samedi 15 juillet 2017

Mauricio ELECTORAT∕ Hubo alguno una vez

REVISTA LA GACETA
Hubo alguno una vez
Por Mauricio ELECTORAT

Semblanza de Gonzalo Rojas como el formador, el incitador de conciencias estéticas y también políticas, el hombre de letras y también de justicia. Su poesía como “obra abierta”, aquella en que se lee también la actitud del hombre ante el mundo.

Una tarde de verano del año de 1984, lamentablemente ya remoto, me encontré con Gonzalo Rojas por primera vez. Digo por primera vez porque tuve la fortuna de estar con él muchas veces en mi vida y la fortuna aun mayor de corresponder con él desde bastante antes de ese primer encuentro, o sea, visto con la perspectiva de los años, podría decir ahora, desde siempre. Conocí a Gonzalo Rojas por escrito, primero leyéndolo, claro, cuando, adolescente aún, di en alguna parte con un viejo ejemplar de Contra la muerte. Lo leí con dos poetas que fueron fundamentales en mis años de formación: Apollinaire y Saint-John Perse. A Apollinaire y a Saint-John Perse no los leo hace mucho, pero a Gonzalo Rojas lo leo y lo releo hasta el día de hoy. En fin, esa tarde me estaba esperando en la estación de Chillán y lo primero que hizo fue llevarme a dar una vuelta por la Plaza de Armas. Y allí se puso a recitar a Virgilio. En latín. Yo nunca había estado en Chillán y nunca había escuchado a alguien recitar en latín. Y no miento si digo que, hasta el día de hoy, no he vuelto a encontrarme con nadie que sea capaz de recitar a Virgilio en latín... ni en Chillán, ni en cualquier otra parte del vasto mundo. Yo era por aquel entonces, como dice García Márquez, joven, feliz e indocumentado, pero a pesar de esas carencias, recuerdo que tuve una conciencia nítida de estar viviendo un momento excepcional. Ese se- ñor que, de no haber sabido uno quién era, podría habernos parecido un notable de provincias —el rector del liceo, el presidente de la corte de apelaciones— pasaba de Virgilio a Horacio y de Horacio a Heidegger y de Heidegger a Breton y de Breton a Mao y de Mao a Octavio Paz con la naturalidad de quien está leyendo una receta de cocina. A propósito de cocina, también me llevó a comer al mercado y, al día siguiente, a una casita de campo que tenía en las afueras, al borde de un río caudaloso y brutal, como suelen ser los ríos de montaña de Chile. Él la llamaba el Torreón del Renegado, lo que le acarreó la condena de ciertos paleoizquierdistas anémicos que vieron en ese nombre no un juego de palabras entre el nombre del río y la famosa torre de Quevedo, sino la prueba de una renuncia a sus principios ideológicos. Lo cierto es que allí, en la precordillera chillaneja, Gonzalo subía los faldeos de la montaña, abriéndose paso entre los campos de trigo y los matorrales, con la agilidad y la destreza de esos pequeños zorros de Chile, llamados zorros culpeos, mientras nosotros, seres eminentemente urbanos, sudábamos la gota gorda tras él. Gonzalo Rojas subía y, para todos nosotros, creo, sigue y seguirá subiendo en nuestra memoria.

