra impotencia pero creemos que de todas maneras alguien debería prestarnos atención. Comencé a escribir cartas.

El sitio de Occupy the Boardroom enlista los nombres de los ejecutivos y consejeros de los seis grandes bancos de Estados Unidos: Goldman Sachs, Morgan Stanley, Citigroup, Bank of America, JP Morgan Chase y Wells Fargo. No hay direcciones postales ni de correo electrónico. Pero el sitio permite elegir a un individuo de la lista y escribirle una carta. El servicio después la reenvía al e-mail del destinatario. También la agrega a un compilado de cartas (más de seis mil, la primera vez que lo visité), lo cual permite conocer lo que otros saben y opinan. Después creo haber leído que las cartas impresas serían entregadas por Occupy the Boardroom en los escritorios de los banqueros.

Para: John G. Stumpf, Wells Fargo
Gracias por los años de servicio, pero ahora llevaré mi dinero a una unión de crédito hasta que vea que el 1% se esfuerza por ayudar al país que les dio una oportunidad. Sr. Anthony Zayas y Sra.
75234 (Dallas, TX)

Occupy the Boardroom es la protesta de los burgueses. Lo digo como un halago. Creo que es una necesidad ahora, y lo será en los meses siguientes, cuando los alcaldes intenten pintar el movimiento «Ocupa» con el color de la indigencia, de los sin-hogar. La protesta burguesa usa los valores de las personas que tienen algo que perder, de los que forman la gran clase media, aquellos que son pequeños propietarios o que lo fueron. Lo mejor de Estados Unidos, desde la perspectiva jeffersoniana de la democracia del hacendado, incluye una sociedad de iguales donde todos son dueños de al menos un pedacito de la tierra sobre la cual están parados. Occupy Wall Street a menudo se ha pronunciado con valentía a favor de los que menos tienen, de los inmigrantes y los desposeídos. Eso también es parte de Estados Unidos. Occupy the Boardroom permite al 99% de nosotros hablar de ciertos principios de los que nunca podremos ser privados y que los ejecutivos y fideicomisarios de los bancos supuestamente también comparten: honestidad, probidad, responsabilidad, ciudadanía y patriotismo. También nos permite hablar desde todas partes.

Para: William R. Rhodes, Citigroup

Hola Sr. Rhodes, No soy pobre. De hecho soy dueño de una propiedad considerable en la frontera entre Tribeca y el Distrito Financiero. Incluso he pagado ya mi hipoteca. Soy muy conservador en términos fiscales. Por eso no tengo paciencia para las tonterías de su compañía. Hace años que quiero dejar Citibank. Mudar mi cuenta de Citi el 4 de noviembre es mi mensaje para usted, y para el gobierno de Estados Unidos (a un año de la elección) junto con este mensaje aquí y ahora. Por cierto, no estoy solo. Espero que alcance un sentido de equilibrio, justicia y conciencia.

Que esté usted bien, Heide (Nueva York, NY)

Estas cartas son el matrimonio de la nueva tecnología con una de las costumbres más antiguas permitidas por la alfabetización extendida. La carta individual, de persona a persona, secreta e íntima o pública y formal, pero para ser leída por el destinatario en el sitio apropiado en su propio tiempo, es una de nuestras formas discursivas más protegidas. Está allí para que la encuentren en calma y seguridad, así que si es cortés nunca es una invasión. Cada uno de nosotros tiene el derecho de ser escuchado de este modo por cualquier otro. Puede que sea un delito entrometerse con el correo ajeno, y también es un crimen moral leer la carta sellada de alguien más o abrir un sobre dirigido a otro. Pero no leer una carta personal dirigida a uno también nos deja inquietos, es una ofensa en contra de todos, tan incómoda como romper billetes. Sugiere miedo o desprecio, hace quedar como un culpable.

