samedi 15 juillet 2017

Roberto CAREAGA C.∕ La conquista de las narradoras argentinas


Panorámica Tres escritoras en la punta del iceberg:
La conquista de las narradoras argentinas
Por Roberto CAREAGA C.

En el siempre valioso campo literario argentino, un grupo de autoras ha brillado con especial intensidad estos últimos años y más allá de sus fronteras: mientras Samanta Schweblin acaba de disputar el premio Man Booker internacional, llegan a Chile los nuevos libros de Mariana Enríquez y Vera Giaconi.

Campos de soja que se mecen al viento, calor incesante. En algún lugar de Argentina, en el campo, a unas cuatro horas de una ciudad grande, sucede algo raro. Quizás es un químico en el agua, en las cosechas, pero quizás la amenaza sea algo más misterioso. Y puede matar. Nunca queda del todo claro lo que pasa en Distancia de rescate, novela de la argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), pero en el relato que se va desplegando en el diálogo cada vez más desesperado entre dos personajes, Amanda y David, aparecen infecciones fulminantes, niños al borde de la muerte, mujeres capaces de detectar la energía de los cuerpos y cuerpos que podrían, en realidad, llevar el espíritu de otra persona. Todo es incierto en el libro, salvo un efecto extraliterario: fue el trampolín que llevó a Schweblin a las primeras ligas de la narrativa mundial.

Antes del mundo, para Schweblin estuvo Latinoamérica: es difícil pensar en ella y no recordar Pájaros en la boca (2009), libro de relatos que además de señalarla como una de las narradoras más inquietantes sobre la vida cotidiana, fue uno de los impulsores de una revalorización del cuento como género en el Cono Sur. Seis años después vino Distancia de rescate , que en su traducción al inglés hizo despegar a Schweblin: tras una ola de elogiosas críticas en medios anglosajones, Fever dream-como se llama en inglés- estuvo este año entre las finalistas del Premio Man Booker internacional, al lado de títulos de pesos pesados, sinceros aspirantes al Nobel de Literatura, como Amos Oz y David Grossman. No ganó -se falló hace tres semanas y triunfó Grossman-, pero el punto está hecho: allá arriba se mueve Schweblin.

Aunque su liga es más precisa: residente en Berlín, Schweblin es parte de un grupo de narradores latinoamericanos al borde de los 40 años, como la mexicana Valeria Luiselli o el chileno Alejandro Zambra, para el que las puertas del mayor mercado editorial, Estados Unidos, ya están abiertas. El mundo literario tiene puestos sus ojos en ellos. Pero, de nuevo, antes del mundo estuvo Latinoamérica y, primero, Argentina: en la siempre luminosa constelación de escritores argentinos, en los últimos años las narradoras han brillando con especial intensidad y al lado de Schweblin están Pola Oloixarac, Mariana Enríquez, Romina Paula, Selva Almada, Gabriela Cabezón, Vera Giaconi y varias otras.

Y así como Pájaros en la boca, en esta historia hay otros libros de referencia: en torno a Las teorías salvajes (2009), una comedia negra intelectual de Oloixarac, se desató un enorme ruido y hasta Ricardo Piglia intervino: "El gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina". El revuelo mediático fue menor en el caso de El viento que arrasa (2012), de Almada, pero su calidad fue unánimemente reconocida, igual que su crónica sobre el maltrato de hombres sobre mujeres en Argentina, Chicas muertas (2012). La ruta de Enríquez, que se inició precozmente cuando ella tenía 21 años y publicó Bajar es lo peor (1994), tuvo un punto de quiebre el año pasado, al lanzar por Anagrama los relatos de Las cosas que perdimos en el fuego, que en febrero fueron lanzados en Estados Unidos. Solo hace unos días, Financial Times lo recomendaba con entusiasmo.

Mitos modernos

"Es mucha demanda y estoy cansada. Y también muy agradecida", dice Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), periodista del diario Página 12, que al menos desde el año pasado viene envuelta en el tráfago que impone ser una autora cada vez más internacional: traducciones en camino, entrevistas por responder, novelas por presentar están en su agenda. Autora de la biografía de Silvina Ocampo - La hermana menor , Ed. UDP, 2014-, Enríquez ha hecho del terror un telón de fondo para relatos de ecos sociales y violencia de género. Uno de sus cuentos más famosos, "Las cosas que perdimos en el fuego", narra una oleada de ataques de hombres contra mujeres: las queman. Entonces, aparecen las Mujeres Ardientes, quienes deciden tomar ellas el fuego: encienden hogueras y se internan en ellas. Hace unos meses llegó a Chile, vía Anagrama, una reedición de Los peligros de fumar en la cama, y esta semana llega a librerías su nueva novela, Este es el mar (Literatura Random House).

Esta vez no hay terror, o apenas un poco, pero sí fantasía. Enríquez entra en los terrenos del rock desde una perspectiva inesperada: Este es el mar postula que los íconos del rock, las leyendas tipo Elvis Presley y John Lennon, solo existen gracias a fuerzas femeninas no humanas, llamadas el Enjambre y las Luminosas; las primeras se ocupan de llevarlos a la fama, las segundas, a una muerte mítica. Y aunque la idea suena a fábula, Enríquez le imprime al relato una densa ambigüedad a aquellas deidades de la música y un realismo sin concesiones al hablar de rock. La épica fantasía del libro, por lo demás, es una forma de dotar de importancia cultural a estos rockeros trágicos: "La mitología del rock, las narrativas alrededor de las bandas, las construcciones casi ficcionales de sus historias me parecen mitos modernos, apoyados por la adoración de los fans y los shows como grandes eventos religiosos colectivos", dice Enríquez.