Aquí hay dos cosas que es de interés recalcar: el hombre de la tierra y el hombre universal. Y esta dicotomía, que no es dicotomía sino armonía, nos lleva a nuestra casa común: ese edificio tan singular llamado la poesía chilena. Hombre de la tierra es ese Gonzalo Rojas nuestro a quien acompañará por siempre el relámpago; de hecho, para quienes somos sus lectores, me atrevería a conjeturar que no hay relámpago sin Rojas, así como todo río veloz debe necesariamente brillar como un cuchillo. Hombre de la tierra, hombre chileno, hombre americano, hombre del mundo. Lo mismo, si lo pensamos bien, fueron Gabriela Mistral, Neruda, De Rokha: herederos de una lengua —o de un habla, puesto que todo es habla— ancestral y auténtica: la que se forja en el crisol del antiguo pueblo chileno, la que con un poco de oreja y de suerte alcanzamos aún a escuchar en los valles transversales del Norte Chico o en las aldeas y pueblos de los profundos bosques y ríos del sur. Cito a Gabriela Mistral, citada a su vez por Gonzalo Rojas en un artículo que le dedica a nuestra primer premio Nobel en Todavía, la recopilación de su prosa que acaba de editar el Fondo de Cultura Económica: «El campo americano —y en el campo me crié— sigue hablando su lengua nueva veteada de ellos. La ciudad, lectora de libros doctos, cree que un tal repertorio arranca en mí de los clásicos añejos, y la muy urbana se equivoca» (Rojas, 519). Es esa «lengua nueva veteada de ellos», o sea esa magnífica lengua que da cuenta, más que ningún tratado de historia, de la potencia y el alcance del fenómeno que llamamos «lo americano» (lo americano es lengua española hecha nuestra más paisaje, lengua española nuestra y tierra nuestra; tierra a su vez con sus lenguas y culturas vernáculas, claro), es esa lengua, olvidada y portentosa, la lengua madre de Gonzalo Rojas, como la de todos nuestros grandes poetas nacionales. No hay poesía oligarca en Chile. ¿Y Huidobro?, se podría objetar. Sí, pero Huidobro perteneciendo a esa oligarquía, tradujo, adaptó, importó las vanguardias y para ello creó su propia lengua, no heredó la de su clase. Lo que quiero decir es esto: los poetas que forman los cimientos de ese edificio que llamamos poesía chilena —construcción bastante imponente y compleja a estas alturas, como las altas torres de Gaudí— vienen de esa lengua campesina, rural, castellana ancestral y que es acaso lo mejor que nos legaron los españoles: un poco de Edad Media. La Edad Media del marqués de Santillana, la de Gonzalo, el otro, el de Berceo, la de Juan Ruiz, el arcipreste de Hita... Esa lengua primorosa, pastoril, divina en su gracia, celestial y carnal al mismo tiempo, esa lengua popular, en definitiva, es la lengua primera de nuestros campesinos y el verbo primero de nuestros grandes poetas. Con esa arcilla de relentes medievales, más Garcilaso, más Quevedo, más Darío, es decir, más instrucción pública y bibliotecas que no se sabe muy bien de dónde salían y que hoy día serían un perfecto milagro, se construye lo que a estas alturas del siglo XXI, y sin temor a exagerar, podemos llamar el Siglo de Oro de la poesía chilena. Allí lo tenemos, sólo a algunas millas náuticas detrás de nosotros. Y en ese siglo, se inscribe, de pleno derecho, la obra de Gonzalo Rojas. Y su travesía. Su travesía del siglo que fue el suyo, su travesía de un siglo al otro. Ahora, sería de recibo preguntarse por qué la poesía de Gonzalo Rojas fue tan determinante para tantos jóvenes aprendices de escritores de la época. Para responder a esta pregunta es necesario un poco de historia y otro de lectura, lectura de su obra, desde luego. He afirmado al comienzo de este artículo que tuve el privilegio de establecer una relación personal con Gonzalo Rojas desde muy joven. Pero para no faltar a la verdad, debo decir que no fui el único. Lejos de ello. Son muchos los poetas, escritores, estudiantes de literatura o sencillamente los lectores que estuvieron, por decirlo así, bajo el «influjo» de la poesía y de la personalidad de Gonzalo Rojas. Yo diría más. Diría que, con excepción de los poetas de estricta obediencia a ese otro tótem de la poesía chilena que es Nicanor Parra, cuyo tabú es uno y único: Gonzalo Rojas, mucho más que Neruda —cuya poesía parodia, es decir, cita, sistemáticamente y frente a la cual elabora su propio «sistema poético»—, no hay un solo aprendiz o aspirante a ese título vago pero prestigioso de «poeta chileno» que no haya pasado por la órbita de la poesía de Gonzalo Rojas. De su poesía y de su predicamento, porque de eso se trata: Gonzalo Rojas es un poeta de «obra abierta», se «lee» en su poesía, pero también en su «actitud». Y esa «actitud» es eminentemente dialogante. Va a buscar al Otro en su diversidad. Allí donde Gonzalo Rojas dialoga, Parra impone, con gracia, inteligencia y talento, desde luego, pero un poeta joven no podía —y me temo que hoy en día mucho menos—  acercarse a Parra sin ser previamente un parroquiano de Parra.