Para: Heidi Miller, JP Morgan Chase Querida

Srita. Miller, Elegí su nombre de la lista de ejecutivos de Chase registrada por el movimiento Occupy Wall Street porque mi hija mayor se llama como usted y también porque tengo una cuenta con Chase. Puede decirse que mi esposa y yo somos de los  afortunados que tienen seguridad financiera porque ambos estamos jubilados, tenemos retiro seguro con la Seguridad Social y pensiones […].
Nuestros hijos también tienen la suerte de contar con trabajos relativamente estables. Pero si el declive de nuestro país continúa, temo por mis nietos, y tal vez por los suyos también.
¿Pero qué hay del otro 99%? ¿Qué hay del país? ¿No es nuestro Pueblo la nación por la que nuestros héroes murieron? […] Espero que usted pueda ser una de las pequeñas voces que ayuden a enderezar nuestro país.

Enrique C. Cubarrubia

Enviar estas cartas es una forma de incluir al 1% en el movimiento, por raro que suene. No para enrolarlos ni vilipendiarlos, sino para dirigirse a ellos. Escribirles cartas los vuelve visibles en prosa con sus nombres, pero también con las fantasías que hay sobre ellos. La cortesía sería lo más esencial. «Recuerda, ¡sé bien educado!», son las palabras que están en el cuadro de texto al escribir la carta. Se recomienda escribir «de manera constructiva que ayude a edificar el movimiento para un mundo mejor. ¡Piensa de forma graciosa!». No hay tantas cartas graciosas. Pero son muy elocuentes, a diferencia del vandalismo de algunas otras formas de expresión en la web. La cortesía es clave no por servilismo ni para ser encantadores, sino porque asume comunidad. En el plano de la urbanidad, todos somos iguales. Estados Unidos dañó a la aristocracia cuando eliminó las formas sociales y las reemplazó con la cortesía y sus hábitos en un rango accesible para todos. Los ricos intentan engañarnos usando modos pueblerinos y blue jeans para que no nos importen las verdaderas desigualdades. La formalidad de estas cartas desafía su palabrería.

Para: Ellen V. Futter, JP Morgan Chase Soy carpintero, el trabajo ha sido muy poco desde la crisis, mi esposa trabaja en una pequeña fábrica y gana 17 por hora, sin seguro. Nos inscribimos en «Haga que su casa sea asequible» [y] redujeron nuestra hipoteca a 400 mensuales [,] por que pasamos por el proceso [.] no estábamos atrasados con los pagos, solo batallábamos para que nos alcance. A los 9 meses nos dijeron que no éramos elegibles, que iban a empezar un juicio hipotecario si no cubríamos los 400 que no pagamos o que podíamos refinanciar a una tasa menor para salvarnos de perder nuestra casa y mientras perdiendo los intereses que habíamos pagado hasta entonces…10 años 120,000 dólares. Sé que nadie leerá esta carta pero [me] hace sentir mejor [¿] que le hace sentir mejor a usted señora [?]

Michael G. Anderson 98070 (Vashon, WA)

Admito que odio cuando las cartas son sólo insultos. Otras son promesas de justicia. Eso lo respeto. Admiro las notas de desafío.

(Sin destinatario particular)

Si hubieran ganado una pequeña fracción de lo que reciben, habría un poco de justicia en este mundo. Pero ¿QUÉ hacen ustedes exactamente? ¿Cómo puede uno GANAR $18 millones de dólares al año? ¿Han inventado una ratonera mejor? ¿Descubierto la cura para el cáncer? ¿Terminado con la pobreza? ¿Logrado la paz en nuestro tiempo?

Devuelvan el dinero. Renuncien y denle a alguien más la oportunidad de gobernar el mundo. Ustedes no saben hacerlo!

carolynkostopoulos 10001 (Nueva York, NY)

En conjunto, las cartas son una mezcla de queja de consumidor, historias sentimentales y trágicas, hechos y datos, acusaciones, injurias, sarcasmo, amor cristiano y fraterno, súplica, dignidad y exhortación a hacer lo correcto. Y deberían ser así de promiscuas. Estamos atados por tantos hilos distintos. Tal vez el recurso principal sea la simpatía, en cualquiera de sus formas. Uno de los medios más antiguos para conseguir el cambio social en Estados Unidos. Nos ganó la emancipación de la esclavitud, y una guerra. Sentimentalismo, sensibilidad, simpatía, palabras antiguas para nombrar una creencia a la que no podemos renunciar: que al estar en la presencia de alguien, sería posible por influencia inmediata restaurarlos al camino de lo correcto. Que al mirarlos a los ojos al fin se permitan escuchar ciertas palabras. Como nunca tuvimos monarcas ni nobleza y somos plebeyos e iguales en apariencia, el tono de nuestras protestas más sinceras combina el de una carta de negocios con el de un panfleto religioso. Antes de la Guerra Civil, los estados esclavistas odiaron que Lincoln fuera electo también porque podía designar al Director General de Correos y permitir que las cartas y panfletos abolicionistas llegaran al sur a través del correo del gobierno.