Pero son mitos en despedida: "Se acabó", dice Enríquez hablando de la preponderancia del rock en la cultura popular. Y antes que terminara del todo, la novela entrega a las mujeres una relevancia central a una zona tan asociada con lo masculino: "Sin ellas, el 50% del fenómeno no existe. Y el público siempre fue mixto. Creo que siempre tuvieron mucho poder las mujeres en el rock, poder de creación, y quería reconocerlo", dice la escritora, que en Este es el mar insiste en el asunto ya clásico de sus relatos: la infancia oscura y socialmente marginal del protagonista, James, el rockero destinado a la leyenda. "Mi sensibilidad definitivamente se inclina hacia lo oscuro y me gusta escribir sobre infancias desdichadas; no es algo consciente, pero ocurre tan seguido en mi ficción que debo asumir que me gusta", dice la autora.

La oscuridad de cada día

Es en esa oscuridad que Enríquez comparte una zona con Samanta Schweblin y también con Vera Giaconi (Montevideo, 1974). Cada una tiene su graduación: la primera cruza a lo fantástico, la segunda lo insinúa y la tercera prefiere rastrear lo inquietante y aterrador en los afectos. A librerías acaba de llegar el elogiado nuevo libro de Giaconi, Seres queridos (Anagrama), un conjunto de 10 relatos que exploran las zonas grises de los lazos familiares. Así, en el cuento "Survivor", una joven argentina se empareja en Estados Unidos con una pequeña celebridad que debe su fama a la participación en una serie de reality show, precisamente llamados "Survivor". A ella no le importa nada ese costado de su vida, prefiere ignorarlo, pero su hermana en Argentina, enterada de la relación, se obsesiona con su cuñado, a quien solo conoce por televisión. En otros relatos, un abuelo se encandila tanto con su nieta que la prefiere a su hijo; en otro, un hijo no puede soportar la vulgaridad de su madre envejecida; en el resto, familias o simulacros de familias lidian con el amor y el odio.
"Sin duda, mi exploración tiene que ver con tratar de distinguir esa amplísima gama de grises que se despliega en los vínculos afectivos", dice Giaconi, en un correo electrónico desde Buenos Aires. "Me interesaba recorrer las tensiones que se generan por la convivencia, por las relaciones de sangre, por las diferencias de clase obligadas a compartir un espacio o las luchas de poder que suelen darse en una pareja. Hay un abanico de emociones muy amplio para desplegar y que incluye humores que podríamos llamar 'oscuros', como el enojo, la decepción, los celos, pero incluso esos humores no tienen un único color. Yo veo la oscuridad, pero no puedo dejar de verle la gracia a una persona cuando está enojada y a los gritos o cuando está cocinada por la envidia. A veces, podemos actuar como si fuéramos animalitos bastante básicos e indefensos, y eso también me provoca ternura", añade.

Nacida en Uruguay, aunque residente en Argentina de toda la vida, Giaconi parece ser el nuevo descubrimiento de las narradoras trasandinas. Como Schweblin y Enríquez, en sus cuentos hay múltiples influencias -Marcelo Cohen habla de un "realismo en ascuas", al estilo de Flannery O'Connor-, pero igual que en ellas late de fondo la tradición del cuento rioplatense que se deja tentar por lo fantástico. "Creo que somos escritoras bastante diferentes, aunque entiendo por qué se nos asocia, si hasta físicamente somos medio familiares", concede Enríquez. Y sigue: "Las tres tenemos un gusto por temas oscuros, una desconfianza por la realidad, pensamos la afectividad como contaminada, hay cierta inquietud e incertidumbre en nuestros relatos".

Aunque Seres queridos empieza a cosechar buenas críticas en España, aún Giaconi no se asoma a los paisajes anglosajones, donde se mueven Enríquez y Schweblin. Ambas, por lo demás, llevadas de la mano de la misma traductora, Megan McDowell. Residente en Chile y también traductora de Zambra, Lina Meruane, Diego Zúñiga y Álvaro Bisama, McDowell cree que, en parte, el impacto de Enríquez y Schweblin en Estados Unidos es por una deuda con narradoras latinoamericanas. Pero por algo más: "Ambas son muy buenas", dice. Y explica: "Ambas escritoras tienen un sentido social que logra ser sutil y sorprendente, y no invasivo. Sus personajes son casi siempre mujeres, y son verosímiles en su manera de interactuar con el mundo: no son objetos pasivos. La experiencia femenina suele ser violenta, un hecho que ni Mariana ni Samanta esquivan. También, cada una a su manera, coquetean con el género del horror, y quizás eso es algo que en Estados Unidos, con el ambiente actual, toca una fibra sensible".

Pero el horror puede tocar fibras en todo el mundo, especialmente si, como el caso de Schweblin, se trata de un miedo tan natural como el de perder a los hijos: su novela Distancia de rescate se llama así aludiendo a un término que acuña la protagonista para calcular la distancia máxima a la que puede estar de su hija para ayudarla, en caso de que esté en un peligro inminente. El problema es que, a veces, a pesar de estar a centímetros de distancia no la puede ayudar.


Artículo: www.elmercurio.com  09/7/2017

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