Con Gonzalo Rojas ocurría lo contrario: él iba a buscar a sus interlocutores. Que uno se rindiera al hechizo de su palabra y de su gracia personal, es otra cosa, pero él no lo exigía de antemano. Hay, además, un aspecto crucial en Gonzalo Rojas que lo singulariza en el campo literario chileno: su magisterio. Gonzalo Rojas no es sólo un gran poeta, es también un eminente profesor: vivía, también, de esa palabra en diálogo que es la del maestro, pues la práctica del profesor no es sólo prédica, sino también escucha. Gonzalo Rojas quería saber qué estabas leyendo, cuáles eran tus ideas estéticas y políticas, con qué autores te habías formado, pero también quiénes eran tus padres, qué oficios ejercían, dónde habías pasado tu infancia y si te faltaba dinero. Diálogo abierto, pues, entre iguales, no entre maestro y discípulo. Aunque él se las arreglaba siempre para sugerirte la lectura de algún filósofo, de algún poeta, también sabía escuchar. Muchos docentes que hoy ejercen su magisterio en diferentes universidades del mundo son alumnos de Gonzalo Rojas. Me acuerdo que durante esa primera visita a su casa de Chillán, él grabó para mí un cassette con una selección de sus poemas que yo me había permitido hacer. Por mi parte, le dejé unos poemas manuscritos. Ése era el juego, de tú a tú. Pero él era el profesor, claro. No era sólo el poeta singular, ese «alter dei» tan caro a los románticos que le devuelve a su pueblo el fuego sagrado de la belleza olímpica, sino el poeta, también, como formador.

Formador, incitador, alentador... de conciencias estéticas y, al mismo tiempo, de conciencias políticas. Ése es el sentido del magisterio de Gonzalo Rojas: lo único y lo común, la poesía y la polis. Gonzalo Rojas paseándose con un joven aspirante a poeta por la plaza de Chillán y recitando a Virgilio en latín es un filósofo ateniense y la imagen de ese «momento», una metáfora: condensa enteramente el sentido de su estela poética, la del intelectual «con» los otros. Yo diría: con nosotros. Éste es otro detalle fundamental a la hora de valorar la gravitación de Gonzalo Rojas en el campo literario chileno: la conciencia activa, crítica, del presente. En América Latina, se suele decir, no tenemos filósofos, no hay pensamiento original en el ámbito de la filosofía especulativa, ese pensamiento hay que ir a buscarlo en nuestros poetas y escritores. Gonzalo Rojas es un ejemplo magnífico de ello. Nuestros Sartre y Derrida se llaman Borges, Lezama Lima, Octavio Paz, Gabriela Mistral, Gonzalo Rojas. Siguiendo la huella abierta en Chile por Neruda, Gonzalo Rojas fue también ese intelectual moderno, vuelto hacia el presente, como preconiza Foucault, el hombre de letras y el hombre de justicia. Más cercano a los novelistas y a los intelectuales del campo político —como Carlos Droguett y Volodia Teiltelboim— que a los poetas de afiliación surrealista que fueron los de su generación (la de 1938), de quienes se apartó precisamente porque no lo convencía ese surrealismo criollo, Gonzalo Rojas nos demuestra con la relación entre poesía y conducta, entre literatura y política, el vínculo profundo entre el intelectual que posee la palabra y su circunstancia histórica, es decir la de su pueblo y su país. Gonzalo Rojas es, pues, como sus predecesores, un poeta nacional, en el sentido romántico de la expresión: Goethe, Victor Hugo, Éluard, Neruda, Rojas... Es más, podemos afirmar que Gonzalo Rojas es el último de nuestros intelectuales totales, hijos de la Ilustración, habiendo bebido en Kant y en Voltaire, pero también en Andrés Bello, en Sarmiento, en Bilbao.

Esto explica, además de su poesía, la importancia de Gonzalo Rojas para las generaciones que entran al campo cultural chileno desde mediados del siglo pasado en adelante. Para los que éramos apenas unos niños cuando Pinochet mandó al desván de la historia la normalidad democrática de la antigua República chilena, para los que vivimos una adolescencia marcada por la forclusión del espacio público, con su estela macabra de desaparecidos, degollados, quemados, silenciados y humillados cotidianamente, Gonzalo Rojas se alza como un ejemplo. Ya en los años cincuenta del siglo pasado organiza los ahora míticos —por imposibles— Encuentros de intelectuales de Concepción: Chile, entonces más aldea que ahora, se abre con ellos al planeta. Desde la misma Universidad de Concepción, tan activa en el acompañamiento intelectual de los movimientos sociales ascendentes en el Chile de los años sesenta, organiza una verdadera caja de resonancia de ese «frente amplio» que es la Unidad Popular. Salvador Allende lo envía a China, enseguida a Cuba y, por último, Gonzalo Rojas conoce el mismo oprobio de tantos millones de chilenos de la época: el destierro, la prohibición de su propio suelo y de su lengua, la negación de su obra. Negarle su lengua y silenciar su obra es un doble exilio para todo escritor.