Para: Brian T. Moynihan, Bank of America

Hola otra vez, Brian. Leí el otro día que estabas muy enojado por el alboroto sobre B of A. Pobrecito. Pero cuando uno ejecuta juicios ilegales de hipoteca para los cuales no hay documentación, la gente se molesta. Se molestan, Brian, cuando usted se paga a sí mismo $10 Millones al año mientras que el cajero promedio en su nómina recibe apenas unos $23,000 anuales. Eso no es un salario digno estos días ¿o sí? Y luego está todo ese asunto del cargo atroz de $5.00 que se inventaron para recuperarse de las pérdidas que sus malas decisiones de negocios les trajeron a sus compañías. Ya sé. Ya sé. Han cancelado eso debido a las sonoras protestas de sus clientes. Pero Brian, el sólo hecho de pensar que tienen el derecho de cobrarnos por usar nuestro propio dinero es demasiado. Se ve muy mal. Y muchos de nosotros creemos que el rescate que recibieron, que nosotros los contribuyentes hemos dado para ayudarles, aun cuando no fueron nuestros errores los que los llevaron a necesitarlo, fue una muy mala idea también. […] Usted y su compañía olvidaron que tenían que ser buenos y jugar limpio. […]

Atentamente, Just B 30188 (Woodstock, GA)

Alguien de mi familia me advirtió que tal vez los banqueros no leerían las cartas. –Yo las estoy leyendo –le dije–. Otros remitentes están leyendo la mía. Ahora todos nos reconocemos. –¡Pero las cartas nunca serán abiertas por las personas a quienes están dirigidas! – No estoy seguro de ello –insistí. Me pregunté si sería una fantasía ignorante creer que los empleados de los bancos leyeran esas cartas, o que pudieran leerlas. Me pregunté si más bien una de nuestras fantasías en el terrible momento actual era pensar que pudieran extirparse esos hábitos adquiridos sin remedio durante la infancia, ese afán individual de revelación e interés, esa simple curiosidad por lo que otros tienen que decir de ti. ¿Acaso los ejecutivos de Citigroup no se googlean a sí mismos en el cuarto de juegos de los niños en sus casas por la noche? Supongo que los que tienen los puestos más altos, como los líderes de cualquier culto y los círculos cercanos de los dictadores, estarían tan envenenados por la ideología que venden, ya que de otra forma la contradicción diaria consigo mismos sería demasiado grande, una mancha de crueldad y desconsideración difícil de lavar. Pero en realidad no creo eso de todos los estadounidenses que respiran aire democrático. Siempre hay una forma de salir y regresar a la comunidad. Incluso si las cartas no son abiertas por los altos ejecutivos a quienes están dirigidas, ¿no las leerán algunos de los más normales y amables empleados menores de Wells Fargo y Morgan Stanley y Goldman Sachs? Si al menos uno de ellos escuchara una voz en el oído ante cualquier pequeña decisión, como «pregúntale a tu conciencia» o «pregúntate si esta acción daña a alguien», o «nosotros te apoyamos, somos tus vecinos, nosotros compartimos tus valores sin importar que alguien en tu compañía lo haga o no», ¿no actuaría diferente?

II

Huelga decir que me emocioné cuando leí que Occupy the Boardroom haría un mitin en la escalinata de la Biblioteca Pública de Nueva York el viernes siguiente para entregar las cartas a los bancos. Con las técnicas usuales de micrófono popular se contaron historias sobre deudas con la escuela, de facturas de hospital y de préstamos minúsculos que se dispararon mientras se perdían los empleos. Decidí ir con el grupo que marcharía hacia el Bank of America porque ese es mi banco. He estado con ellos más de una década, desde que compraron el banco que compró el banco que estaba en una esquina de mi ciudad de origen, ese mismo sitio donde se depositan todos mis recuerdos de lo que como niño pensé que era la banca: cajeros, cajas de depósito seguras, una bóveda, un edificio de piedra y un cajero automático en el que mi madre algunas veces me dejaba apretar los botones cuando apenas tenía la altura suficiente para alcanzarlos. Cada año el Bank of America elimina algún servicio, añade una tarifa y se las arregla con algún nuevo anzuelo para darnos gato por liebre y empeorar su servicio «para su comodidad». He sido estúpidamente leal porque su anuncio está pegado encima de un banco en mi ciudad de origen.

El plan era ir a tres bancos. Los organizadores preguntaron si alguien quería llevar las cartas, y yo quise hacerlo, esperanzado de que eso me permitiera entrar y ver cómo planeaban entregarlas en los escritorios de estas personas. Tenía una caja llena de cientos de cartas impresas. Me pregunté si podría decir algo distinguido mientras las entregaba. Me imaginaba como uno de los héroes de la independencia, con peluca, mientras decía «Usted, señor—» y ensayaba algún comentario revolucionario, pero cortés con un llamado a la humildad. Nos animaron a entregar algunas de las cartas a los transeúntes, lo cual me dolía un poco, puesto que no iban a llegar a sus destinatarios originales. Pero al menos así la gente sabría cómo se sentían algunos en Estados Unidos, a través de lo que habían escrito. Después tuve que detenerme a explicar qué pasaba, primero a un excéntrico con micrófono y luego a un chico haciendo una tarea para el colegio.

Eso me retrasó al cruzar la avenida y me quedé fuera. Al frente estaban unos hombres vestidos de piratas (supongo que representando a los piratas corporativos) y se oían cantitos. Había una avalancha de policías, cien o más, para un grupo de manifestantes que no superaba los trescientos. La policía se había ubicado dentro del perímetro de la torre del Bank of America, detrás de unas barreras que habían puesto en la acera, de tal manera que funcionaban como la seguridad privada del banco. Parecía que no podríamos entregar en mano las cartas, ni siquiera dejarlas todas en un costal en el lobby, lo cual hasta donde entendí era el plan B. Los empleados del banco miraban desde el otro lado del vidrio. Era un día frío pero soleado y muy apacible. Como estaba en el fondo, pude ver que cerca de mí había una abertura en la barricada, donde la NYPD hablaba con alguna gente que hacía fila. Pensé en entre garles cartas. Mi lógica era que quienes están en una fila son más receptivos a aceptar material de lectura que aquellos a quienes se les interrumpe mientras están moviéndose. Mi perorata, al inicio de la fila, era «¿Puedo ofrecerte una carta de un ciudadano estadounidense particular a un empleado de Bank of America?». –No –respondió el primero. –OK –dije, y avancé–. ¿Puedo ofrecerte una carta? –pregunté otra vez. El hombre seguía en silencio, lo cual era raro. Él y yo estábamos de pie inmóviles, a una distancia cómoda, con voces calmadas y posturas relajadas. Evitaba mirarme a los ojos. Una oferta en esa situación casi siempre obliga a responder con un «no» verbal, a menos que haya razón para percibir una amenaza. Entonces se me ocurrió algo. –¿De casualidad son ustedes empleados de Bank of America?

–No –respondió el primer hombre, lo cual provocó que el rostro del segundo se transformara como si lo hubieran abofeteado. Su camarada había mentido abiertamente. Todos eran empleados que volvían al banco. Al inicio de la línea había policías uniformados que trabajaban para los guardias privados del Bank of America revisando las identificaciones. Así que empecé a avanzar. –Señor, ¿puedo ofrecerle estas cartas de otros compatriotas? Están dirigidas a usted. En la fila había la mezcla habitual de decencia, timidez y mala actitud. La sorpresa fue un grupo de ansiosos estudiantes de la Escuela de Negocios de Columbia que se rehusaron a tomar cartas, hasta que uno lo hizo y después todos lo siguieron. Mientras tanto, me perdí la protesta formal. Del otro lado de la barrera policial había unos treinta o cuarenta policías uniformados, con la espalda contra la vitrina frontal de la torre del banco, como si custodiaran una exhibición de joyería. Entre ellos y la barricada había unos nueve metros de acera libre, ahora cubierta por una flotilla de aviones de papel que los manifestantes lanzaron. La idea original era hacer cartas nuevas y lanzarlas para causar impacto publicitario. Pero sin tiempo para escribirlas, y sin forma ahora de entregarlas, la gente había empezado a usar las cartas para hacer aviones. Recogían los que volaban de vuelta, les sacudían el polvo y después se dirigían hacia el Wells Fargo, donde había que entregar más cajas. Pero yo todavía tenía bastantes cartas. Así que volví con rapidez para entregarlas a la gente en el cerco policial. La mayoría se había marchado y vi que la seguridad privada del banco llamó a un equipo de conserjes para barrer las cartas que estaban allí hechas avioncitos, y botarlas en un gran basurero gris. Me acerqué a los de seguridad (cinco hombres de traje que no eran banqueros) y me incliné sobre la barricada hacia el que daba órdenes.