A Gonzalo Rojas le sucedió lo mismo que le ocurrió a Cabrera Infante en Cuba. Con mejor fortuna eso sí: Cabrera Infante no pudo volver a pasearse por las calles de La Habana; Gonzalo Rojas fue enterrado con honores nacionales. Pero la dimensión política convierte al poeta que escribe en Críptico: Viñedo es el nombre de la Vía Láctea para ordeñar uva y amor, tiempo fresquísimo de pastores antes del cataclismo ¿pero qué sabe nadie hoy de Patmos para ver eso y escribirlo? en «uno más», en uno de nosotros o en uno «como» nosotros. Podemos seguir leyendo la obra de Gonzalo Rojas: nos rescatará siempre del desamparo en tiempos de iletrismo e incultura arrogante como los nuestros. Pero ahora también podemos leer su vida como una obra. Y en esa «obra» estamos nosotros. Por último, una palabra sobre su poesía. Hay en Gonzalo varios Rojas. Es decir, varios poetas. Está por una parte el poeta elegiaco, el poeta erótico que todos conocemos, el poeta político.

Pero también está el poeta estoico. «Cerca que véote la mi muerte... Tórtola occipital, costumbre de ti/ no me duele que respires de mí, ni me hurtes/ el aire: amo tu arrullo...» escribe, por ejemplo, en «Almohada de Quevedo». Y en «Fragmentos»: «¿Todo es igual a todo, mi Oscuro?/ ¿Todo/ es igual a Ti mismo?» Este Rojas nos conecta, y nos conectó a nosotros que comenzamos a leerlo a los 17, a los 18, con Heráclito y por allí con Grecia y con lo que él llamó el pensamiento salvaje. En ese pensamiento salvaje que es su poesía late, como una estrella viva, toda la gran tradición de la poesía occidental. Desde el Oscuro hasta Vallejo («Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: Todavía»), pasando por el san Juan de Patmos y el san Juan de la Cruz, mezclando a Catulo con Armstrong, elogiando a Pound y dedicándole su palabra no sólo a las hermosas, sino también a sus amigos, vivos y muertos. Filosofía y circunstancia se hibridan así en la palabra poética que es la palabra del hombre-en-situación. Lo mismo hizo Quevedo, lo mismo Góngora, Manrique y Garcilaso. Gonzalo Rojas no es clásico por su trayectoria como sujeto histórico, tampoco lo es porque lo leamos «con previo fervor y con una misteriosa lealtad», como dice Borges en Sobre los clásicos (1952), aunque las sucesivas generaciones de hispanohablantes lo lean así. Gonzalo Rojas es clásico porque escribe como un clásico, renueva a los clásicos, los comenta y los trae a su circunstancia, que es la nuestra. A esto llamo yo una «obra abierta», de la que se puede aprender y se aprende. Lo que afirmo es lo siguiente: si la lengua de Parra es más cercana, como él mismo escribió poco antes de publicar sus Antipoemas, a la del novelista y a la del periodista que a la del poeta,1 la lengua de Gonzalo Rojas hace entrar en la poesía chilena el caudal de la gran poesía española, inglesa, francesa, alemana y, por allí, la urdimbre histórica del pensamiento occidental. Tradición poética y tradición filosófica en «una lengua nueva, veteada de él», allí radica la importancia de la poesía de Gonzalo Rojas. Haber tenido a Gonzalo Rojas al alcance de la mano, al alcance de un texto, al calor de una conversación no puede sino haber sido un privilegio para todo escritor. Como lo es para todo lector adentrarse en su obra. Yo, humildemente, digo que he aprendido con Gonzalo Rojas mucho más que en ninguna de las universidades que he frecuentado. Como diría Lacan: ce n’est pas rien. No es poca cosa. Es mucha.

Mauricio Electorat. Novelista y crítico chileno. Profesor de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile.

1 «La función del idioma es para mí la de un simple vehículo […] Busco una poesía a base de hechos y no de combinaciones o fi guras literarias. En este sentido, me siento más cerca del hombre de ciencia que es el novelista que del poeta […] El lenguaje periodístico de un Dostoievski, de un Kafka o de un Sartre, cuadran mejor con mi temperamento que las acrobacias verbales de un Góngora o de un “modernista” tomado al azar.» En Hugo Zambelli, 13 poetas chilenos, Valparaíso, s/r, 1948.


Artículo: www.elboomeran.com 06/4/2017

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