–Oye, estas son cartas de ciudadanos estadounidenses, y estás tratándolas como basura. Nada. –Escucha, déjame levantar las cartas por ustedes. Así ninguna tendrá que botarse. –¡NO PUEDES ENTRAR AQUÍ! Así que me había escuchado. Le ofrecí ordenar a sus muchachos que las pusieran en mi caja en lugar de botarlas mientras yo esperaba del otro lado de la barrera. Volvió a fingir que no me escuchaba. –¿Por qué no me hablas? –dije–. ¿Es un asunto legal o tienes miedo? ¿O simplemente no te gusto? –¡A mí me disgustas! –me respondió un banquero mientras pasaba por la barricada. –No importa -dije-. Soy tu cliente. Era deprimente. Los conserjes vinieron y limpiaron la acera a mi alrededor. Los tres eran latinos, empleados de compañías subcontratadas, con parches en sus camisas, supongo que para que el banco no tuviera que emplearlos con beneficios. «Estoy contigo, hombre. Disculpa, hombre. Tengo que conservar mi trabajo. Si no estuviera trabajando, estaría acá afuera contigo». Me sentí falso, porque en clase y privilegio tengo bastante en común con esa gente en la fila para entrar a su trabajo en el banco. Soy profesor de universidad, con un buen trabajo. Cualquiera de los empleados la tenemos más fácil que los desempleados, cuyas distintas historias estaban en esas cartas dispersas que volteaba abajo a mirar una y otra vez. Mi padre trabaja para un banco, en Boston, desarrollando sus sistemas informáticos. Tengo seguro de salud y la arrogancia que viene con los títulos académicos elegantes, y también un sentimiento de confort y de titularidad en bibliotecas y museos que nadie me quita excepto los multimillonarios (y los grandes artistas y escritores). Sé bien cómo pensamos, y cómo piensan quienes trabajan en los bancos, como mi padre y sus colegas, y mis amigos del colegio y sus esposas, que también trabajan en bancos y en finanzas. Sé cómo piensan, y sí, algunos de nosotros somos cretinos, pero seguimos siendo sobre todo personas con una base moral. La dificultad real está fuera de nuestro vecindario. La necesidad de perforar la burbuja. Si las personas pudieran escuchar cómo sus propias normas y creencias aplican a sus actos, y tuvieran otras opciones más justas y patrióticas ¿no cambiarían? ¿No podríamos recordar a los empleados de los grandes bancos que no tienen que hacer lo incorrecto? Uno nunca tiene que hacer el mal. Siempre hay opción. Uno siempre tiene la opción de decir «no». Uno siempre puede desobedecer. La agenda de la normalidad y la reputación no es otra cosa que lo que está vigente con la gente a nuestro alrededor. Si pasas todo el tiempo con banqueros, terminarás por pensar que algunas cosas equivocadas están, de hecho, bien. Pero si hay un mensaje que pueda saltar esa barrera sólo para decirles que lo que resulta de su trabajo es un horror nacional y no representa sus creencias, entonces la gente con certeza cambiará. Ése es el punto más profundo de Occupy Wall Street. Debemos estar cerca de los bancos, para que los banqueros sepan que no todos estamos de acuerdo con la redistribución de la riqueza hacia arriba. Escribimos cartas para recordarles que se les puede hablar como iguales y que más vale que recuerden lo que es la dignidad.


Artículo:  www.elboomeran.com 28/2/2012

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